¿Quién dijo que las plantas son inofensivas?

Título: La escalera del miedo

Autora: María Laura Dedé

Ilustración de tapa: Juan Chavetta

Editorial: Galerna infantil

la escalera del miedo

La colección se anunció con bombos y platillos. El flyer que presentaba los primeros cuatro títulos (La escalera del miedo de María Laura Dedé, Los monos fantasma de Victoria Bayona, Desastre en el supermercado de Hernán Galdames, Mundos en venta y otros cuentos de Verónica Sukaczer) se multiplicó por las redes sociales: N veces compartido, me-gusteado aquí y allá. Había una garantía: el director de la colección. Porque Franco Vaccarini tiene su trayectoria y publica un montón.

El marketing es necesario. Y cómo. Las librerías están atiborradas de títulos. La LIJ crece a una velocidad que da vértigo. Los nombres de las grandes editoriales –que se ven en revistas, en diarios, incluso en afiches callejeros– tapan cualquier intento de asomo de las más chicas. Celebro que se apueste a la prensa y a la difusión. Que se destine dinero para ejemplares de cortesía y también tiempo para presentaciones y movidas mediáticas (por ejemplo, que los autores lean por radio y acepten el desafío de una entrevista colectiva). Porque (sé que suena triste pero creo que es así) el marketing es la única forma de poder competir.

Todo esto lo digo porque, aun cuando se trata de una colección nueva, el aparato de prensa ha sido tan bueno que ya leí varias reseñas de la colección. Es decir, esta se mezclará seguramente con muchas otras y espero sumar antes que repetir. De La escalera del miedo se dijo, por ejemplo,  que conforme avanzás en la lectura entrás en una gradación: del miedo más inocente y divertido a un género mucho más siniestro y aterrador. Y así bajás (te hundís en las profundidades) de escalón en escalón.

Pues bien, mi experiencia fue esta: bajé tres o cuatro escalones, volví a subir dos. Y así. Es cierto que algunos cuentos del principio te mantienen más en la superficie pero no sé si todos ordenamos nuestros miedos de la misma manera. “Milanesa”, por ejemplo, me hizo respirar profundo y se suponía, sin embargo, que estaba a mitad de la escalera: cuento número 8 en el orden de los 16. Ah, sí, con “Milanesa”me asusté más que con “El ratón” o “La venganza de los cerdos” (cuentos 10 y 13, respectivamente). Y la verdad estuvo bueno, por lo menos para mí que me gustan las sorpresas: si no, me hubiera ido “preparando” para lo que venía y así asustarse no tiene gracia. Me pasa lo mismo con la montaña rusa: la pirueta que no espero (no digo la más sinuosa sino la que no espero; la que me encuentra más relajada y desprevenida) es la que más me impacta. Y creo que eso me pasó con el escalón 8: los cuentos venían terminando más o menos bien o admitían una lectura metafórica o estaban tamizados por un punto de vista inocente e ingenioso. “Milanesa”, no. Porque es un cuento que habla de un peligro real, que puede llegar a existir en los lugares exóticos y terminar con la vida de los tíos charlatanes. (¡Ay!)

De los 16 escalones-cuentos (por una cuestión de espacio) voy a comentar solo dos. Los dos que más me gustaron. Y cosa rara: los dos tienen que ver con plantas aunque yo no soy una persona simpática para ellas (me olvido de regalarlas y tengo una intuición perversa: dejo al sol las que son de sombra y a la sombra las que son de sol). En fin, que en casa –por decisión unánime de la familia– el que se encarga de las plantas es Walter.  Me pregunto qué sería de mí si me agarrara una margarita caníbal, porque en casa el único animal que tengo es Pampa y no tiene siete vidas que arriesgar para salvarme.

El primer escalofrío se lo debo a la dedicatoria: ” a mis dos plantas carnívoras, aunque por ahora solo comen mosquitos” . A ver, María Laura Dedé: ¿en serio tenés dos plantas carnívoras? La dedicatoria de un texto, con lo curiosa que soy, siempre me seduce. De todos los elementos paratextuales es el único que nos permite pispear la intimidad del autor. ¡Y me encanta! La imagen mental  que tengo de una planta carnívora es una suerte de monstruo con ramas como tenazas, mandíbulas y dientes. En fin, un temible espécimen vegetal que podría comerme de un solo bocado. Sí, está bien, suena exagerado: pero cuando era chica vi un capítulo de El agente 86 en el que aparecía una de estas criaturas así tal cual como lo cuento y, a pesar de la risa y del tiempo que pasó, si tuviera que montar mi propia galería del espanto sin duda agregaría a aquella memorable criatura.

