Novela 2.0 (o la reseña más larga de la historia)

Título: Más respeto que soy tu madre (versión española)

Autor: Hernán Casciari

Editorial: Random House Mondadoni

Disponible onlinehttp://es.scribd.com/doc/106857413/Casciari-Hernan-Mas-Respeto-Que-Soy-Tu-Madre

Más respeto

Es raro, porque en mi familia todos están convencidos de que soy  fan absoluta de Hernán Casciari. Es cierto que cuando salió la Orsai N°1 (soy la suscriptora 4391) no paraba de hablar de la revista y entiendo que, visto desde afuera, yo era poco menos que un esperpento monotemático, de esos que rayan con la psicosis o, como mínimo, la obsesión.

Supe quién era Hernán Casciari en el año 2008. Estábamos trabajando con Pato en este libro y a mí me tocó escribir el capítulo de gastronomía. Tratándose de un texto sobre Argentina,  ¿cómo no  hablar del mate? Hacía un tiempo había recibido un mail (probablemente de mi mamá, que suele mandar estas cosas) que me venía como anillo al dedo; porque no hablaba del mate en sí, si no de lo que significa el mate para los argentinos.  Era un texto sencillo, muy bien escrito y ─sobre todo─ súper conmovedor.

Yo lo había leído completo, lo que era toda una rareza porque suelo mirar por arriba este tipo de correos. Supongo que lo leí completo, precisamente, porque me gustó. Porque me sumergí tanto en el texto que me olvidé de las cosas pendientes, de los otros 40 mail por contestar, de que era una cadena anónima (si hay una extraña manía que se me pegó en la universidad es la de mirar el nombre del autor antes de leer lo que sea que éste haya escrito) y de los gritos de mis hijos que seguramente estaban como música de fondo.  No sé cuántos minutos duró la lectura, pero fue así: el mundo se redujo a eso. Era yo leyendo. Y  nada más allá.

Después empezó una búsqueda frenética para averiguar la fuente. Primero di con el nombre de Lalo Mir, porque en muchos sitios se decía que el texto era suyo. A mí me gusta Lalo Mir, lo escucho muchas veces en la radio, pero no me parecía que el texto pudiera ser de su autoría. Era sin duda una atribución apócrifa, como cuando ponen en el facebook frases de Galeano o de Borges que, está clarísimo, no les pertenecen. Y uno lo sabe porque ha leído a Borges y a Galeano. Conoce sus palabras, su estilo, su modo de pensar, su forma de decir; y eso que circula en facebook no se parece a ellos. Pues bien: el famoso texto del mate tampoco se parecía  a Lalo Mir.

Decidí recurrir  a la fuente. Por suerte en estos tiempos modernos es fácil contactar a una figura pública. Se lo preguntaría con respeto, dando por sentado que su autor tenía que estar en alguna parte y que no podía ser él. Iba a decirle la verdad: que era un magnífico locutor, muy divertido, pero que el texto no tenía “su estilo”. Por suerte no tuve que recurrir a ningún eufemismo porque una vez que encontré el blog del locutor di con una entrada que parecía haber sido escrita para mí: “El verdadero dueño del mate no soy yo”, decía. Y así conocí a Casciari.

Tres años después, a través del facebook, me enteré del proyecto Orsai.  No estuve entre los primeros compradores (mi nombre no apareció en la página 1 ni en la 207 del primer número), pero sí pude haber mandado mi foto para salir en las páginas 2 o 211 del N° 2: entonces me ganó la timidez. O me sentí un poco cohibida por lo que estaba pasando en casa, no sé.

Porque resulta que después de pasear un poco por la página de Orsai me contacté con Andrés Monferrand, a quien no conocía, para preguntarle cómo pagar. Al rato le hice una transferencia bancaria.

Hasta ahí, todo bien. Pero un día se me ocurrió contarle de Orsai a mi marido.

–El tipo va a colgar el pdf ¡gratis!, para el que no compre la revista.

–Qué boludo –me dijo, y siguió comiendo.

Yo me quedé mirándolo, con un poco de miedo de preguntar por qué. Y entonces arremetí:

–Así y todo ya lleva vendidos 10.080 ejemplares, no  parece que le fue mal.

