Poesía gourmet

Título: Gajos de mandarina

Autora: Laura Quirós (Daniela Feoli)

Ilustradora: Natalia Colombo

Colección “Luna de azafrán”

Editorial:  del Naranjo

Gajos de mandarina

De chica me gustaba la poesía. Y mucho. Tanto era así, que una semana antes de morir (sin saber que iba a morirse, creo) Mamama me dio un tesoro: un pequeño libro con tapas de cuero que mi abuelo le había regalado hacía tantos años que yo no podía imaginarme cuántos. Jamás me lo hubiera dado –conociéndome como me conocía: a mí, que lo perdía todo; que olvidaba las cosas tiradas por ahí; que vivía distraída del mundo y de la gente─ de no saber que el libro estaría en buenas manos.

Y lo estaba: entonces la poesía me parecía lo más natural del mundo. Era un buen modo de pasarme las horas. De descubrir mis sentimientos en las palabras de otros. De espantar mis miedos, mis angustias, mis decepciones a través de una voz que me llevaba a un terreno donde el lenguaje de todos los días sabía volverse ritmo, melodía y música.

Todavía puedo verla  a Mamama, sentada en su silla, en aquel rincón de la cocina, mirándome con sus ojos transparentes de tan verdes, con su mano extendida dándome el libro. Me recuerdo meses después, ya con la tristeza de haberla perdido,  tocando con mis dedos su voz, que (me parecía) había quedado presa en esas páginas. Y me recuerdo, sobre todo, escribiendo al margen ─con insolente tinta indeleble─ cuánto (¡pero cuánto!) la extrañaba.  Yo declamaba en voz alta para ella, sin ninguna vergüenza: elevando los brazos, mirando al cielo, a la espera  de que, por fin, las oscuras golondrinas volvieran a colgar sus alas en mi balcón.

Entonces no sabía que la poesía podía ser elitista. Distante. Ajena. Podía ser compleja y hasta aburrida: académica, en fin. Y  aunque me había pasado mi adolescencia escribiendo poemas (para mis amigas; para mi abuela; para el profesor de Literatura, de quien entonces me enamoré, perdidamente; para el novio de turno;  para quien fuera) llegué a la universidad y me volví ignorante del género por completo. No me sentía interpelada como quería Muschietti. Los versos de Perlongher me parecían complejos, oscuros, escatológicos. «Es que no lo entendés», me dijeron. Y yo creí, absurdamente, que eso era verdad. Simplemente me alejé de aquello que me hacía sentir ignorante, torpe, analfabeta. Fue una pena.

Pero un día incursioné en la literatura infantil. Era un terreno seguro: los versos para chicos son disparatados y transparentes. Son pura música y  juego. Limericks y caligramas. Rimas llenas de imágenes absurdas. Simples. Divertidas. Ah, la poesía para chicos es otra cosa; y yo me siento comodísima allí con Lewis Carroll, con el grandísimo Roald Dahl y la querida, tan querida, María Elena. Con sus discípulos: Cinetto, Shua, Bornemman, Adela Basch. Y toda la legión que hoy puebla el mundo LIJ.

Por todo esto no me asusté cuando Daniela Feoli/Laura Quirós (mi amorosa editora de Sigmar) me habló de Gajos de mandarina. Sabía que era un libro de pomas. Sabía que ALIJA lo había destacado en el 2010. Que Conabip lo eligió para ser distribuido en las escuelas. ¿Qué podía salir mal?: el libro seguro me gustaría. Podría reseñarlo sin problemas e, incluso, compartirlo con los nenes del taller. Tenía la tranquilidad de que era un libro infantil, no esa poesía enorme y avasallante de los grandes, elitistas, genios que pululan en los festivales leyendo versos imposibles o malditos. Y me subí al charter así, tranquila. Y hojeé el libro.

Un cuerpo verde cuadriculado. Un río que es una larga palmera en el viento. Un cielo que es una flor azulada. El aire que se vuelve tobogán. Mares que rompen olas en el cielo. Camellos que son girasoles que buscan lunas de arena. Las palabras se sucedían ─entrelazadas, superpuestas, libres ─ y en el vaivén de la combi  me sentí increpada. ¿es que un niño podría, así tan fácil, entender esto? ¿es Gajos de mandarina literatura infantil?

Las imágenes de Colombo me decían que sí: bellísimas. Tiernas. Tan llenas de colores y de vida. Tan poéticas.  Pero las palabras… Yo no estaba segura de que las palabras me dijeran lo mismo. Volví entonces a la contratapa y al título (¡que es perfecto!) y me di cuenta, así, de que la mandarina comida en gajos, sabe distinto. No es lo mismo darse un atracón y acabarla en dos mordidas, no.  Cuando separo en gajos la mandarina, cuando pellizco su columna vertebral y mi dedo se disfraza con peluca naranja, la mandarina sabe distinto. La siento explotar en mi boca. Bailar en el paladar. Y aun con el pellejo exprimido, acorralado en alguna muela, se reinicia el ritual: pellizco la columna vertebral, disfrazo el dedo, y exploto y hago bailar y exprimo.

No fue muy distinto el ritual de la lectura. De la relectura. Porque Gajos de mandarina es un libro para releer. Es un libro que no vale hojear en el charter. Hay que consumirlo despacio, sin ninguna prisa. Saboreando las palabras, haciéndolas explotar en el paladar: hay que leerlo en voz alta.