Así es la margarita caníbal según las perspectiva del gato narrador de la historia. Y es una perspectiva bastante similar a esa que yo tenía de más chica. Hiperbólica y delirante; y por lo mismo muy graciosa. Efectivamente,  el cuento –a pesar de proponer una situación terrorífica: ¡la maldita planta va a comerse Juana, la niña de la casa!– está atravesado por el humor. Largué una carcajada cuando la margarita le pide auxilio al gato y él se limita a decirnos: “a mí, justo…Ja”. Genial también el pasaje en el que nos cuenta cómo fue perdiendo algunas de sus vidas. Y sí, en el escalón 6 yo me maté de risa. Me resultó simpatiquísimo (¡y tan querible!) el gato; su punto de vista desvirtuado un poco por los celos y esa mirada inocente que suelen tener los chicos cuando pueden darse el lujo de ser mitómanos porque hasta cierta edad no está mal visto ser imaginativos. La historia es buena, claro, pero lo mejor que tiene el cuento es el personaje, la voz narradora que va moviendo los hilos y construyendo una trama creíble, dinámica y –sobre todo– muy pero muy divertida.

Avanzo seis pasos más (escalón 12) y me encuentro con “Vení, hijo, vení”. La sonrisa se me desdibuja o, por lo menos, se va volviendo amarga. Y voy viviendo esto de que al descender la lectura se va volviendo más y más oscura. El cuento empieza como una leyenda urbana (gran acierto: ¿qué puede asustar más que una leyenda urbana?); con un narrador que se hace desear e insiste en no contar lo que (se nota a la legua) se muere por contar.  Es una estrategia antigua, los rétores lo llaman “preterición”: insistir en que algo no es importante (o recomendable  o deseable)  para –¡precisamente!– llamar la atención sobre ello.  “Mejor no te cuento esta historia” es igual a decir “Tenés que escuchar esta historia”. Así funcionan los implícitos en nuestra lengua y qué aburrido sería todo si no existieran.

Me gusta el punto de vista del narrador testigo. La descripción que lo ubica a metros del lugar de los hechos, con un campo visual que se restringe o se despeja para mantenernos anclados en la sospecha. Es el procedimiento que utilizó Hitchcock en “La ventana indiscreta”: un vecino curioso y una mirada impedida, un techo que se abre o cierra (¿como una ventana?) para sugerir antes que mostrar y los cinco sentidos poniéndose al servicio de la investigación (la voz de Elsita, suplicante; el aroma a budín y a tortas fritas).  De este cuento me gusta mucho también el tono. La vejez, el abandono, la soledad no son temas que puedan tomarse a risa y el lenguaje va acompañando los sentimientos de los personajes. En este cuento Dedé despliega un arsenal poético: las palabras se van volviendo sombrías como el tiempo que pasa y los recursos rítmicos  (Pero se hacían las cinco, las seis, las siete...) y los semánticos (y se hacía la ausencia también, y ella se iba marchitando) nos van involucrando con la historia y contagiándonos un poco la tristeza, la piedad y la bronca. Elsita, a la vez, se va mimetizando con el entorno (Con el pelo opaco, la piel reseca y los ojos embichados) y va dejando su entidad humana para volverse un símbolo del abandono (su risa era una tos que iba cayendo sobre el plato y amargaba el pan casero, las tortas fritas y las porciones de budín). El tono del cuento, en fin, es muy poético. La historia nos conmueve, sí, pero también las palabras y por eso la muerte llega sin horrorizarnos y el acto de justicia final nos salva un poco de la melancolía en la que nos fuimos hundiendo conforme avanzábamos en la lectura.  El dulce sabor que me dejó la venganza (¡adoré a esas plantas asesinas!) me enfrentaron al vértigo de mis propias miserias: no estoy a favor de la pena de muerte ¡pero cuántas cabezas me gustaría arrancar! Menos mal que la literatura me alcanza para exorcisar mis demonios. 🙂

Y un último comentario sobre la colección: son libros para chicos sin ilustraciones. A mí esto me da un par de pistas sobre el perfil editorial: 1) son libros para chicos no tan chicos (¿a partir de 10/12 años?) y 2) Así como algunos confían en los stickers y en las brillantinas y en el libro como juguete y objeto, Galerna infantil apuesta sin duda por los textos. ¡Qué lujo eso!

Anuncios

2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Marisa Pérez Alonso
    Jun 15, 2014 @ 20:19:09

    Preciosa reseña: muy original y tentadora. Leerla es toda una experiencia literaria por sí misma. Ahora quiero leer esos escalones-cuentos y ver con qué me encuentro.
    Saludos

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: