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Sobre todo, original

Título: Pomelo y limón

Autora: Begoña Oro

Editorial: SM

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Voy a comenzar por comentar lo que más me gustó de esta novela que ganó el Premio Gran Angular en 2011, el Premio Hache en 2012 (otorgado por un jurado de lujo: niños lectores de entre 12 y 14 años) e integró la Lista de Honor de los Premios CCEI que (según googleé) tiene bastante prestigio dentro del territorio español.

Me gustó lo que –en términos de Genette– sería el “epitexto” del libro: todo lo que no está anexado al texto y circula al aire libre en un espacio físico y social que es ilimitado. A ver: la protagonista, María Pinillas, tiene un blog y un perfil en facebook. La madre de su novio, que es una actriz súper famosa dentro de la ficción, tiene su propia página de fans. Así, dentro y fuera de la novela los personajes cobran vida y aun cuando esos espacios virtuales no llegan a resultar verosímiles en nuestro mundo efectivo (los comentarios del blog parecen guionados,  la foto de perfil de la niña es la de una adulta, la artista archiconocida tiene 49 seguidores) son una apuesta original y creativa.

Las notas al pie también invitan a hacer click: a wikipedia, a youtube, a alguna entrada del blog de la protagonista. No hice la experiencia de interrumpir la lectura, probablemente porque soy una inmigrante digital (busqué todas y cada una de las notas cuando terminé de leer el libro). Pero me imagino que los chicos irán visitando los enlaces, acorde a un modo de lectura muy de nuestros días, saltando del texto a la web y dejando la música de fondo y dispersándose (o concentrándose, está muy claro que el intelecto humano se va modificando con las tecnologías) según el gusto de cada consumidor.

Digamos que se nota en todo esto un esfuerzo por parte de la autora de acercarse a sus lectores. Es innegable que ha pensado en el destinatario (los nativos digitales) antes de sentarse a escribir. Y me gusta eso. Me gusta que un escritor tenga en cuenta a su auditorio, que intente la cercanía y un nuevo modo de contar. Y está actitud va con la autora y no solamente con el libro. Su página web (voy a usar una expresión de sus pagos que siempre me resultó simpática) mola un pegote. Más

¡La imaginación no es la mentira!

Título: Señores niños

Autor: Daniel Pennac

Editorial: Mondadori 579_senores-ninos Con Pennac me pasa lo que con Giani Rodari: es tan desbordante su creatividad, tanta la pasión que se adivina detrás de su prosa, que por momentos se me antoja un poco desprolija. Como si la escritura no llegara a decodificar todo ese aluvión de ideas que el autor tiene en su cabeza. Son tantos los guiños –la educación, la paternidad, la infancia, la disciplina, la prostitución, las fuerzas policiales, la inmigración, las artes, la lectura, la religión, la orfandad, la mala praxis, los conflictos generacionales, la violencia y podría seguir– que uno termina por perderse en un laberinto de reflexiones que nunca se explicitan pero se sugieren, se exploran y se interrogan.

La trama es divertida y original. La historia se narra desde el Cementerio de Pere-LaChaise en París: es un muerto (padre de Igor) quien lleva la voz cantante. La figura del Profesor Crastaig es ambigua y ridícula: un buen profesor que a la vez es un fracaso.  El corolario que dispara el relato (“¡La imaginación no es la mentira!”) y la consigna que indica el docente para sus alumnos indisciplinados (“Despierta usted cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han transformado en niños. Cuenten la continuación) bien podrían usarse en un taller de escritura. Esa es mi sensación, en principio, de la novela: Señores niños parece el resultado de un ejercicio de taller. Un buen resultado, porque el ritmo no decae (a pesar de que no hay antagonistas ni se presentan grandes complicaciones) y la historia no se ve forzada.

La erudición del autor se pone en evidencia, aun cuando la prosa no es pretenciosa ni compleja. Y el meollo de la cuestión se plantea desde el inicio: no es necesaria la ficción pues en realidad muchas veces (demasiadas veces) los niños juegan el rol de los adultos, con increíble destreza.

