Viva la imaginación

Título: Agüita

Autora e ilustradora: Silvina Troicovich

Editorial: Gerbera Ediciones

Agüita

El jueves Walter se quedó sin trabajo. Y fue como si, de un golpe, hubiéramos caído en una pileta helada. Primero, el shock. Después sentir los miembros adormecidos, justo en el momento que no queda otra que ponerse a nadar. Las preguntas innecesarias, de esas que estancan: ¿pero por qué? ¿Y cómo vamos a hacer, con mi sueldo de la facu, para sostener todo? Porque no quiero que los chicos dejen sus actividades (el club, guitarra, teatro, inglés) ni adeudar nada en el cole y quiero cumplir también con Arba y el Municipal y la luz y el gas y aguas sanitarias y Telecentro (que tampoco se puede dar de baja porque, bien o mal, con internet también laburo). Y encima las cuotas de la tarjeta: ¿por qué justo ahora se nos ocurrió empapelar toda la casa y cambiarles el colchón a los chicos y comprar semillas para emparejar el pasto? ¡Si hubiéramos sabido dos semanas antes!

El viernes, volviendo de la facu, pensaba en todo esto con los ojos vidriosos y el pecho estrujado por la angustia. Tomar horas en un colegio, antes que nada. Seguir escribiendo para las escolares, que pagan bien (después veré cuándo: aunque sea de noche). Inscribirme en los listados in fine y 108 para tener alguna chance en las estatales. Y minimizar el asunto con los chicos y hacer de cuenta que está todo bien y que nada me preocupa y sostener a Wal para que no caiga, justo ahora, en un pozo depresivo. Y aceptar lo más difícil: se acabó mi tiempo de escribir.

Entonces no pensé que el fin de semana lo íbamos a sobrellevar tan bien. Conversando como hacía añares no lo hacíamos. Acomodando muebles y limpiando y ordenando papeles y hasta riéndonos. Empezando a ver que, tal vez, en esto hay una oportunidad. Un desafío que hay que aceptar de prepo pero que, en una de esas, termina haciéndonos bien. Y bueno, ya estamos en la pileta. Un poco más aclimatados y moviéndonos. Nadando.

Y ya que vamos a nadar, qué bueno sería hacerlo como Agüita. Con su sonrisa,  su mirada abstraída, su enorme capacidad para adaptarse al escenario (¿osceanario?) que se le presenta. Porque Agüita puede saltar como un delfín y nadar en las profundidades como una foca y arrugarse como las tortugas y andar en el hielo como los pingüinos y moverse como las ballenas. Y, sobre todo, puede hacerse preguntas de esas que dejan avanzar. Que encuentran una  historia en cualquier cambio. Incluso en aquel que se nos impone, que nos parece antipático e injusto. Agüita sueña cuando está en el agua pero también cuando está afuera, cuando tiene que dejar atrás su divertido mundo acuático y convertirse, de golpe y porrazo, en esquimal.

El diseño del libro acompaña el tema. Las palabras se enhebran siguiendo la ondulación de las olas que bajan y suben y caen como el agua de una fuente que la protagonista imagina. Las onomatopeyas (¡tantas, en casi todas las páginas!) nos ayudan a estar ahí, no tanto en la pileta del mundo real sino más bien en el océano del mundo soñado, en ese mundo que se construye Agüita para volverlo todo más divertido y personal.

Es una historia simple, tierna, positiva. Para chicos chiquitos (la contratapa reza: a partir de 4) y también para aquellos que empiezan a leer solos.  El texto está en imprenta mayúscula y las páginas muy llenas de colores, aunque prevalecen las pinceladas suaves y los pasteles. Me encanta la tortuga con su sonrisa plácida y la ballena tan pancha resaltando entre las criaturas que en un segundo plano y a lápiz  emergen como salidas de un sueño. Vuelan los papelitos y recortes en ese collage que, me parece, es la cabeza de una nena imaginativa que encuentra un mundo en cualquier rincón. Y ay, cómo me gusta ese mensaje y cuánto me reconforta ahora: para afrontar lo que venga, sirve la imaginación. Y yo, por suerte, de esa, tengo de sobra.

