¡Atómico!

Título: La puerta de los tres cerrojos

Autora: Sonia Fernández-Vidal

Editorial: La galera
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Confieso que empecé a leer este libro sin pensar en reseñarlo. Después, cuando decidí que lo haría, pensé que mi blog iba a ser uno de los pocos sitios sobre  literatura que le dedicarían un espacio. Y a mí, que me gusta salirme de la tangente (será porque me duele, aún, cuando mis pares me ignoran o ningunean) la decisión me hinchó un poquitín de orgullo: ya que otros (la mayoría) no lo hacen, yo sí  intento darles una oportunidad a todos los escritores noveles de LIJ que se multiplican por los cinco continentes.

Sospeché que Fernández-Vidal iba a estar en esta categoría porque es Licenciada en Física, Doctora en Información y Óptica Cuántica. Porque, según leí en la contratapa, el libro se sostenía en una cuestión científica lo que lógicamente lo alejaba de cualquier sistematización estética o literaria. Era un libro didáctico; una especie de pecado mortal para los especialistas en LIJ, para todas las listas honoríficas y los difusores de lectura que siguen soñando con un mundo lleno de libros que no generen más que afán por la lectura (¡nada más!) mientras levantan el dedo acusador contra cualquier intento de sumar razones que inviten a leer.  

Si hay una fórmula para lograr que un libro con fines didácticos no sea defenestrado (o directamente ignorado) por la crítica literaria es no meterse con la literatura. Por eso van muy bien los libros de algunas editoriales que se dedican a difundir ciencia entre los niños: son libros amenos, prácticos, divertidos, pero no literarios. Ningún cuento, ninguna novela (ninguna ficción) que los distraiga del verdadero fin que es enseñar. Si La puerta de los tres cerrojos fuera un libro con coloridas ilustraciones, muchos subtítulos que ayuden a organizar la información, espacios en blanco que descansan la vista y ordenan las distintas secciones, vocabulario sencillo y estrategias explicativas varias; sería una cuestión. Pero La puerta de los tres cerrojos es otra cosa. Es una novela.  Es un libro que pone sobre el tapete un innegable horror:  la literatura didáctica sigue existiendo, seguirá existiendo siempre, mal que les pese a muchos.

Conociendo todo este trasfondo, me compadecí un poco de Fernández-Vidal, que tuvo el tupé de usar como excusa una aventura para hablarles a los niños de física cuántica. Que se atrevió a meterse con protones, electrones, neutrones, quarcks, agujeros negros; con el origen del universo y el Big Bang. Con Heisenberg, Einstein,  Mendeléyev,  Newton, Thomas Young, incluso con la valiente Hipatia. Y todo en modestísimas 208 páginas, ingeniosamente entreverado en una trama argumental bastante trillada pero efectivísima: un niño que abre la puerta a otro mundo y debe sortear un montón de obstáculos y peligros para volver al propio; que cumple prácticamente a rajatabla el itinerario esbozado por Campbell en El héroe de las mil caras (FCE. 1949). Que es, en definitiva, una novela de aventuras (¡una ficción literaria!) con fines didácticos.

Así que será fácil imaginar mi sorpresa cuando vi la interminable enumeración de páginas que Google me proponía visitar para saber más de este libro. Lejos de lo que yo pensaba, Fernández-Vidal ha sido exhaustivamente reseñada, y no solo en webs científicas sino también en algunas literarias. Entré a una decena de sitios y en todos hablan maravillas de esta barcelonesa y de su obra. Está bien: hay mucha prensa (sitio web del libro, página en el facebook y ¡hasta un trailer!) pero también mucho, muchísimo comentario “de entre casa”: en foros educativos y literarios, en algunos esotéricos y en otros científicos. ¡Parece que en todos los ámbitos se habla de ella! Así que mi intención original de marcar la diferencia con esta reseña, solo se convirtió en una gota más que irá a parar al mar infinito de referencias sobre esta autora y su libro.

Lo que me resultó increíble es que, habiendo tantas reseñas, casi nadie hablara de las muchas  semejanzas entre La puerta de los tres cerrojos y la saga de Harry Potter. En algún sitio se dice que “tiene algo de”, e incluso se recalca que Fernández Vidal logra superar a Rowling, pero no encontré nada más en las primeras 10 páginas de google (está bien, quedan otros miles de sitios que consultar, pero estadísticamente el tema no parece preocuparle demasiado a nadie). Creo, como otros, que muchas de las semejanzas se explican en los fundamentos científicos que, de hecho, existen en la magia. No olvidemos que los alquimistas del pasado eran el correlato de nuestros médicos y científicos, por más que el término siga remitiéndonos a lo fantástico y a lo esotérico.

Gracias a Fernández-Vidal me enteré de que la plataforma 9 3/4 no es solo una fantasía. Lo que hace Harry al atravesar esa pared se llama “tunelear” y, como estamos hechos de partículas, no es imposible hacerlo para nadie. No es fácil, claro. Depende de una comprensión y una confianza absoluta en el universo y en nosotros mismos, pero es posible y está científicamente comprobado. No tiene que ver con que tus padres sean hechiceros o vos un muggle afortunado, sino con la física cuántica, una ciencia que no tiene nada de fantástico y que se dedica a estudiar el comportamiento de la materia en sus dimensiones más pequeñas.

