Adoctrinar en contrario

Título: Prohibido ordenar

Autor: Mario Méndez

Editorial: Pequeño Editor

Colección: “Incluso los grandes”

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Sobran colecciones para adoctrinar. Que los chicos aprendan a controlar efínteres, a compartir sus juguetes, a decir la verdad, a respetar a sus mayores, a ordenar su cuarto, a colaborar en casa, a no discriminar. Hay padres y maestros, incluso, que buscan eso. La primera vez que firmé Puras mentiras en la Feria, la empleada del stand se deshizo en elogios: que había leído el libro, que qué interesante y qué bueno esto de enseñarles a los chicos los beneficios de decir la verdad. Me dio vergüenza ajena su mentira (evidentemente, el libro no lo había leído) y no me hubiera preocupado por sacarla de su confusión de no ser porque se lo recomendó a una abuela que justo andaba buscando una buena lectura para su nieta un poco mentirosa. Tuve que aclararlo antes de que abriera la billetera, noblesse oblige: Puras mentiras no es un elogio a la verdad. Al contrario. Tan al contrario que al dedicar el libro (la mujer era tan fanática de la verdad que, conmovida por mi gesto, igual lo terminó comprando)  escribí algo parecido a lo que escribo siempre: “Que tu vida se llene de puras mentiras. Con cariño, Sol”.

Recibí en el facebook, al tiempo, un mensaje amoroso de esa abuela. Me decía que, al final, tenía un poco (me acuerdo puntualmente de esta mitigación: un poco) de razón. Que habían disfrutado el libro y que realmente esperaba lo mismo que yo: que en la vida de su nieta no faltaran mentiras de vez en cuando. Este tipo de anécdotas me mantienen en donde estoy. Escribiendo las historias que me gusta leer, aunque no siempre parezcan las “apropiadas”.

Historias como las que se cuentan en la colección “Incluso los grandes”, que está pensada para chicos (por las imágenes, por la simpleza de sus textos y el modo de encarar ciertos temas) pero que no dejan afuera al lector adulto, que también sabe apreciar el arte de una buena ilustración, la profundidad tras una frase sencilla y la utilidad de la mirada infantil para sobrevivir en este mundo que tanto cuesta entender.

En Prohibido ordenar, Mario Méndez nos cuenta la historia de Tomás. No, Tomás no es un niño. Tomás es un hombre grande, que trabaja de sereno en una fábrica y a contramano de los tiempos de familia: llega a su casa al amanecer, cuando sus hijas todavía no se levantan para ir a la escuela y él tiene que conformarse, entonces, con arroparlas un instante para sentir que está presente.

La historia se cifra en el desorden. Un desorden que no es mala palabra, a pesar de que a priori el concepto nos lleva a hacer asociaciones que lo desprestigian. La cultura en la que vivimos inmersos nos incita a hacerlo: desorden alimentario, desorden en la vía pública, desorden mental: el desorden parece enemigo de la salud y la buena convivencia; suele vincularse con la suciedad y el stress. Con lo que no responde a ninguna norma ni estructura. Y para vivir en sociedad, lo sabemos, no puede imperar el caos. Por eso, tal vez, las colecciones para adoctrinar incluyen títulos como “Fulanito ordena su cuarto” y en el jardín de infantes los chicos aprenden a cantar “a ordenar, a ordenar, cada cosa en su lugar”.

Pero, por suerte, la vida es bastante más compleja. Mientras circulan teorías criminalísticas como esa que dice que una ventana rota incita a que se rompa otra, que el desorden llama al desorden y que solo la disciplina nos puede salvar; proliferan también los trabajos de campo para demostrar que el desorden estimula la creatividad y la inventiva. Leí hace poco un artículo en el New York Times sobre la moda de oficinas minimalistas que pone un freno al desempeño de los empleados. Y de la vereda de enfrenta está el Feng Shui, que mira el desorden con desagrado porque obstaculiza el flujo de energía. En fin, que hay argumentos para los dos lados.