De mascotas improbables y madres bicheras

Título: ¡Nada de mascotas!

Autora: Melina Pogorelsky

Ilustradora: Rocío Alejandro

Editorial: Edelvives

 

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Hay chicos que se quieren traer cualquier bicho a casa. Hay madres (generalmente las que son bicheras) que, aunque dicen que no, terminan aflojando siempre. Yo tengo una amiga, Lili, que es así: sus hijos han tenido lagartos, serpientes, tarántulas, lechuzas, teros, escorpiones, garzas, patos y una vez volvieron del centro de Lanús con un caballo. Sí, con un caballo.

Mientras leía ¡Nada de mascotas!, Lili estuvo en mi cabeza todo el tiempo. Aunque la historia, claro, se dispara para lugares impensados. Porque aunque estoy segura (segurísima) de que Lili no hubiera dudado en traerse una ballena ni un dragón a casa, nuestro mundo efectivo es mucho más limitado que el literario.

Pogorelsky no desatiende eso y construye la coherencia del texto en lo mejor que tiene la infancia: la imaginación. La ballena que se encuentra el protagonista no solo puede vivir en una bañera: ¡también se desinfla como un globo! El enorme dragón que atrapa con una minúscula red (de acuerdo a la lectura del texto, preciosa y colorida, que hace Rocío Alejandro) termina del tamaño de una pelota de tenis y se sube, obediente, a la bicicleta. El nene no solo encuentra mascotas fabulosas, también es capaz de levantar una obra de ingeniería en el baño para que los nuevos integrantes de su familia puedan jugar.

Acorde con la colección (Ala Delta, para pequeños lectores), la autora estructura el cuento en la iteración. De los sonidos (Apenas pesqué la ballena, supe que era un problema), de las frases (“Me la/o llevo. Seguro que, cuando mamá la/o vea, no va a poder decir que no”) y de las situaciones: una, dos, tres veces el pequeño protagonista va resolviendo los problemas que se le presentan.

El desenlace es de los que me gustan a mí: un giro que corta la iteración y permite dar un cierre (si no, siempre estamos como en el cuento de la buena pipa): un intercambio de roles (es la mamá y no el nene quien propone la solución y él termina diciendo lo que siempre decía ella) y un nuevo animalito adorable que instaura la armonía en el hogar.

Para niños mayores de 4 y madres como vos, Lili, que –si pudieran– se traerían un elefante a casa.

 

 

Un cuento con actitud

Título: Un pueblo Sequito

Autor: Diego Javier Rojas

Ilustrador: Pablo Pino

Editorial: Riderchail

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A mí me gustaría saber cómo hace Diego Javier Rojas para estar siempre tan feliz en el mundo editorial. Porque es así: si mirás su face, el tipo quiere a todo el mundo y todo el mundo lo quiere a él:  editores, escritores, ilustradores, promotores de la lectura. Siempre está en “su salsa”, como si desde siempre hubiera estado en el mundo LIJ, aun cuando su voz es relativamente nueva.

Ayer lo conocí personalmente y tuve la misma sensación. Estábamos los dos en la feria del libro: él como un pez en el agua, y yo con ganas de volverme a casa. A ver: lo que más me cuesta de esta profesión es “el lobby”. Sobre todo porque todavía sigo cruzándome con gente que mira a los demás desde  allá arriba, como si no se diera cuenta de que, al final, todos estamos acá haciendo lo que amamos y ese solo gesto (más allá de si nos gusta o no nos gusta el trabajo que hace el otro) merece como mínimo una muestra de respeto.

Cuando me cruzo con esta gente, como ayer, me pongo de mal humor. Debería aprender alguna técnica de meditación que me permita abstraerme, esquivar esa mirada prejuiciosa; concentrarme en mi propio camino (que es muy digno)  y olvidarme del entorno. Eso, o buscar a Diego Javier Rojas (para contagiarme un poco, digo). Es inspirador verlo  disfrutar (pero disfrutar de verdad) de todo esto que a mí me da como una especie de alergia. Porque el mismo entorno que yo siento difícil y cerrado a él me da la impresión que se le presenta mucho más amigable  y de puertas abiertas. Y creo darme cuenta de por qué: Diego tiene actitud.