–¿10.080 ejemplares de una revista que no salió? ¿y esa gente pagó sin tener, sin siquiera ver,  la revista?

–…

— ¿qué hicieron, una transferencia bancaria a un desconocido?

─…

–Tenés razón, Casciari es un genio. Los boludos son los que compran Orsai.

Por supuesto, no volví a sacar el tema. Hasta un sábado a la mañana, que llegó el 1° número. Mientras caminé del buzón hasta la puerta, abrí el sobre. Y fue tal la emoción, tan genuina mi alegría que me olvidé por completo de mi primera intención de guardar el secreto hasta la muerte. Y, apenas abrí la puerta, no pude contener los gritos:

–¡Llegó Orsai, llegó Orsai! –Y empecé a saltar como una nena. Y mis hijos, alrededor mío, muertos de risa.  Fue un momento hermoso.

Walter me miró. Miró la revista que ahora yo trataba de esconder bajo mis brazos, inútilmente, y también se rió.

–Sos increíble –me dijo. Y en el tono me di cuenta de que este tipo de cosas son las que más le gustan de mí.

Fue entonces cuando empezó la locura. Porque ya develado el secreto, me desaté. Que Orsai esto y Orsai lo otro. Porque mirá el señalador ¡y leé la letra chica! Porque no sabés lo que le encargaron a Seselovsky y leete el colofón, que es para morirte de risa. Y algunos nombres empezaron a hacerse familiares en la mesa: Comequechu, Chiri, Cristina, la pequeña Nina. Y también me emocionó leer el nombre de Andrés Monferrand por ahí. No sé si fue en el primer número, tal vez no, pero el hallazgo me dio cosquillas en la panza. El desconocido, el tipo en el que yo había confiado sin saber quién era. El tipo que finalmente cumplió. Después crucé varios mail con Andrés, con tanta buena onda, que al año siguiente me costó cambiar de distribuidor: con la suscripción anual y el correo desde Mercedes, los números no me cerraban. Pero Andrés sería para siempre mi primer y querido desconocido: este tipo de cosas genera Orsai, y por eso –aunque no siempre me guste todo, lógico– la siguiré comprando.

Bellísimo el editorial de aquel primer número que escribió Casciari, donde describía precisamente todo lo que había vivido yo: “Es muy improbable que te hayas topado con la revista en un kiosco, o que la hayas comprado por impulso en un Carrefour, o que hayas sabido de ella por una publicidad. Tu relación con esta revista es íntima. Se imprimieron 10.080 ejemplares en el mundo, y uno era tuyo. El olor te hará acordar de una tarde en la que le diste plata a un desconocido, confiando a ciegas, y que te gustó”.

Mi relación con la Orsai fue, como todos los romances al principio, intensa y apasionada. Y se fortaleció ante los primeros obstáculos porque –se sabe– los amoríos prohibidos son los que saben mejor. Sucede que trabajo en la UBA y en el ámbito académico Casciari es poco menos que una mala palabra.

Llevé la revista a una reunión de cátedra: buscábamos material para trabajar crónica y ensayo y en Orsai había varios ejemplos buenísimos. Nadie la miró. Tal vez alguno la hojeó un poco, pero supongo que por respeto a mí, porque pasaban las páginas como yo paso las del catálogo Avon: sin prestar atención.

Otra vez, como me había pasado con Walter, quise “reivindicar” a Casciari:

–En el número 2 va a aparecer un cuento inédito de Castillo.

–¿No ves que es un mamarracho? El tipo pretende posicionarse como transgresor, pero ya no sabe qué hacer para entrar al canon.

Las risas fueron generales, pero yo no entendí el chiste. Después de dos horas de reunión, no habíamos hablado de absolutamente nada productivo. Lo único que me quedó claro es que “A los lectores de Casciari (es decir, a mí ¿pero no te das cuenta de estoy acá?) les alcanza lo que él ofrece: por eso lo lee tanta gente”. Dijeron también que escribía “más o menos bien, pero de ahí a ser digerible…” (decime vos cómo digiero tu agresión. Porque de nuevo, holaaaa, la revista la traje yo). Cuando no se habló de Casciari, claro, se hablaron de otras cosas importantes: del casamiento de Daniel Lynch, por ejemplo. Se habló especialmente del escote de Beatriz Sarlo. No, en la Academia no se puede perder tiempo leyendo a Casciari. Y así me volví a casa con el ego herido pero queriendo a Casciari un poco más. O mucho, muchísimo más.

