Hallazgo

Título: Cronología de la furia

Autor: Guillermo Cácharo

Edición de autor.

tapa sola

Este libro no puede clasificarse como LIJ, pero haré un paréntesis. Un poco porque tengo ganas de comentarlo y otro poco porque es una edición de autor y sé que no tendrá, posiblemente, la prensa que se merece. Hasta el momento, creo, puede conseguirse en las librerías La recova y La cueva, en el centro cultural Domus (todo esto en Castelar) y/o a través de la página web de Guillermo Cácharo. Vale aclarar que no conozco al autor. Sí he visto –por las páginas legales– que hemos coincidido en algunos manuales y sé también que tenemos conocidos en común. Pero jamás nos cruzamos en ninguna red social ni intercambiamos mensajes que pudieran predisponerme a leer el libro de determinada manera. En fin: que no me mueve el afecto ni el agradecimiento ni la solidaridad. Escribo esta reseña porque quiero.

Me gustó mucho el inicio: catorce renglones que provocan seguir leyendo. Creo que está muy bien lograda la mirada extrañada del protagonista, frente a su novia en coma, a quien intenta reconocer entre una maraña de cables y tubos y luces que lo encandilan. Más adelante entenderé que era una especie de epígrafe, una cita textual del mismo libro que funciona como anticipación de lo que vendrá en la primera parte (en el libro hay tres partes y por consiguiente tres epígrafes anticipatorios).

Lo organización del tiempo en la novela es otra cuestión para mencionar. Es una cronología, sí (el libro no se divide en capítulos sino en días y/o noches) pero hay rupturas que complejizan el desarrollo lineal. Por un lado, los epígrafes anticipatorios de los que hablé antes; pero también las escenas de furia que, aunque siempre distintas, se repiten (cambian las circunstancias y los actores pero en el fondo una es igual a todas) y los relatos anafóricos que retoman desde otra perspectiva algo que ya se nos había contado con antelación.

La construcción del protagonista es sólida. Sabemos todo de Damián porque la historia está focalizada en él. De los demás personajes (Mariela, María del Carmen, Suárez, Leticia, etc) nos llegan, apenas, esbozos: son sombras que giran a su alrededor y no llegamos a conocer bien. Por eso, tal vez, las situaciones que viven no nos conmueven del todo. Están como un telón de fondo, como en segundo plano, porque lo que importa en realidad es lo que le pasa a Damián (cómo le afecta, por ejemplo, la situación –para nada menor– de Suárez). Su soledad, su individualismo, su desinterés por el entorno se hacen evidentes en tanto poco y nada logramos saber de los demás. Damián no me resultó “querible”, no sentí una verdadera empatía por él (me pasó, recuerdo, algo parecido con el protagonista de El pasado de Alan Pauls) pero no puedo negar que está bien construido, que presenta muchos matices y se ajusta perfectamente a la idea de “personaje redondo”: coexisten en él atributos contradictorios, es convincente y dinámico.

Mucho más que la trama, que no me resultó particularmente atractiva, me interesó el modo de contar. La mirada extrañada del protagonista no solo frente a las situaciones extremas sino también en lo cotidiano (algo mucho más difícil de lograr). El vuelo poético de algunos pasajes, símiles originales que se alejan deliberadamente de los clichés, incluso alguna reflexión filosófica de esas que dan ganas de subrayar. Citas, alusiones, intertextos que hablan de la erudición del autor (más que del personaje, porque aunque se lo presenta en alguna escena de lectura y recordando este cuento o aquel, por algunos diálogos y acciones no terminé de creerme ese costado supuestamente intelectual de Damián).

Si leés el libro desde acá (desde Argentina, digo) el mundo posible te toca sin remedio. No solo por la mención de calles y escenarios que reconocemos en nuestro mundo efectivo sino también (y sobre todo) por el clima de tensión social. “La gente anda sacada, últimamente” es  algo que venimos escuchando desde hace un tiempo y cada dos por tres vemos alguna noticia que parece de ficción, escenas de violencia inadmisibles: un grupo de vecinos linchando a un delincuente, un hombre que rompe a hachazos un auto estacionado en su garage, una estación de trenes destruida por los propios usuarios. Escenas absurdas e improbables pero que se dan en la vida real. La ficción de Cácharo (como la de Szifrón en Relatos salvajes, y en particular la del empático @bombitadarin) recupera eso: los discursos violentos; la bronca contenida que nos da la crisis, las injusticias, la corrupción política, la impunidad; la certeza de que el ser humano tiene un límite, de que una acción genera una reacción irremediablemente. Cronología de la furia es la historia de Damián pero también la historia de una sociedad que se da por vencida y que, por fin, deja de tolerar. Y se vuelve destructiva por ello. Autodestructiva, en realidad. Y no importan las razones: las escenas de furia que se describen en el libro son espontáneas, no hay un por qué ni ninguna justificación aparente, la gente simplemente destruye porque sí. Pero llora, llora porque es consciente de que esa furia es insaciable e infinita.

Y aunque la acumulación de escenas iracundas llegaron a agobiarme un poco y terminaron convirtiéndose en un solo relato repetido una y otra vez –algo que el mismo narrador intuye: “Todos los golpes del mundo eran moretones en el cuerpo de Mariela; todos los tajos eran las heridas del brazo y del rostro”–, la prosa siempre me rescató a tiempo. Porque me gustó el estilo del autor que, en el fondo,  es lo que prevalece.

Y por eso esta reseña. Porque otros tienen la suerte que da la difusión de un premio literario (voy a confesar que varios Premios Clarín me resultaron mucho más prescindibles que este relato) o el aparato de prensa de una editorial que tiene plata para invertir. Y da un poco de impotencia (¿conviene que diga furia?) saber que pululan por ahí muchas voces valiosas como la de Cácharo, que merecen llegar a sus lectores.

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