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Un clásico del terror

Estaba tendida en el lecho, inánime, la cabeza ladeada, las facciones pálidas y convulsas, semiocultas por el cabello. Doquiera que vaya veo la misma imagen: los brazos exangües y el cuerpo lacio, tirado sobre el tálamo nupcial por su asesino. ¿Cómo pude ver esto y seguir viviendo?

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Título: Frankestein

Autora: Mary Shelley

Editorial: Centro Editor de Cultura

Aun cuando el relato tiene una atmósfera terrorífica (tormentas eléctricas, diabólicas carcajadas que se escuchan a mitad de la noche, mansiones solitarias, etc.), Frankenstein no es más que la historia de un remordimiento. Contada muy poéticamente (tal vez demasiado para el paladar moderno) y llena de puntillosas descripciones de paisajes europeos que a la vez que embellecen, aletargan la trama.

Como sea, me encanta el contexto en que fue gestada esta historia. Corría el año 1816, había erupcionado el volcán Tambora y prácticamente todo el hemisferio Norte tuvo que soportar un invierno volcánico que desplazó al verano. No es un dato menor, porque la nieve y las heladas –mucho más si son eternas e implacables como las de aquel año– son parte del escenario-tipo necesario para cualquier historia que intente paralizarte del miedo.

Pues bien, precisamente ese año Mary Shelley y su marido Percy visitaron a su buen amigo Lord Byron que entonces vivía en Suiza, en la tan conocida Villa Diodati. Allí estaba también John Polidori y todos compartieron la lectura de un volumen que contenía distintas leyendas de fantasmas que circulaban por Alemania. Como buenos escritores, después de leer tuvieron ganas de escribir y asumieron el desafío de imaginar, cada uno, un relato terrorífico. De aquel verano que fue invierno  entre amigos y específicamente de aquel reto, nació El vampiro de Polidori y la novela de Shelley que ahora estoy reseñando, Frankenstein.

Me maravilla la vigencia de un montón de cuestiones que al momento de ser escritas eran pura ciencia ficción y hoy son verdades científicas. En efecto, el doctor Frankenstein fue capaz de clonar un ser que, salvo por su aspecto físico, tiene mucho de humano. Las mismas cuestiones morales que hoy se discuten en la Academia, ocupan un primer plano en la novela de Shelley: ¿tenemos derecho a crear vida? Y una vez creada ¿a destruirla? ¿Cuáles son los riesgos y peligros que enfrentaremos por pretender jugar el papel de Dios? ¿Qué derechos y obligaciones tendrá nuestra criatura? ¿qué derechos y obligaciones tendremos. por nuestra parte, como creadores de un ser que siente, sufre, ama y se equivoca, como todos?

Hay un montón de detalles inverosímiles: Frankenstein fue concebido desde un precepto puramente biológico pero es un  ser profundamente cultural. No solo utiliza el lenguaje, lo maneja con la soltura y la refinación de un aristócrata. Es sumamente instruido y aunque en su vida ha leído se la pasa citando obras eruditas y, mejor, analizándolas con categorías propias de un estudioso de las letras o de la filososfía. Tiene conocimiento sobre la historia universal  y hasta parece creer en Dios y mirar con simpatía los preceptos cristianos.  Frankenstein es, con todo esto, un monstruo de lo más raro y salvo por su instinto asesino (que, dicho sea de paso, no es un instinto para nada sino efecto directo de una venganza concienzuda y premeditada, más propia de los hombres que de las bestias) no asusta demasiado.

Aun así, la escenografía y la atmósfera en general es bien gótica. La figura del científico loco, puesta en el protagonista, puede erizarnos la piel incluso más que el monstruo. El verdadero terror no está en la criatura horripilante sino en los asesinatos a sangre fría, que responden sin duda a un cerebro inteligente y humano, que no se limita solamente a matar sino también a sembrar falsas pruebas e incriminar a pobres inocentes que terminarán siendo ajusticiados por el Estado. El verdadero terror, entonces, no está puesto en lo sobrehumano ni en la ciencia ficción ni en lo que no existe: es el mismo terror que convive con nosotros en el mundo efectivo donde también hay asesinatos y juicios malogrados y culpables sueltos que seguirán matando y víctimas que pagan por los errores de otros.

La estructura del relato enmarcado (un cuento dentro del otro) me parece especialmente sugestiva teniendo en cuenta el contexto real: a Mary Shelley que a su vez contó la historia para sus amigos. De algún modo, esta forma de presentación que tiñe de verosimilitud todo el relato viene a compensar un poco la imagen improbable del monstruo.

Para mayores de 10, si tienen suficiente entrenamiento lector. Estos clásicos, me parece, pueden ser provechosos si sabemos abordarlos en perspectiva. Quiero decir, si vemos hoy la película Tiburón, según desde donde la abordemos, nos parecerá un malogrado intento o un clásico que sentó las bases del género. Con Frankenstein  pasa algo parecido: hoy día hay muchísimos relatos terroríficos que la superan pero es maravilloso pispear cómo se trabajaba la materia antaño,  cuando apenas estaba empezándose a moldear el mundo ficcional terrorífico, que tanto nos seduce a grandes y a niños.

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