Los amantes de Harry Potter, adorarán este libro. Básicamente porque les serviría como argumento para asegurar que el mundo soñado por Rowling no es un dislate en nuestra “vida real”. Hay una base científica en la teletransportación al Callejón Diagon; y en los viajes en el tiempo que realiza Harry con Hermione; y en la peligrosa superposición que generan estos viajes. En fin, si leíste Harry Potter (o viste alguna película) es imposible no volar a Hogwarts mientras vas pasando las páginas de La puerta de los tres cerrojos. Con este libro en mano, sería capaz de pelearme en una biblioteca para que colocaran la saga de Rowling en el anaquel de las novelas realistas.

Ahora bien, también hay otras semejanzas que podrían haberse evitado. De esas que no tienen que ver con la ciencia sino con la imaginación que puso Rowling en la construcción de un entorno y unos personajes que ya tienen sello propio. Para mi gusto, a Fernandez-Vidal se le fue un poco la mano en las licencias que se tomó para tomar prestadas algunas escenas, algunos personajes que salieron de la cabeza de Rowling y de nadie más. Cuando se describe al más anciano de los ancianos, de largos cabellos canosos que se confundían con la túnica blanca, es imposible no pensar en Dumbledore.   Cuando se habla de espectros negros que persiguen a Niko y sus amigos, recordamos a los dementores. Y hay más, vemos cómo el maestro Zen-O levanta los brazos para engullir estos espectros con una luz cegadora y salvar al muchacho: ¿no es esto demasiado parecido al Expectro Patronus, que tan bien le sale a Harry Potter?  El papel de Edwin, por otra parte, me hace pensar mucho en Ron: es terriblemente miedoso pero incondicional, capaz de seguir a su amigo hasta el fin del mundo a pesar de los  muchos peligros que se presenten en el camino. Y Quiona, el hada cuántica que lucha por sus alas, tiene tanto pero tanto de Hermione que asombra: sabihonda pero adorable. Leal hasta el infinito. Valiente, inteligente, una mejor amiga fenomenal.

Es cierto: Niko se enamora de Quiona y aquí hay una diferencia sustancial; pero los personajes de Fernández Vidal no llegan a desarrollarse del todo (él se alegra de pensar que hay un mundo lleno de hadas hermosas como ella; y este estereotipo del “mujeriego”, para mí,  tira todo aquel amor por la borda). Otra diferencia radical es que no existe un Voldemort en la aventura que viven estos tres amigos, solo ancianos sabios un poco desconfiados que no aceptan la posibilidad de que el ser humano sepa usar con inteligencia el conocimiento que se está revelando para Niko. Temen que esta información llegue a la gente equivocada y el mundo esté en peligro. O sea: son todos buenos. El único malo, en todo caso, es el ser humano que existe de este lado del mundo. Del mundo efectivo, del que conocemos.

Las explicaciones científicas, salvo algunos pocos pasajes, son de verdad súper amigables. Esto es un mérito innegable en la autora: como docente, es excepcional. De esas que te hacen entender complejísimos conceptos de la forma más sencilla. Y como escritora, no le va tan mal. Tal vez los personajes podrían haberse desarrollado más, el final es medio precipitado (Quiona defiende su doctorado sin demasiado esfuerzo; la escena me pareció medio “light”) y también alguna cuestión en la construcción del mundo posible que atenta contra el verosímil pero nada demasiado grave.

Para contrarrestar todo esto, Fernandez-Vidal logra que sus personajes se apropien del discurso científico con total soltura y naturalidad (me encanta cuando dicen “¡atómico!” en el sentido de “esto está cool” o “es genial” y las traducciones del tipo “Fulano es de quarks y electrones” en vez de “carne y hueso”). La repetición textual que utiliza en la escena de la superposición es también otro acierto. Un recurso que uno puede esperar de grandes escritores (me acuerdo de un cuento de Bioy en el que se ve esto) pero sorprende en los nóveles. Y más, si estos nóveles son científicos y no literatos porque entonces lo que uno espera es que toda la riqueza del libro esté puesta en la fábula, en el contenido, y no tanto en la forma o la estructura del relato.

A mí el libro me gustó mucho. Será porque aprendí un montón. El tema es fascinante y las explicaciones de Fernandez-Vidal súper accesibles. Es cierto que en algún punto resulta previsible, que falta desarrollar un poco mejor los personajes y a veces se pegotea demasiado con la saga de Rowling, pero vale la pena igual. Supongo que por eso se recomienda como lectura para jóvenes: los profesores de física del bachillerato pueden aprovecharlo (hay, incluso, un glosario excelente y completísimo al final). Fuera de esta utilidad, no me parece para adolescentes: por la trama, es un libro para más chicos. Yo diría que para 8 años. De ahí en más, no hay edad: adolescentes y adultos que quieran acercarse a la física cuántica pueden asomarse a este mundo que explora más allá de la materia, de los átomos, protones y quarks; que les propondrá diferentes enigmas y los ayudará a pensar por un rato de modo diferente. A cuestionar el mundo que los rodea. Porque, como decía Eisntein, no son primordiales las respuestas: lo verdaderamente importante es no dejar de hacernos preguntas.

 

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