Y esa misma actitud tiene su personaje. El abuelo José, lejos de dejarse amedrentar por la hostilidad del entorno donde vive, se permite ser feliz. Y más: termina transformando el pueblo en una especie de paraíso que termina poblado, incluso, por sirenas cantoras. Es que Sequito, al comienzo, es un pueblo sediento de agua.  Y la palabra sequía, en nuestro imaginario, dispara representaciones bastante dramáticas: un pueblo sin agua es un pueblo sin vida. Un pueblo que, tarde o temprano, va a desaparecer.

El abuelo José, sin embargo, no se preocupa tanto. Está tan distraído que hasta hace lo contrario de lo que “tiene que” hacer: ¡deja una canilla abierta! Desde entonces el conflicto comienza a disiparse en una resolución utópica y divertida.

Las ilustraciones acompañan este mismo espíritu: las casas bajo el agua pero la gente, feliz. Los chicos, surfeando ¡y  un perro haciendo buceo!  Y un gondolieri y un barco turístico y olas que rompen contra las puertas de la vecindad. Me encanta el trabajo que hizo Pablo Pino. Porque no se conformó con “reflejar” o representar lo que dictara el texto.  Agregó, en cambio, un montón de elementos para reforzar la mirada humorística (¡hasta la imagen del colofón es divertida!).  Su compromiso con la historia  se nota, incluso, desde la solapa: “Soy tan desmemoriado que para recordar lo que estaba haciendo debo atarme un hilo a mi dedo, como este que tengo en mi mano izquierda. ¡Uy! ¿Qué estaba haciendo? ¡Ah, sí! ¡Estaba dibujando!”.

La edición, además, es de lo más monona: muy buen papel, lindos colores, solapas enormes que pueden servir de señalador. Para niños mayores de 4 años.

 

 

 

Cuando sobran quejas

“Lo peor: noches y días aburridos y silenciosos. La valija de quejas y rezongos estaba casi vacía. Algo había salido mal”.

 

Título: Doña Fastidia

Autora: María Alicia Esain

Ilustraciones: Silvina Amoroso

Editorial: Uranito

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Doña Fastidia es una antonomasia caminando. Se ve en la expresión de sus ojos, en la escoba que empuña como lanza sobre los simpáticos habitantes de su nueva casa. En este sentido, la ilustradora se le parece un poco:  las imágenes son amorosas como su apellido.

María Alicia Esain, por su parte,  tiene la frescura de una autora que no busca la admiración de los grandes sino de los chicos. Que sabe perfectamente cómo incorporar  los personajes típicos de la literatura infantil con esa vuelta de tuerca necesaria para volverlos personalísimos y originales. Porque el gato, la araña, el grillo, el pajarito y el sapo no son nada más que un gato, una araña, un grillo, un pajarito y un sapo: uno es chismoso; la otra, artesana; aquel, violinista; el otro, tanguero y el último, cantor. Y este quinteto adorable tiene mucho que enseñarle a esta pobre solitaria señora que adora el orden y rezonga por todo.

Aplaudo, como otras veces, que la literatura infantil siga siendo para los chicos. Que junto a muchos libros álbum maravillosos que se escriben para los grandes y los especialistas, convivan libros como este: para el pequeño lector. Porque Doña Fastidia es un libro que el niño comprenderá solo, no habrá que explicarle metáforas que no pueda aprehender  todavía, ni contarle qué bellos son los silencios en la poesía. El niño disfrutará como debe ser: con sus propios sentidos, con su inocencia y su conocimiento del mundo.