La voz es amigable pero el trasfondo filosófico me parece que puede confundir a un lector sin escuela. Por eso no diría que es una lectura para niños y, por el tema, tampoco para adolescentes. Hay que ser adulto para darse cuenta de que el tópico de la infancia es una excusa para atender otras cuestiones que nos preocupan principalmente a los educadores y a los padres. Una novela interesante y llevadera. Y ensayística en su planteo, en tanto llama a la reflexión y a interrogarnos sobre los preceptos sociales y las ideologías en términos althusseanos.

Mucho más que fútbol

Título: Papeles en el viento

Autor: Eduardo Sacheri

Editorial: Alfaguara

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La voz de Sacheri me conmueve. La voz, y no la historia (o sí la historia, pero por esa voz que se mete adentro para hacerme enojar y sonreír y sobresaltarme y llorar. Por todos esos estados pasé durante la lectura). El libro habla de fútbol, y a mí el fútbol me importa poco. Sin embargo, no pude dejar de leer. Porque el fútbol, en realidad, es una excusa para hablar de otras cosas. De la amistad, sobre todo. De cómo atravesamos las pérdidas y enfrentamos (o no) la muerte. De lo importante que es “dejar fluir”, dejar que las cosas vayan por el lado que quieran (como los papeles en el viento) pero, también, tomar decisiones. Porque con decisiones se avanza, se persiguen sueños, aunque los sueños no se cumplan tal como los soñamos y después tengan su vuelo propio.

A ver si me ordeno. Los personajes son entrañables. Queribles hasta el punto de que duele dejarlos: ¿cómo estaré mañana sin saber del mono, del ruso, de Fernando; de Mauricio, incluso, aunque lo odié con pasión? ¿de Cristo y del Polaco, que desde las sombras, ayudan a pintar el escenario? Porque la vida es así, a veces tan distinta a los estereotipos que uno tiene en la cabeza: el que anda por la calle como un rey termina siendo un pobre tipo, el empleado de mal aspecto que te levanta un negocio en ruinas, el abogado exitoso siempre rodeado de gente pero también tan solo, el amigo de pocas luces que te resuelve un problema que parecía insalvable. Porque, ay, cómo lo quise al ruso. Al ruso que es un boludazo (no lo digo yo, sino el mono) pero tan ingenuo, tan simple, tan necesario en este mundo voraz que a veces duele tanto.

Con los personajes de Sacheri me pasa esto (me pasó con el Sandoval de La pregunta de tus ojos): no sé si me daría la oportunidad de conocerlos en la vida real. Porque somos distintos, reaccionamos de forma diferente y hasta diferimos en nuestros valores. No siento identificación con ellos y, sin embargo, me representan. Porque en el fondo sí, en lo más íntimo del ser humano, son exactamente así como yo soy. O mejor: como yo quisiera ser. Y entonces es imposible no quererlos, no desear lo mismo que ellos desean, no enojarme con ellos cuando reaccionan mal o querer abrazarlos cuando se decepcionan. Dentro de ese mundo posible que construye el autor tan meticulosamente, dentro de la ficción que yo acepto como verdad el tiempo que dure la lectura, yo misma soy diferente y tomo partido por cosas con las que no necesariamente acordaría en la vida real. Hasta ese punto me toca la literatura, me ayuda a tomar distancia de mis propios prejuicios, a darme cuenta de que yo sería perfectamente capaz de enamorarme de alguien como el Ruso. Un dejado, ¿un vago?, un tipo sin ambiciones al que todo le da igual, que se la pasa jugando a la play mientras las deudas se amontonan. Pero también un tipo que adora a su familia, que recorre mil kilómetros con cuatro pesos en el bolsillo solo para poder ayudar a un amigo, que considera a sus empleados como compañeros, que “es incapaz de hacerse problema durante más de diez minutos seguidos sin que la felicidad lo distraiga”. ¿Cómo no voy a enamorarme, si el tipo –más allá de sus fallas– es todo lo que a mí me gustaría ser?