Y por eso me gusta que editoriales como Pequeño Editor se ocupen de adoctrinar en contrario. ¡Ya hay tantas que se ocupan del lugar común! Porque a lo largo de los años ha tenido más prensa el orden que el desorden, y mientras todos sabemos los beneficios del primero, sobre el segundo tenemos que detenernos a pensar. Y ese “detenernos a pensar” no es ajeno al personaje. Porque Tomás, al principio, se enoja un poco. ¿Por qué sus hijas no recogieron nada? ¿Por qué, su mujer, incluso, parece haber fomentado el caos de muñecas, peluches, figuritas, rompecabezas, bloques con los que él se tropieza al entrar? ¿Es posible tal desconsideración? Pero así como pasó del cansancio al enojo, enseguida (mientras va juntando) Tomás se da cuenta de que el desorden, al fin y al cabo, no es tan terrible ni tan malo. Ahora sabe, por ejemplo, a qué jugaron sus hijas mientras él no estaba. Sabe qué muñeca arrulló Laura y qué dibujó Daniela, aunque él no estuvo allí para verlas hacer. Y puede también, a través de esos mismos objetos desperdigados, hacer memoria. Recordar el olor de un perfume que se ha quedado impregnado en un peluche; o la cuna que ya no está, gracias a un juguete maltrecho que en otro tiempo fue nuevo.

Y mientras miro la última imagen de Mariano Diaz Prieto; a Tomás observando embelesado la palma de su mano, donde están jugando sus hijas y su mujer (¡Qué bien cuándo los ilustradores logran estas metáforas!) recuerdo unos versos del padre de Blanca Cota (¡Sí, de Blanca Cota! Porque, otra vez, la vida es compleja y entre mis lecturas de una carrera en Letras mi memoria también recoge aquello que la academia ignora): “Dios te libre, mujer/de la casa sin ruidos/de la mesa sin manchas/del patio arregladito/de la sala en que yacen los juguetes dormidos/Dios te libre./Cuando eso se consigue, no hay niños/ la vejez ha llegado/el ensueño ha partido/y en los bronces que brillan/y en los zócalos limpios/se pasea el recuerdo hecho sombra/ ¡Bendito el desorden, que es vida!”.

Y salud, porque en este mundo hay lugar para el feng shui y para el caos.

Animales que dan risa

A todos nos puede pasar que nos cansemos de ser quienes somos. Es normal. Incluso entre los animales. Ballenas que se preguntan cómo será ser un pequeño pajarito, caballos que sueñan por un rato ser cabras, ovejas que cambiarían con gusto un par de letras para ser un rato abejas.  

Título: Lo que se preguntan los animales

Autor: Martín Blasco

Ilustrador: Cristian Bernardini

Colección: “La máquina de hacer lectores”

Editorial: Estación Mandioca

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Primero hablemos del diseño. Del hermoso papel y las ilustraciones, tan llenas de color y bien logradas (cómo no: si son de Bernardini). Entre cuento y cuento, una doble página ilustrada con preguntas sueltas en forma de poesía o caligrama. Me quedo con una: “¿Les dolerá a los rinocerontes que nadie reconozca que ellos también son unicornios?”. Y así de preciosas son también las demás. Me gustan estas pausas. Le marcan un ritmo a la lectura, porque necesariamente nos detenemos (para leer las preguntas, por el modo en que están diseñadas, a veces tenemos que girar el libro o la cabeza. Necesitamos ir más despacio para disfrutar). Y está bien que esto pase antes y después de un cuento. Esa pausa, para un chico que apenas esté aprendiendo a leer, puede ser una motivación para continuar. La linealidad del lenguaje, aun para  aquellos  que disfrutan de los libros, puede resultar intimidante si están iniciándose en la lectura.

El texto, por otra parte, está evidentemente pensado para que el chico lea por sí solo. Me gusta que los primeros cuentos estén en imprenta mayúsculas y los últimos en minúscula porque implica cierta confianza en el pequeño lector: a medida que avance se irá entrenando y a mitad del libro ya estará listo para dar un paso más.   ¿Qué el adulto también puede disfrutar? Ninguna duda: los cuentos son hermosos. De esos que no encajan en ninguna edad porque son disfrutables para todos. Tiernos y divertidos. Pero no divertidos así nomás, a ver si me explico: ¡MUY divertidos! Algunos pasajes son hilarantes y les prometo que los chicos (y los grandes, claro) se van a matar de risa.