Gajos de mandarina es una apuesta gigante. Porque salvo algunos detalles (la impecable labor de Colombo, algunas imágenes divertidas ─una luna en alpargatas, un caracol gordo como un canelón que toma limonada, una laguna con forma de pastilla de menta─ y el hecho de que los personajes sean todos animales) no es necesariamente infantil. Es un libro que más que decir, sugiere. No pone al descubierto las palabras: las explora. Nos interpela todo el tiempo (¿qué y cómo será un universo descalzo?) y nos obliga a detenernos, a exigirnos una pausa, para entender (¿para sentir?) mejor. Y no es que sea complejo: son imágenes simplísimas, despojadas de cualquier refinamiento léxico, pero tan profundas que es difícil asirlas de una sola vez:

casas de ladrillos

crecen

como duraznos

en caminos de tierra

Y así se van sucediendo sombras con sabor a confite, cielos que son flores azuladas y rutas imprecisas que un viento-golondrina traza. Y los cinco sentidos se conectan, se superponen, se enredan en las palabras que van dejando a su paso una música pausada y susurrante. Y es genial, porque entre los chicos habrá seguramente (¡yo misma lo era!)  algunos más perceptivos, más abiertos a captar la belleza del lenguaje que trasciende la mera expresión. Gajos de mandarina es para estos chicos. Para los más románticos. Los más sensibles. Para los que estén listos a explorar esa poesía que en principio podrá parecer avasallante, presuntuosa, inaprensible, precisamente porque nos conecta de forma brutal con nuestra sensibilidad. Porque de eso se trata la poesía, ahora lo entiendo. De conectarnos con nuestras emociones. Con la intuición. Con el ánimo y el espíritu. Con lo inefable, en fin, con todo aquello que es tan difícil nombrar. Y es una pavada pensarla en términos de “esto se entiende o no”. Porque (¡vamos!) puede que yo no entendiera a Bécquer a los 12 años, pero aun así me encantaba.

No sé si es un libro para TODOS los niños, pero es un libro hermoso. Tal vez para niños que puedan leer acompañados. O para los que tienen  el paladar más gourmet: niños especialmente perceptivos, abiertos a explorar el mundo literario ─en toda su grandeza─ sin prisas ni mandatos. Sin búsquedas. Sin otro afán que descubrir la belleza del lenguaje, de a gajos.

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9 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. María Laura
    Dic 21, 2012 @ 14:41:06

    Sol, hiciste una descripción de la poesía realmente hermosa, ¡y contagiosa! Más allá del libro en sí, revalorizás un género muy particular, precisamente por todo lo que decís que provoca en torno a lo difícil de nombrar. Soy “nada-lectora” de poesía en la actualidad, pero tus palabras encienden una lucecita de alerta, de “¡ojo!, no te pierdas esto…”
    Y todo el desarrollo, de principio a fin, es cautivante y emotivo. Lo de la experiencia mandarinesca… simplemente genial.
    ¡¡¡¡Te mando mis cariños, y muchas felicidades para estas fiestas y para el 2.013!!!!!

    Responder

    • solsilvestre
      Dic 21, 2012 @ 14:47:35

      ¡Gracias, María Laura! Es hermoso saberte del otro lado. A veces me pregunto si vale la pena seguir con este blog, porque realmente me lleva mucho tiempo escribir cada entrada y nunca sé si habrá feedback; si alguien tendrá interés en leer lo que yo escribo. Tus comentarios me hacen bien, me miman. Ojalá podamos conocernos algún día ¿tal vez en alguna Feria del libro? ¡Feliz año para vos también!

      Responder

      • María Laura
        Dic 27, 2012 @ 00:31:39

        ¡Me alegro muchísimo de que mis comentarios obren como un mimo!!!! Son sinceros y tu trabajo bien merece que muchas personas lo lean y disfruten como lo hago yo.
        Ojalá podamos conocernos, sería muy lindo. Recientemente conocí a Valeria Dávila, por intermedio de dos amigas que tenemos en común. Es muy grato encontrar gente con la que se comparte una pasión, y que encima esas personas sean muy cálidas y se brinden por entero, como lo hacen uds. dos, tanto en sus saberes como en la amistad.
        No sé si nos podremos ver en la Feria del Libro, ya que se me complica bastante ir debido a mis peques, pero este año quizás pueda ir. ¡Espero que así sea! Igual seguimos en contacto, y quién sabe, quizás aparezca alguna otra oportunidad…
        Eso sí, porfi, seguí adelante con el blog, siempre hay quien te lee, aunque la mayoría no tiene el buen hábito de comentar. Y por lo que veo en diversos blogs de LIJ, a casi todos les ocurre lo mismo (que ironía, gente que lee y escribe, y que no deja su granito de arena para valorizar el trabajo de los demás) ¡Y muchas gracias por pasar por mi blog también!!!!!!
        ¡Felíz año nuevamente!!!!!! Muchos cariños…

    • solsilvestre
      Dic 26, 2012 @ 13:15:47

      Diego, gracias por tus palabras. Y sobre todo, por pasar por acá.

      Responder

  2. Diego Javier Rojas
    Dic 26, 2012 @ 04:19:47

    Sol comparto lo que decís en la reseña sobre el libro. Es una gran apuesta, cada palabra sugiere, infiere en el lector. Y también me llevó a varias re-lecturas.

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  3. Maria Gabriela Belziti
    Ene 01, 2013 @ 20:33:50

    muy buena reseña

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  4. Gaby
    Ene 09, 2013 @ 00:56:10

    Hermosas palabras, le regalé el libro a mis hijitas de dos años, junto a Las Ovejas de Lala, elijo los libros para ellas en base a lo q me gusta leer, ya que somos su papá y yo quienes lo hacemos, y considero q debe ser una lectura sincera, con real interés en ella. Cada poesía es entrañable, llena de ternura, y la ilustración es mágica. Espero que cuando puedan hacerlo mis niñas continúen leyendo Gajos de Mandarina y disfrutándolo como lo hacen ahora.

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