La prosa es rítmica y poética. Incluso cuando aparece el lenguaje soez, porque está ahí no para provocar (como se me antoja que ocurre, por ejemplo, en El pasado de Alan Pauls, o en Cronología de la furia de Guillermo Cácharo) sino para construir escenas verosímiles. Los diálogos fluyen, aceleran la lectura y nos acercan a los personajes. Pero también hay un narrador que hilvana con cuidado la trama para que no queden hilos sueltos; que sabe soltar su propia voz para tejer un montón de recursos que evitan el relato cronológico y estereotipado: estilo indirecto libre, prolepsis, analepsis, pausas descriptivas, un juego complejo de focalizaciones que nos llevan de un personaje a otro y del vistazo general y panorámico al detalle del primer plano. Los indicios, dejados como al descuido, logran que la sorpresa del desenlace no se convierta en engaño. El final sorprende, sí, pero no tanto: hubo más de un guiño (sutil y por eso mismo, efectivo) para el lector, que tuvo en frente todas las piezas aunque no fuera capaz de ubicarlas.

Y me gusta, en Sacheri, la justicia poética. Porque será un procedimiento antiquísimo y atentará contra la verosimilitud y esta última moda de los finales infelices que se entienden mejor con el mundo real, pero a mí me regocija ver –aunque sea en la literatura– a los personajes que no se resignan con su suerte y salen a buscar lo que les falta, que logran cambiar su destino y dar cuenta de que es posible (y necesario y hasta imperativo) atreverse a soñar. Y esa justicia poética es la que me saca el gusto amargo cuando tengo que soltar al Mono (como tuve que soltar a Sandoval en La pregunta de tus ojos) y aceptar que la muerte es parte de la vida y aunque duela (en la literatura y en la vida) no empaña el final feliz.

Que transcurra en mi barrio y yo conozca las calles, las zonas que se mencionan, los colegios, los bares y las plazas es un plus que me tocó en lo personal. La película no la vi (todavía) pero estoy ansiosa por saber si estará a la altura de un texto que me pareció bello, íntimo y emotivo. Si estuviera trabajando en el secundario todavía, sería mi primera propuesta de lectura. Es un libro para disfrutar con los jóvenes, con los que saben de fútbol y los que no; para debatir en el aula y hacernos interrogantes sobre cómo se construye un mundo creíble y sólido en la literatura. Pero también para hacernos preguntas sobre la vida.

 

 

 

El sabio consejo de Luciana

Título: Cuéntame, América

Autora: Sol Silvestre

Ilustrador: Ricardo Rossi

Editorial: Uranito

Solo tapa

Doce leyendas de pueblos aborígenes (guaraníes, mapuches, tobas y aymaras). El libro nació porque de las editoriales escolares empezaron a encargármelas y antes de que me diera cuenta tenía ya una buena producción. Escribí algunas más para llegar a los 50.000 caracteres y, entonces sí, mandé el manuscrito a varias editoriales (cuatro o cinco, al menos). Uranito fue la primera en contestarme. Me dijeron que sí, me mandaron el contrato. Fueron atentos durante todo el proceso: recibí primero los bocetos de Ricardo y más tarde las imágenes finales; el pdf con el texto para revisar. No me cambiaron ni una coma. Cuando el libro se editó, mandaron mis ejemplares a casa (¡a casa! Esto es algo que no me pasó con ninguna otra editorial). Y encima es mononísimo. El trabajo de Ricardo emociona. Fue una de mis grandes alegrías en 2014.

Y hay más. Porque, mea culpa, cuando me confirmaron de Uranito que iban a publicarlo, no le escribí a ningún editor para avisar. Después de la experiencia con aquel libro que casi sale en una editorial y terminó encajonado, seguí el consejo de mi amiga ilustradora Luciana Carossia para quien “Nunca hay que dar un trabajo de baja. Aunque ya no tengas el texto disponible, dales la oportunidad de que lean algo tuyo”.

Y comparto su consejo aquí, porque funciona. Al poco tiempo de haber firmado contrato con Uranito, recibí un mail de una editora: quería publicar Cuéntame, América. Amén de que es fantástico poder decir: “Uy, ya lo tengo comprometido en otro lado”, mucho mejor es que, como respuesta, te ofrezcan hacer un trabajo. Mi primer trabajo por encargo en una editorial hermosa en la que todavía no había publicado (ya contaré novedades por aquí).