Aun así, no podría decir que está entre mis veinte escritores favoritos. Por empezar, es la primera vez que leo una novela suya. Hasta ahora lo conocía como bloggero, como editor de Orsai, como cuentista. De cualquier manera, estos primeros textos leídos en la web o en la ORSAI me dejaron saber varias cosas de él. Por ejemplo, que me gusta su estilo despojado pero poético. Me gusta también su forma de empezar, de atraparte para que no puedas dejarlo. Me gusta su humor. Me gusta su sensibilidad y su destreza para conmoverte. Para decir precisamente eso que te va a generar un nudo en el estómago. Un nudo que no vas a querer desatar, aunque te angustie. Me gusta que te hable sin vueltas y vaya siempre al grano. Que sea auténtico. Familiar y amigable con el lector. Me gusta fundamentalmente que no sea soberbio. Sí, creo que eso es lo que más me gusta de Casciari: el lugar desde donde elige hablarte. Sus textos te miran a los ojos. Así, de frente. Porque el tipo nunca te habla desde arriba. Porque vos, lector, sos tan pero tan groso como él. Y esto está en su esencia, no es solo una construcción discursiva. Y se ve clarito, clarito en la charla que dio para TED: aunque es buenísimo lo que dice, aunque sus palabras te motivan y su discurso está totalmente a la altura de esas ideas “dignas de difundir” que promueve este grupo de gente genialísimo, a Casciari se lo ve nervioso, totalmente inseguro, como un chiquito actuando en un acto escolar. Y podrá sonar medio loco, pero esta es una de las cosas que más me gustan de él: porque estaría muerto de miedo pero tuvo la valentía de pararse allí para decir lo que tenía que decir.  Y es precisamente esa humildad la que lo hace grande a mis ojos.

Pero, claro: Casciari no siempre me gusta. Me fastidia, por ejemplo,  su exacerbado afán por transgredir. Por pasarse de la raya siempre. Es como si cada tanto necesitara desafiarte. O poner en primer plano que te conmueve no porque sea un tipo sensible y profundo sino porque es buen escritor y sabe manipularte (y en este gesto su humildad, que tanto me gustaba, se va al tacho). Y cada vez que me desafía me siento incómoda. No sé si por pacatería (¿era necesario que me cuente que mientras leía sus cuentos para Pergolini, también cagaba?: http://editorialorsai.com/blog/post/leer_en_voz_alta) o porque siento que traiciona su propia voz (esa voz que a veces me gusta tanto). Es que su escritura, de a ratos, me parece un poco ciclotímica  y entonces me cuesta encontrarle un estilo propio (aunque dicho así, es obvio que este es su estilo propio: es el Dr. Jeckill y Mr. Hyde). Y ojo,  creo  que está muy bien que de vez en cuando se salga de la tangente (para no empalagarte ni anburrirte, para ser original y versátil) pero en ocasiones da la impresión de que se esfuerza demasiado. Y ahora que lo expongo así, me doy cuenta de que es eso precisamente lo que me molesta: siento que se esfuerza para transgredir (no importa qué, cualquier cosa); y ese esfuerzo (por lo menos a mí) me hace ruido y me aleja.

Y recién acá empieza la reseña (¡perdón por este largo preámbulo, pero quería escribirlo!): en Más respeto que soy tu madre  encontré mucho de este Casciari ambivalente. Del Casciari seductor que me tuvo comiendo de su palma y del otro, mucho más agresivo, que me mandó directo a la vereda de enfrente. Que me alejó por completo de la familia B.,  haciendo visible que el mundo de la ficción no es más que eso: una construcción discursiva.

La primera contra, probablemente, tiene que ver con que leí la versión española en vez de la argentina (por ejemplo, me perdí el pasaje del mate que tanto me gustó antaño). Pero más allá de esto, de los muchos regionalismos (gilipolleces, para más INRI, mando a distancia, cutre) y de un contexto histórico que en el fondo no difiere tanto del nuestro (en Europa o Latinoamérica, una crisis es una crisis), la historia me hizo agua por momentos.