Las rimas de Esain, pegajosas y divertidas, lo harán reír y también pensar. En la propia valija de rezongos y quejas, y en los buenos amigos que estarán ahí para rescatarnos de nosotros mismos. Porque la vida no es (¡no puede ser!) lo que nos pasa, sino cómo decidamos pararnos frente a ella. Y en este mensaje final se adivina la vocación de una autora que es abuela, cuenta-cuentos y maestra. Una de esas voces que, siempre, valdrá la pena escuchar.

Para niños a partir de 4 años.

Sin palabras

Título: Gatopato

Autor: Cucho Cuño

Editorial: Pequeña Aldea
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El libro merece mirarse así: tapa y contratapa. Merece mirarse y punto. Porque Cuño nos regala una historia deliciosa toda hecha de imágenes (apenas alguna interjección por ahí, pero nada que apañe la mística de saber contar sin palabras).

Gatopato es adorable. Es un gato como cualquier otro, remolón y simpático. Y enfrenta un problema de identidad que enseguida lo lleva a horrorizarse. A inundarse (¡literalmente!) en su propio llanto. Hasta que de a poco empieza a olvidar su pasado de gato para  ser ese otro que le muestra el espejo.

Puede que al principio parezca un poco incómodo o preocupado, pero enseguida lo vemos disfrutando su nuevo papel. Como si dejar de ser quienes somos, aunque sea por un rato, fuera, después de todo, parte de nuestro ADN.

Pero tarde o temprano, claro, nos daremos contra la pared (o contra la ventana),  y qué curioso: justo en el momento en que estábamos a punto de volar,  para volver a ser quienes  ¿tenemos que? ser.

 El final es precioso, porque nos deja flotando la idea de que, tarde o temprano también, volveremos a escaparnos de la realidad. Volveremos a buscarnos, a explorar nuestras posibilidades y a vivir nuestras múltiples vidas.

Esto si hacemos una lectura existencial (por suerte, la mía no es la única: habrá alguno menos soñador que yo que, al contrario, aplauda el hecho de que Gatopato vuelva a poner sus patitas sobre la Tierra) porque lo verdaderamente rico del libro es la multiplicidad de sentidos que nos ofrece. Probablemente gracias a que no hay palabras que nos manipulen a pensar en una dirección antes que en otra. También es perfectamente válida una lectura más simpática y menos reflexiva, la que seguramente hará el pequeño lector (por lo que, en última instancia, será la más válida de todas): ¡Qué personaje este gatopato! Y qué divertido es.

Para pequeñísimos. Y no tanto, si están listos para aceptar que la lectura no siempre necesita palabras. Un buen argumento para defender una premisa que ronda por nuestros días: los ilustradores también son autores. Cuño da cuenta de esto.

Un clásico remozado

Título: Historia del pajarito remendado

Autor: Gustavo Roldán

Ilustradora: María Wenicke

Editorial: Edelvives

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La historia es archiconocida. Porque es un cuento popular, y un mito (en el buen sentido) de la Literatura Infantil. La versión de Gustavo Roldán se publicó por primera vez en Colihue, con ilustraciones de Raúl Fortín. Ya entonces dio de qué hablar. Tanto, que inauguró una colección de esas que, siendo adultos,  recordamos con añoranza.  Eran libros pequeñitos, de tapa blanda. Ahora sé que de autores reconocidos, pero entonces me importaba muy poco quién escribía las historias que aquellas páginas guardaban.

Y me pregunto por qué esta versión de Roldán se habrá convertido en un clásico. Por qué este cuento popular dejó de tomarse como popular: ahora es casi imposible pensarlo sin autor. Porque La historia de pajarito remendado es de Gustavo Roldán. No importa que él la tomara del folklore, de los relatos orales que a través del tiempo y la geografía lograron sobrevivir al olvido de una generación a la otra.