Así que ya saben, quienes están en la misma que yo y van dando pasitos como hormiga: nunca avisen si les aceptan el manuscrito en otro lado. Cuesta tanto que nos lean, que no hay que desaprovechar esa oportunidad. Del libro no digo mucho porque, como repetí mil veces, no puedo reseñarme a mí misma. Solo que por el tono legendario (selección léxica, recursos poéticos y el extrañamiento al escribir desde una cultura diferente a la nuestra) no estoy muy de acuerdo con Uranito en que el libro sea para mayores de 10. Yo hubiera dicho 12.

Si quieren leer el índice del libro y la primera leyenda, pueden hacerlo acá. Si quieren saber sobre el proceso de escritura, Raquel Barthes me hizo una entrevista para El Mangrullo que pueden leer en este link.

Gracias por acompañarme.

Un verdadero policial

Título: El camino de Sherlock

Autora: Andrea Ferrari

Ilustrador: Carlus Rodríguez

Editorial: Alfaguara

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Una novela dinámica, divertida y con mucho suspenso. Me encantó la voz del protagonista-narrador, Francisco (alias Sherlok) y la vuelta de tuerca para  mostrar que las diferencias –incluso esas que tienen buena prensa y consideramos “dones”– nunca son fáciles.

Todo cabe en este libro: las expectativas de los padres, la presión sobre los hijos, la amistad que se intenta forzar y la que llega más naturalmente, la incoherencia de una maestra (que pone excelente en el cuaderno pero manda una nota a casa), las falencias de un sistema educativo que no sabe qué hacer con el alumno que no encaja en la media, la competencia descarnada y por lo mismo cruel, los problemas de autoestima (por defecto y por exceso) y la ingenuidad (que nada tiene que ver con la inteligencia).

Intertextual (maravilloso el diálogo que se establece con la obra de Conan Doyle) y creativa. A diferencia de otros detectives de moda en LIJ (o mejor dicho, algunos estereotipos que se repiten hasta el hartazgo) Francisco termina involucrándose con un verdadero criminal. La noción de “peligro” y el verosímil realista enmarcan la obra en el policial tradicional sin dejar de dirigirse, por ello, a los chicos. Me gustó mucho además el estilo de la autora; la erudición del personaje le dio la oportunidad de ofrecer una prosa un poco más compleja y poética de lo que permite generalmente el punto de vista infantil.

La recomiendo para niños mayores de 10, aunque Alfaguara sugiere que sea leída desde de los 12.

Hallazgo

Título: Cronología de la furia

Autor: Guillermo Cácharo

Edición de autor.

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Este libro no puede clasificarse como LIJ, pero haré un paréntesis. Un poco porque tengo ganas de comentarlo y otro poco porque es una edición de autor y sé que no tendrá, posiblemente, la prensa que se merece. Hasta el momento, creo, puede conseguirse en las librerías La recova y La cueva, en el centro cultural Domus (todo esto en Castelar) y/o a través de la página web de Guillermo Cácharo. Vale aclarar que no conozco al autor. Sí he visto –por las páginas legales– que hemos coincidido en algunos manuales y sé también que tenemos conocidos en común. Pero jamás nos cruzamos en ninguna red social ni intercambiamos mensajes que pudieran predisponerme a leer el libro de determinada manera. En fin: que no me mueve el afecto ni el agradecimiento ni la solidaridad. Escribo esta reseña porque quiero.

Me gustó mucho el inicio: catorce renglones que provocan seguir leyendo. Creo que está muy bien lograda la mirada extrañada del protagonista, frente a su novia en coma, a quien intenta reconocer entre una maraña de cables y tubos y luces que lo encandilan. Más adelante entenderé que era una especie de epígrafe, una cita textual del mismo libro que funciona como anticipación de lo que vendrá en la primera parte (en el libro hay tres partes y por consiguiente tres epígrafes anticipatorios).

Lo organización del tiempo en la novela es otra cuestión para mencionar. Es una cronología, sí (el libro no se divide en capítulos sino en días y/o noches) pero hay rupturas que complejizan el desarrollo lineal. Por un lado, los epígrafes anticipatorios de los que hablé antes; pero también las escenas de furia que, aunque siempre distintas, se repiten (cambian las circunstancias y los actores pero en el fondo una es igual a todas) y los relatos anafóricos que retoman desde otra perspectiva algo que ya se nos había contado con antelación. Más

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