¡La imaginación no es la mentira!

Título: Señores niños

Autor: Daniel Pennac

Editorial: Mondadori 579_senores-ninos Con Pennac me pasa lo que con Giani Rodari: es tan desbordante su creatividad, tanta la pasión que se adivina detrás de su prosa, que por momentos se me antoja un poco desprolija. Como si la escritura no llegara a decodificar todo ese aluvión de ideas que el autor tiene en su cabeza. Son tantos los guiños –la educación, la paternidad, la infancia, la disciplina, la prostitución, las fuerzas policiales, la inmigración, las artes, la lectura, la religión, la orfandad, la mala praxis, los conflictos generacionales, la violencia y podría seguir– que uno termina por perderse en un laberinto de reflexiones que nunca se explicitan pero se sugieren, se exploran y se interrogan.

La trama es divertida y original. La historia se narra desde el Cementerio de Pere-LaChaise en París: es un muerto (padre de Igor) quien lleva la voz cantante. La figura del Profesor Crastaig es ambigua y ridícula: un buen profesor que a la vez es un fracaso.  El corolario que dispara el relato (“¡La imaginación no es la mentira!”) y la consigna que indica el docente para sus alumnos indisciplinados (“Despierta usted cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han transformado en niños. Cuenten la continuación) bien podrían usarse en un taller de escritura. Esa es mi sensación, en principio, de la novela: Señores niños parece el resultado de un ejercicio de taller. Un buen resultado, porque el ritmo no decae (a pesar de que no hay antagonistas ni se presentan grandes complicaciones) y la historia no se ve forzada.

La erudición del autor se pone en evidencia, aun cuando la prosa no es pretenciosa ni compleja. Y el meollo de la cuestión se plantea desde el inicio: no es necesaria la ficción pues en realidad muchas veces (demasiadas veces) los niños juegan el rol de los adultos, con increíble destreza.

La voz es amigable pero el trasfondo filosófico me parece que puede confundir a un lector sin escuela. Por eso no diría que es una lectura para niños y, por el tema, tampoco para adolescentes. Hay que ser adulto para darse cuenta de que el tópico de la infancia es una excusa para atender otras cuestiones que nos preocupan principalmente a los educadores y a los padres. Una novela interesante y llevadera. Y ensayística en su planteo, en tanto llama a la reflexión y a interrogarnos sobre los preceptos sociales y las ideologías en términos althusseanos.

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