Acompañar la lectura

Título: El secreto del gorrión

Autor: Mario Lillo

Ilustradora: Silvia Katz

Colección: “Cola de ratón”

Editorial: Comunicarte

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Como pasa con los libros álbum, esta historia no se cuenta solamente con palabras. Las tiene, y muy bellas, pero necesita de la imagen para anclar significados y más si pretendemos que los destinatarios sean chicos.

Los sentidos figurados, las metáforas, los implícitos, las alusiones no suelen ser las favoritas del público infantil. Pasa con la poesía también (por lo menos es la impresión que yo tengo al observar a mis hijos y a mis alumnos de taller, aun cuando todos ellos son “buenos” lectores): cuando la fuerza está puesta en el estilo, no es fácil “engancharlos”. Es probable, muy probable, que lo que me parece bello a mí, a ellos los aburra soberanamente. Salvo que estemos ahí (y otra vez, hablo por experiencia) para compartir la lectura. Para ayudarlos un poco a desentrañar ese laberinto de voces e imágenes escondidas en el lenguaje poético.

Y este es uno de esos libros que necesita, me parece, del andamio que podamos tenderles, como adultos, a los chicos que todavía no saben de dictaduras y abusos y esclavitudes. Es necesario que estemos ahí, acompañándolos, contándoles cómo nosotros (y cada cual lo hará a su manera, según nuestra historia y nuestras lecturas y nuestra experiencia) vamos llenando los versos de sentido.

Versos, sí, porque aunque no es poesía –y otra vez: como pasa con los libros álbum– las palabras se suceden con candencia y buen ritmo. Suavemente. Y se nota muy bien que el autor ha mimado cada pausa, cada rima y cada coma porque admite una lectura en voz alta armoniosa y musical. El texto, por sí solo, e incluso si nos olvidáramos de su significado, es hermoso.

Y además, por supuesto, está el significado. Porque el texto habla de la libertad; de lo fuertes que somos, que podemos ser, cuando actuamos juntos; de lo necesario que es alzar las voces cuando el silencio se impone a causa del miedo. De la importancia (y la necesidad y la fuerza y la omnipotencia) del arte, que es lo que finalmente siempre nos rescata del horror.

Y además, por supuesto, están también las ilustraciones. Las pinceladas suaves, los colores que se difuminan, que se vuelven sombra o luz, según cuales sean las palabras que se van tejiendo en el tramado de las páginas. Y entonces es cuando texto e imagen se vuelven uno. Se necesitan mutuamente. Se reflejan y se complementan y se abrazan sin soltarse ni prescindirse. Fundiéndose en la polifonía y en el impacto visual.

Y el trabajo de Katz no solo es bello: es necesario para reponer un montón de referentes que los chicos, seguro, no tendrán. El hombre que se arrastra, apresado, y las cadenas rotas dicen lo que los versos callan. Y es necesario que allí estén, que de algún modo se explicite lo que se está queriendo implicar para que el público infantil pueda acceder al libro y no perderse, justamente, lo más bello que tiene.

Para niños mayores de diez, y acompañados.

 

 

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