Los animales de este libro hablan, discuten, exploran, miran con ojos extrañados a su alrededor. Y esto último es genial porque a los chicos no se les escapará la idea de “punto de vista”. Aunque no sepan nombrarlo de este modo entenderán sin problemas que no hay una verdad única e inamovible sino infinidad de formas de interpretar el mundo. Como ocurre con los buenos libros, Lo que se preguntan los animales viene con un plus: se disfruta per se (solo por el placer de la lectura) pero también llama la atención sobre algunas cuestiones de la vida en sociedad: lo bueno de ser diferentes, la autoestima. el respeto a los demás. Todos esos valores que tanto les gusta trabajar a las seños en los colegios, pero sin edulcorantes ni moralinas. A través de buenas historias y personajes queribles ¿puede pedirse más?

Los cuentos me gustaron todos pero no quiero dejar de apuntar que el de la tortuga y el caracol es sencillamente genial. Lo pondría de lectura obligatoria en todas las escuelas:-)

Para mayores de 6. Recomendadísimo.

La escritora y la persona

“Después le muestran la ecografía, que es como una foto de lo que pasa adentro de la panza. Toni cuenta: dos brazos, dos piernas, cabeza, panza y cola.

Seis años pueden ser pocos para algunas cosas, pero para otras son suficientes. Toni lo sabe inmediatamente: ningún medio hermano, eso es un hermano entero”. 

tapa NUEVE MESES

Título: Nueve meses

Autora: Florencia Gattari

Ilustradora: Eulalia Cornejo

Editorial: Libresa

Florencia Gattari no para de publicar. Cada vez que entro al facebook aparece algo nuevo. Yo voy anotando los títulos. Y van uno, dos, tres.  Y entonces me doy cuenta de que si no empiezo a ponerme al día, jamás le podré seguir el tren.

Y es un tren que no quiero perderme. Porque me gusta Gattari. Me gusta la escritora, que me hace reír y me conmueve. Me gusta la música que sale de sus palabras. Me gusta su fina ironía y su compromiso con lo que importa. Que no sé si es lo que le importa a todo el mundo, pero es también lo que me importa a mí.

Florencia también me gusta como persona, y puede que esto suene un tanto irrelevante en un blog de reseñas, pero como no diría que este es un blog de reseñas sino un blog personal en donde se hacen reseñas, yo me voy a dar el gusto de cometer todas las impertinencias que quiera. Así que –como soy democrática– para los que quieran ir al grano: es decir, para aquellos que quieran leer solamente el comentario crítico de Nueve meses, va la siguiente recomendación: retomar la lectura en en el subtítulo “Y aquí empieza la reseña”,  unos cuantos párrafos más abajo.  Más

Semillas que suelta el viento

Título: Encantado, dijo el sapo

Autora: María Cristina Ramos

Ilustradora: Virginia Piñón

Editorial: Comunicarte

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De la editorial Comunicarte me gustan muchas cosas. Una de ellas es la estética. Sus ediciones suelen ser bellísimas: los colores, la calidad del papel, el aprovechamiento de los espacios. Parece que al Departamento de Arte no se le escapa nada. Hasta los nombres de las colecciones son geniales: “bicho bolita” me hace pensar en los chicos, pero también en la potencialidad que tendrá el libro, que podrá desplegarse o no frente a nosotros conforme sepamos tratarlo bien.

La apuesta por la estética que hace la editorial no es menor, porque hay que decirlo: a los chicos les importa poco la estética y si no hay un adulto allí para señalárselo –entre el mar de libros infantiles que hay en las librerías — el chico se quedará primero con el que tiene stickers y brillos y accesorios como lupas y anteojos 3D. Así que lejos de dejarse llevar por lo más comercial que es la venta segura, Comunicarte intenta ofrecernos un buen material. No apunta a cualquier lector sino a buenos lectores. Y creo que por esto es una editorial que me gusta tanto.  Más

Tom Sawyer, Huckleberry Finn… ¡Amarilis!

Título: La lagartija Amarilis

Autora: Graciela Pérez Aguilar

Ilustraciones: Pez

Editorial: Norma

Me gusta, de la lagartija Amarilis, la larga lista de cualidades que podemos inferir de sus acciones: es inteligente, curiosa, cauta (no se deja llevar por las habladurías), cultísima, intuitiva pero no prejuiciosa. Y hay muchas cosas más que nos ayudan a conocerla: le gusta mucho disfrazarse; tiene unos amigos incondicionales (el cuis Fernando y la rana Eduviges son los más cercanos) que la acompañan en sus aventuras; y es capaz de enfrentarse a terribles enemigos sin tener ningún miedo: un yacaré que termina ayudándola; un monstruo de la oscuridad que es tan horripilante como ingenuo; el dueño incendiario de una constructora qué es, además, un pésimo maestro; una “hermana” maldita que se evapora en el aire en cuanto ella se convence de que no existe en realidad;  y unos empresarios desalmados que, antes de lanzar al mundo una peligrosa línea de cosméticos,  se atreven a experimentar con animales.

Cuando los humanos se meten en la selva y entonces sobreviene un verdadero peligro, Amarilis no da vueltas: recurre a la especie homínida. Pepe, el experto ambientalista que conoce un poco el idioma de las lagartijas de tanto haber estudiado sus costumbres, es quien logra desmantelar las verdaderas intenciones de los cosmetólogos preocupados por la “belleza animal”.   Más

It´s easy if you try…

Título: La silla de imaginar

Autora: Canela

Ilustrador: Daniel Roldán

Colección: “Cola de ratón”

Editorial: Comunicarte

A veces me da vergüenza atrasarme tanto con las reseñas. Ya ni siquiera puedo calcular cuándo fue que recibí este libro de la Editorial Comunicarte. Como siempre, lo leí inmediatamente, hice mil anotaciones en mi cuadernito (ese que tengo  sobre el escritorio) y le di un lugar en mi biblioteca para que descansara allí, lindo como es, hasta que yo encontrara por fin el tiempo para sentarme y escrbir una reseña de esas que siento “concienzudas”, como salidas del fondo mismo de mis entrañas. Esas reseñas que llevan su tiempo de maduración y que me atrasan más, todavía más, de lo habitual.

Pues este es el caso. La silla de imaginar es uno de esos libros que se te meten adentro y que por tanto te exigen un tiempo extra para encontrar las palabras justas, esas que estén a la altura de todo lo que el libro expresa . Empezando por la tapa, enigmática y bella: una silla –simple, rústica, humilde–y un globo de pensamiento lleno de colores dispuestos en simetría pero diversos. La guarda inicial  del libro superará aquello. Un campo. Una ruta de asfalto. Un puente. Dos. Un camino de ripio rodeado de árboles. Un auto entrando al pueblo que rodea la estación del tren. Y hasta allí todo hermoso. Pero se interpone la primera línea del texto y, como dándonos una bofetada, nos despierta: “Junto a las vías había un pueblo por el que ya no pasaba el tren”. De pronto aquel boulevar tranquilo se vuelve solitario,  la paz del cuadro se difumina en un sentimiento de compasión: vemos un pueblo que, como tantos, se ha condenado al olvido. Más

Cuentos para jugar

Título: El afinador de mosquitos

Autora: Valeria Dávila

Ilustradora: Melina Canale

Esta antología de cinco cuentos obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Sigmar de Literatura Infantil 2011. Tuve la suerte de conocer a Valeria Dávila, una joven periodista y maestra que supo cómo hacerse camino al andar en esto de escribir cuentos para chicos.

Nos sentamos una al lado de la otra el día de la premiación (a mí me habían dado una Mención por Héroes modernos) y enseguida nos pusimos a charlar de cualquier cosa. Valeria es sencilla, simpática, encantadora (¡parece una maestra!) y en cuanto agarró el micrófono nos eclipsó: al contrario de lo que me pasa a mí, que me llevo mejor con el discurso escrito a pesar de haber estudiado teatro por 8 años, a ella se la veía cómoda y tranquila en su rol de oradora. Recuerdo lo que dijo como si no hubiera transcurrido todo un año desde aquel día.

Habló de lo maravilloso que era saber que iba a ser leída por tantos niños en diferentes puntos del país, de sus letras llegando tal vez a alguna escuelita del Interior para traspasar los límites del libro y “vivir” (creo recordarla enfatizando esta palabra como si ninguna otra se ajustara a la idea que ella estaba queriendo transmitir) por un ratito en la intimidad del aula.

No pude evitar, mientras iba avanzando en la lectura, recordar todo esto. En cómo estaría sentada la maestra en el aula (¿tal vez apoyada en el escritorio?) mientras iniciaba la lectura en voz alta. Me imaginaba una ventana enorme, llena de luz, y una música tenue de fondo. El grupo de los chicos, expectante, silencioso y atento a las letras de Valeria que inundarían el aula. Más

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