Lo primero que me gusta es su franca revelación antes de empezar: “Esta es una versión libre de un cuento popular…”  Es el autor indiscutido, sí, pero pone sobre el tapete que esta no es una historia original ni nunca jamás contada: es la historia de siempre pero contada a su manera. Y la verdad que Roldán tiene una manera de contar, hermosa. Un árbol que es una fiesta de cantos y colores. Un día que se llena de luz al llenarse de pájaros. Un pajarito distinto pero que todos quieren (¡esto es un relato de inclusión!), un malvado que no solo es ingenuo sino todo un padrazo (“ya tengo comida para mis pichones”) y la trayectoria de un autor que le permite salirse de las estructuras gramaticales para charlar con el lenguaje más llano de los niños (“un poco muerto de miedo pero un mucho muerto de risa”). Todo sin salirse del registro poético, del ritmo que dan las pausas y las repeticiones, los paralelismos, las enumeraciones.

Para coronar todo esto, María Wernike trabaja con la misma profundidad y nos muestra un árbol que es un pentagrama. Y juega con los planos y las panorámicas. Con los colores suaves y los pasteles. Con los gestos expresivos (¡cómo hablan las miradas!) y los blancos de la página, que también funcionan como parte del poema.

Un clásico remozado, que es un nuevo clásico. Con la sensibilidad y la estética de nuestros días. Para niños mayores de 4 (la contratapa reza “5”), y de ahí a contar para arriba.

Pensando en el público lector

Título: Tía Roberta y la música

Autora: Javiera Gutierrez

Ilustraciones: Adriana Keselman

Editorial: Lúdico

Este es un lindo libro para mayores de 4. Y empiezo por atrás (generalmente las recomendaciones por edad las hago al terminar la reseña) porque en el gran universo LIJ,  esta franja etaria (los 4, los 5, hasta los 6) es especialmente complicada. ¿Qué quiero decir? No es nuevo para nadie que en las librerías para niños hay tanto pero tanto (pero tanto, tanto, tanto) que es difícil elegir. Sobre todo porque hay ediciones lindísimas que pueden engañarnos a primera vista: libros estéticamente impecables que guardan historias que no son historias (y en el mejor de estos casos,  insulsas descripciones de esas bellas imágenes que, por supuesto, no necesitan palabras para lucirse), errores (y horrores) ortográficos, tramas que –como si hubieran sido supervisadas por el Ministerio de la Verdad de Orwell–afianzan valores tan arcaicos como obsoletos en nuestros días (mamás que solo saben cumplir el rol de amas de casa, familias “tradicionales”  como ejemplo de moralidad frente a la indecencia de las ensambladas, mandatos sociales que dividen las profesiones en aquellas que prometen éxito y las que conducen irremediablemente a la mediocridad).

Paralelamente a esta superoferta de libros olvidables, existe un género que –aunque hermoso– viene a complicar todavía más el panorama: el libro álbum. Y eso que a mí me encantan los (buenos ) libros álbum. Pero cada vez estoy más convencida de que no solamente son un regalo precioso para los adultos sino que además en ocasiones –por no decir casi siempre– están exclusivamente destinados a este grupo: a los pares escritores, a los críticos más exigentes, a los especialistas en Literatura Infantil. Los libros álbum nos conmueven, nos encantan; movilizan nuestros sentidos, nos hacen reflexionar: a nosotros, no a los chicos. Y no pretendo generar un debate con esta afirmación pero me doy cuenta de que esos libros que me fascinan a mí (muchos de los cuales reseñé con entusiasmo en este espacio) no resultan atractivos para los pequeños lectores. No es una suposición: lo he puesto a prueba. He compartido estas lecturas con mis hijos, con mis sobrinos, con sus amigos, con mis alumnos del taller infantil: chicos de edades muy diversas, algunos muy lectores y otros no tanto, algunos súper imaginativos y otros súper racionales. Cuando monitoreo la lectura y le busco la vuelta para “traducir” el mensaje que yo sí leo entre líneas, los chicos disfrutan. Cuando los dejo solos con esa lectura, se aburren. Y encima juega en contra la pubertad. Porque en esa edad que sí podrían disfrutarlos y comprenderlos mejor, los chicos rechazan el libro álbum por el solo hecho de verlo “lleno de dibujitos”: creen que ya están grandes para esos libros que, a su entender, son para bebés. Más

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