No dañan algunas pecas

Título: Ana y la maldición de las pecas

Autores: Nicolás Schuff/Damián Fraticelli

Ilustradora: mEy!

Editorial: Uranito

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Las historias de brujas (creo que ya lo dije muchas veces) siempre me gustaron. Y más cuando son al estilo de Dahl: con antagonistas niños que ponen en ridículo al villano. En este caso, claro, el texto es políticamente correcto: las brujas no se salen con la suya y los adultos actúan exactamente como se supone que deberían actuar.

La historia es llevadera y los personajes, queribles. Ana es un encanto de niña y su amiga, Martina, aporta una buena dosis de humor que sin duda fortalece la trama. Las ilustraciones de mEy!, con su personalísimo estilo –acorde a los gustos y tendencias de la LIJ contemporánea– ponen lo suyo, como siempre: planos en picada, en contrapicada, aéreos y en detalle que llaman la atención sobre aquello que conviene mirar (las pecas, la vergüenza de Ana al frente de la clase, el portero-obstáculo que se alza como un muro, el dedo poderoso que decide destinos y finalmente la presencia no amenazante de las brujas que, en segundo plano, toleran sonrientes su fracaso).

Sin duda el punto de vista infantil es lo mejor de la novela. La voz narradora, en tercera persona, no emite juicios frente a la espontaneidad, los impulsos y los riesgos que toman los personajes. La mirada adulta no se filtra y la historia se cuenta desde un lugar menos comprometido con el “deber ser” , lo que nos hace aceptar un mundo posible con algún rasgo de la realidad efectiva pero más mágico e inofensivo. O en otras palabras: más atractivo para los chicos.

Sin embargo, Ana y la maldición de las pecas no deja por ello de transmitir un mensaje con valores. No es una crítica lo que digo (y lo aclaro porque en este último tiempo he leído tantas burradas respecto a la “LIJ y los valores” que temo ser malinterpretada) sino todo lo contrario. Como mencioné antes, no hay una voz adulta que levante el dedo para decir: “Ana, tenés que quererte tal como sos y viniste al mundo”. No: Ana odia sus pecas y ningún narrador viene a decirnos que eso está mal. Ni siquiera hay un personaje adulto que tome la palabra en ese sentido, nadie que se siente a charlar con ella para levantarle la autoestima y convencerla de que es mucho mejor aceptarse a uno mismo (como si uno pudiera manejar los sentimientos y decidir qué cosas pueden lastimarnos y qué cosas no). Ana se da cuenta sola de todo eso y comienza a darse cuenta cuando la bruja le dice que tiene razón, que las pecas le quedan espantosas. Ese “rapto de sinceridad” desconcierta a Ana y la incita a confiar ciegamente en una desconocida.

Es lo que Ana necesita para, finalmente, entender. Darse cuenta por sí sola de que aquel rapto de sinceridad era una mentira, que sus pecas tan espantosas pueden resultar un objeto de deseo para los demás (para las brujas, sí, pero también para Lucas). Y Ana entiende todo esto en cuanto se queda sin pecas (la historia del ser humano: valorar algo cuando lo perdemos). Y ella solita, así, sin mediación de nadie ni sentencias morales verá que en el fondo no es tan descabellado aquello de que no es para tanto tener pecas (o estar gordo o ser narigón o cualquier “diferencia” respecto a un grupo que no es más que una construcción social del tiempo y de la historia). La maldición de Ana no son las pecas sino su complejo, y en cuanto ella entiende eso el orden en su mundo se restaura.

Así, sin moralinas ni condescendencias, se puede hacer LIJ con valores. En esta historia queremos a Ana y también a sus pecas. A los padres que protegen y entienden y saben exactamente lo que hay que hacer. A las amigas incondicionales. Y un poco también a las brujas, que son una caricatura del ser maléfico y aterrador cuya representación social se ha fijado a lo largo de la historia de la literatura de horror. Por supuesto, es un estereotipo (las tres brujas, por sus descripciones tanto físicas como psicológicas, me hicieron pensar en una película que suelen pasar en Halloween, con Bette Davis y Sarah Jessica Parker) pero está al servicio del humor y no daña el relato.

Según la editorial, la novela está dirigida a niños mayores de 10. Como no hay demasiado vuelo poético, lo que está en primer plano es la historia y los personajes, y es necesaria cierta ingenuidad para que no falte la sorpresa al final del relato (¿quién es el portero? ¿cuál es la comida más deliciosa del mundo?) yo bajaría la franja etaria a 8.

Por último, destaco la bella tapa con relieve, el diseño de página y las solapa/señalador que ya es marca registrada de Uranito.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Ileana
    Ene 12, 2015 @ 07:39:10

    ¿Es lícito que una señora de 42 desee (con ansias) leer un libro escrito para alguien de 8?
    Creo que bien puedo hacerlo pasar como material de estudio pero la verdad es que Schuff + “historia de brujas” se vuelve un combo irresistible!
    Gracias por esta valiosa reseña!

    Responder

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