A ver si lo desmenuzo: me gustó mucho la voz narradora y, por ende, también la construcción del personaje de Lola. Me lo creí de pe a pa. En los pasajes más desopilantes casi nunca pierde el eje y consigue que el lector no se incomode frente al absurdo y la hipérbole. Lola es una pobre mujer que vive en una casa de locos; el lector acepta eso. Sabe que, lógicamente, está medio loca también pero que, en el conjunto, parece ser la más sensata. Por eso en las escenas que ella también se descalibra me sentí un poco perdida. El secuestro y la tortura al Borja, por ejemplo, no pude leerlo (aunque me esforcé) en clave cómica: toda la escena me pareció aberrante. Y no es  por lo aberrante en sí que me crucé de esquina, sino porque de tan aberrante me resultó inverosímil. No pude creerme que la familia B. fuera capaz de hacer eso; se rompió para mí un pacto de lector, y esto nunca está bueno.

Hubo una pequeña falla técnica en la construcción del punto de vista cuando la misma voz narradora (la de Lola) nos cuenta qué le pasó a Zacarías vestido de Santa Claus en el barrio pobre. Lola no estuvo allí; Lola no pudo saber qué cosas pasaban por la cabeza de su marido en ese momento (para colmo, el lector sabe que Zacarías es un tipo de pocas palabras y no es factible que le haya contado). Y mucho menos pudo saber cómo pensaban o se sentían  los agresores.

Pero, olvidando el punto de vista y el narrador, la construcción de la escena es buenísima. Me encanta este pasaje: “El niño abrió los ojos como dos huevos de avestruz. Nunca había visto algo tan bermellón [se refiere a Zacarías vestido de Santa Claus], porque mayormente en su barrio todo es blanco y negro”. Este es el Casciari que me gusta, el que desnuda con la mirada los males de nuestra Tierra. Porque es cierto, hay niños que ven el mundo siempre en blanco y negro. Y en la misma escena, la voz de otro niño marginal (Caraegoma) nos sigue mostrando con crudeza la realidad:

–Tú eres el que deja juguetes a los que ya tienen juguetes, ¿cierto, perejil?

En medio de la escena cómica, del papelón por el que pasa Zacarías, del absurdo que se desprende en la descripción del ambiente, Casciari logra hacerte fruncir el ceño. Hace que tu sonrisa se vuelva triste. Qué oxímeron más bello.

Y otro acierto: la pequeña promesa que se despliega cuando el Borja desdibuja los distintos niveles narrativos que están teniendo lugar (“ustedes afirman tener una pizzería cuando en realidad tienen una agencia de publicidad que está intentando colocar una novela en el mercado editorial”). Me pareció sublime, tanto que me dio pena que se quedara allí. Igual (justo es reconocerlo) siempre está bueno dejar al lector con ganas.

Párrafo aparte se merece el personaje de Don Américo. Es lindísimo. Me hizo acordar mucho al abuelo de Manolito Gafotas, sobre todo por la complicidad que comparte con el Toño. Claro, cuando el viejo lo traiciona encamándose con su novia  toda esta complicidad se pierde. Pero Casciari se encarga de rescatar el vínculo a través de la trama: el abuelo se despierta un día sin saber quién es, y la relación con su nieto vuelve a afianzarse desde otro lugar. Ya no son compinches por las drogas, el sexo y el rock and roll. Ahora la cosa se puso seria; Toño lo cuida con una devoción, con una entrega tan absoluta, que es difícil para el lector no conmoverse. Aun cuando lo trata como marioneta (¡literalmente!) el amor de Toño resulta genuino.

Pero no pasa lo mismo con todos los personajes. Que la familia B. tiene todos los vicios se ve desde el comienzo: son irresponsables,  groseros, ¡racistas!, traidores, mentirosos. Los padres son golpeadores, viven insultando a sus hijos, ningunéandolos, cometiendo los errores más irreparables y dañinos. Zacarías casi empuja a su hija a la prostitución y, como un gigoló, pretende cobrar su porcentaje. Es cruel con su mujer, es insensible y bruto. A su imagen y semejanza, crecen sus hijos. Todo es tan exageradamente incorrecto en esta familia, que otra vez se rompe –para mí– el pacto de lector. Doy un ejemplo: se nos pinta un Zacarías tan abominable a lo largo de toda la novela que al final, cuando el hombre se emociona porque Nacho ha decidido ponerle su nombre al bebé, no le creo.

