Ese muerto seductor

Título: La cena del dinosaurio

Autora: Verónica Sukaczer

Ilustrador: Pablo Tambuscio

Editorial: del Naranjo

Colección: “La puerta blanca”

cena

Casi todas las corrientes teóricas –aun cuando no coincidan en el modo de abordarlo– están de acuerdo en que el narrador es lo más importante del relato.  De una u otra forma, los demás componentes discursivos experimentan los efectos de su manipulación: el narrador condiciona y regula la información y decide de qué modo le hará conocer al lector el mundo posible que se está construyendo en el relato.

¿Por qué decido empezar esta reseña así? Porque el narrador en este libro es, como diría mi hijo,  lo más de lo más.  Está tan bien construido, es tan creíble y querible, que aun cuando fallara cualquier otro aspecto del relato (y por las dudas aclaro: no estoy diciendo que falla) la novela seguiría siendo genial.

Sukaczer decide darle voz a un muerto. Y esto le da un montón de licencias: es un narrador en primera persona (lo que nos permite disfrutar de toda su subjetividad) pero al mismo tiempo es omnisciente (¿quién podría decir que un muerto no es capaz de meterse en la cabeza de los otros personajes, de conocer el pasado más remotísimo y de anticiparse  a los hechos que van a venir?). Y es como Brás Cubas, el de Machado de Assís: un difunto alegre, que puede tomar distancia de su propia muerte y hacernos reír aun en los momentos de mayor tensión.

Y me detengo en esto de “hacernos reír” porque este es un rasgo que me gusta mucho, muchísimo de Sukaczer: el humor. No me refiero a que uno se está matando de risa todo el tiempo. En sus relatos, aun cuando la tensión parece que llega a su nivel más alto, sobreviene siempre y de improviso  un comentario casi por lo bajo; como dicho al pasar, tímidamente, que nos hace reír. Y entonces el lector  se distiende. Se divierte. Se divierte aun cuando lo que está pasando en la historia pueda ser muy dramático.

Pero creo que lo que Verónica hace realmente a las mil maravillas es dosificar  ese humor: sabe exactamente cuándo hay que soltar el chascarrillo. Es como el chiste ese del hombre al que se le rompe el auto. Viene un mecánico, le pega un martillazo y lo arregla. Hecho esto, cobra un dineral: el dueño del auto se indigna y le dice “¿me cobra esto por un martillazo? La respuesta del mecánico es genial: “por el martillazo no le cobro nada; yo le estoy cobrando por saber dónde hay que pegar exactamente el martillazo para que el auto arranque”.

Lo que quiero decir es que la autora no solamente sabe construir escenas graciosas (dar martillazos, digo) sino además y más que nada, sabe cuándo conviene que aparezca esa escena para que la historia no pierda la emoción o la profundidad que tan cuidadosamente se viene entramando desde el principio del relato. Hay muchos autores (e incluso: muchos autores “pop”) que son divertidísimos pero no dejan en uno más que eso, la risa. Verónica Sukaczer logra ir más allá y por eso tal vez me gusta tanto:  porque me hace reír, sí,  pero también pensar y reflexionar y emocionar.

Y ahora ocupémonos de la trama. La cena del dinosaurio parte de una idea genial: ¿qué pasaría si se se encontraran los restos de un dinosaurio en cuyo estómago hubiera, además, un cráneo humano? El planteo de Sukaczer es atractivo y original.  Nada fácil de sortear, por otra parte: sí o sí se necesitará de la mirada científica –y qué difícil construir este verosímil para alguien que no viene del área–, y en un relato para chicos, además, la tarea se vuelve doblemente ardua.

Yo, que no soy científica, me creí cada palabra. No tengo idea si un antropólogo pensará igual que yo: pero al menos para un lector no especializado (y los chicos son lectores no especializados) el verosímil está perfectamente construido.  Llegando a la mitad del libro, sin embargo, la trama se va alejando del realismo para acercarse gradualmente a la  ciencia ficción. No sé qué otra resolución hubiera preferido –e insisto: la idea es tan genial como difícil de llevar adelante–, pero en algún punto sentí que la historia se estaba perdiendo algo al ir por ese camino. Y digo que no sé qué otra resolución hubiera preferido porque entiendo que el realismo no podía sostenerse infinitamente: si en nuestro mundo efectivo tuviera lugar un hallazgo así, todo se pondría patas para arriba. Se volvería inverosímil y fantástico. Así que supongo que la historia tuvo que ir por ese camino necesariamente, tuvo que volcarse  a la ciencia ficción para que el verosímil no se hiciera añicos antes de llegar al desenlace.

Las ilustraciones de Tambuscio refuerzan la ternura que también se desprende del texto conforme vamos avanzando en la lectura. Valores como la amistad, el trabajo en equipo, la vocación quedan notoriamente en primer plano y a esto me refería cuando dije que la autora lograba construir un relato humorístico y profundo a la vez.

No sé por qué me gustó el detalle de que cada capítulo se titulara con sus cuatro primeras palabras. Tal vez porque me resultó lúdico: me permitía “jugar” al menos en ese primer instante. Anticiparme a lo que vendría, aunque claramente esas cuatro palabras me decían poco y nada.  Y para seguir con los pequeños detalles, me encantó la imagen del colofón. Lo viví casi como los extras que a veces aparecen después de los créditos en las películas. Uno se queda ahí, como tildado, sin decidirse a cerrar el libro. Y no sé decir por qué, tal vez porque da cierta pena dejar a esa pobre calavera ahí. Dejar a ese personaje-narrador- difunto alegre que en menos de 96 páginas nos conquistó completamente.

Diría que es un libro para niños a partir de 10 años. Puede ser menos, si no se dejan amedrantar por el discurso científico que, aunque amigable, está presente en varios momentos del relato.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Lauri
    Sep 19, 2013 @ 19:08:37

    Sol, sin tu permiso acabo de llevarme a mi cuadernito de notas todas y cada una de tus palabras del primer párrafo… ¡si no estás de acuerdo arranco la hojita, jaja!

    Responder

  2. solsilvestre
    Sep 19, 2013 @ 19:14:22

    Mis palabras son tus palabras, Lauri. Conservá la hojita tranquila. Besos,

    Responder

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