Está tal vez en esta escena la intención de que “el malo” se reivindique. Es el mismo proceso por el que pasa Toño con lo de su abuelo, pero el resultado no es igual: Toño es drogadicto, corto, vago;  Toño es víctima del maltrato y la agresión verbal. Con Toño empatizamos desde el principio y ante la primera buena acción nos conmovemos. Pero no me han contado ni una buena de Zacarías desde que empezó la novela, y por eso no logro creerle. Es más: ni siquiera me resulta verosímil que Nacho haya querido que el bebé lleve su nombre (¿por qué? Su padre le pega, lo insulta, lo denigra, lo aborrece por ser maricón, se avergüenza de él).

Pero claro, no hay que perder de vista que la inverosimilitud pudo haber sido un rasgo que el autor buscó  deliberadamente en la novela. Pienso esto por una escena particular: cuando salen a pasear al perro muerto y embalsamado, como los locos Adams, la familia se vuelve completamente esperpéntica. La escena es para matarse de risa. De verdad es genial, lo que me descoloca un poco es el abrupto cambio de género. ¿Estoy leyendo una novela realista, una sátira, una parodia, un drama, un relato costumbrista? ¡estoy leyendo, qué?

Lo que veo en Más respeto que soy tu madre es un montón  de material buenísimo desperdigado por aquí o allá, pero le falta homogeneidad al conjunto. Va del disparate al drama, de allí al realismo mágico (me refiero al Borja convertido en gallina); se hace apología de las ruindades más grandes del ser humano y al rato se entrevé una crítica social. Pongo por ejemplo: una familia racista, que no acepta la otredad en ninguna forma (odia al inmigrante, al gay, al oriental, al africano, al enano, al moro, al sudaca) pero que al mismo tiempo no logra mirarse en su propio espejo: ¡tienen tanto que aprender de los “otros”, cualesquiera sean!

En algunos momentos, además, se abusa de la hipérbole y lo que debería parecer gracioso no lo es. Está bueno el recurso de la caricatura, pero si nos vamos de mambo el rostro deja de verse gracioso y en cambio empieza a deformarse. Me pasó un poco lo mismo con lo escatológico como herramienta de humor. Lo del vater mano de Toño es directamente asqueroso. Y aunque hubiera querido reírme, lo único que consiguió este”gag” fue revolverme el estómago.

Lo que me queda claro con Casciari es que se anima a todo. Y eso está bueno. Es un tipo creativo y muy buen observador: sabe pintar el mundo que nos rodea y, más, puede mostrarnos también la estructura profunda que se esconde tras las apariencias. Su escritura nos hace pensar. Y reír. Y enojar. Puede incomodarnos y hacernos dudar de si, en el fondo, estamos entendiendo o no lo que nos quiso decir. En Más respeto que soy tu madre me sentí conmovida en la escena del Chat, Lola se sincera consigo misma y expone su temor, sus expectativas, sus frustraciones. La vemos imperfecta pero sincera y empatizamos completamente con el personaje que ya a esta altura se ha vuelto querible para el lector. Lo mismo me pasó con el pasaje en el que se describe la casa vieja como futuro Blockbuster. Los símiles son tiernos, las palabras sensibles: la lectura me absorbió.

El problema es que después doy vuelta la página y el tono cambia por completo. Y entonces no sé si aquello que interpreté como sensible era cursi, si Casciari se habrá burlado de mí. Y esto es lo que no me gusta, porque al saltar de un estado anímico al otro, al no terminar de ver cómo interpretar “el conjunto” me siento una lectora torpe, inexperta, arcaica.

¿Será que no estoy preparada para una novela 2.0? ¿O será que Casciari tiene cosas que me gustan y cosas que no? Como sea, Más respeto que soy tu madre merece la experiencia de la lectura. Y si no, que alguien me explique por qué me salió tan larga esta reseña.

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