El fenómeno Bonelli

Título: Indias blancas (I)

Autora: Florencia Bonelli

Editorial: Plaza & Janés

¿Quién no escuchó hablar de Florencia Bonelli? Es joven. Es linda. Es escritora. Es exitosa. ¡todo eso junto! Bonelli es la prueba irrefutable de que es posible vivir de la literatura, y empezar desde abajo (dicen que cuando terminó su primer libro, se puso a buscar editoriales en la guía amarilla, y así empezó el cuento de hadas).

Si uno la googlea, comienza un recorrido interminable: las “amigas bonellistas”, el club de fans, los perfiles de sus personajes en Facebook, las entradas en Twitter, los foros de discusión, las reseñas hiper-elogiosas (¡muchas!) y algunas (pocas) tremendamente agresivas: es que en el mundillo académico, según parece, Bonelli no está “bien vista”. Por eso algunos críticos la defenestran (otros, la mayoría, directamente la ignoran): sus personajes están estereotipados; sus descripciones son cursis; las escenas sexuales son de absoluto mal gusto; las historias totalmente previsibles y los finales, bueno, ¡siempre felices!

Me encanta cómo responde en las entrevistas a tantas pegas: “Los personajes estereotipados ( a mí y a mis lectoras) no nos molestan” o “A otras personas les gustará leer historias más filosóficas. A nosotras nos gusta esto. Y bueno: historias previsibles, sí” (La Nación, 7 de febrero de 2010).  Es que Bonelli tiene una virtud imprescindible en este medio: sabe exactamente lo que quieren (ella y sus lectoras) y, en el fondo, ¿qué más puede importar? Que tus libros no se mencionen en los congresos de literatura o seas una mala palabra en el medio universitario no le quita valor al hecho de que en diez días (¡en diez días) se agoten veinte mil ejemplares de una novela que escribiste. Que, en definitiva, escribiste para esas lectoras y no para los críticos que están acostumbrados a leer otro tipo de cosas.

Porque tampoco hay que olvidar que la novela romántica –la escriba quien la escriba– no tiene buena prensa en el medio académico. Es un correlato de lo cursi, de lo vulgar, de aquello que mete pajaritos de colores en cabezas poco cultivadas. Madame Bovary leía este tipo de novelas, y así le fue.  Y esta percepción no cambia ni cuando pensamos que su marido, Charles, era el verdadero idiota de la historia: la desgracia de la heroína  se explica únicamente por sus lecturas que la llevan a perseguir sueños imposibles, los que por supuesto se harán añicos frente a su nariz.

Por culpa de sus lecturas, la familia acaba pobre,  Emma no encuentra motivación para seguir viviendo y se mata sin pensar en lo que deja. El idiota de Charles (¿cómo no?) se muere entonces de pena y , ¡peor! la pequeña hija queda huérfana, sola y sumida en la más absoluta miseria.  Para eso sirven las novelas rosas, nos dirá Flaubert con el dedo en alto: para hacernos soñar que la vida no es esta que tenemos, a veces tan tediosa, y llenarnos la cabeza de anhelos imposibles y peligrosos.

Pero Bonelli no escribe solo novelas rosas: sus historias de amor imposibles y pasionales se   ubican en contextos históricos bien precisos. Indias Blancas, por ejemplo, transcurre en la Argentina de fines del siglo XIX. Precisamente en esos años en que comienza a gestarse una de las campañas militares más cruentas de nuestra historia: la llamada “conquista del desierto” que implicó la aniquilación de nuestros pueblos autóctonos.

Como buena historia de amor, la de Laura Escalante y Nahueltruz Guor no está exenta de dificultades: ella proviene de una familia porteña bien acomodada y él es un ranquel. Ya lo probó Shakesperare y la fórmula no falla: por mucho que se odien sus familias (sus etnias o  sus pueblos) ellos se amarán con el mismo o  incluso más –¡mucho más!– fervor.  La galería de personajes que los acompañan en el proceso no son pocos: allí están María Pancha –como el ama de Julieta– y el padre Donatti –¿acaso Fray Lorenzo?– mediando entre los dos.  Y Agustín (medio hermano de ambos). Y Julián, el pobre tonto enamorado. Y Lahitte, el prometido. Y –el más malo entre los malos– el Coronel Racedo. Y el doctor Javier y su adorable esposa. Y el bueno de Blasco. ¡Y más! Porque la novela de Bonelli está llena de personajes cuyas historias se entrelazan entramando un mundo difícil de dejar. Porque es cierto: la novela es adictiva. Todo el tiempo están pasando cosas y uno quiere saber cómo se irán resolviendo: las páginas se deslizan con rapidez y no amenguan las ganas de seguir leyendo.

El diario de Blanca Montes, por otra parte, que cae en manos de Laura mientras cuida a su hermano enfermo, nos cuenta otra historia de Capuletos y Montescos. Una historia cuyos protagonistas son los padres de Nahueltruz: la mujer cautiva (primera esposa del padre de Laura, madre de su hermano Agustín) y el cacique Mariano Rosas, aquel ahijado famoso de don Juan Manuel sobre quien leímos en tantos libros de Historia. Y  este amor de Blanca es todavía más desgarrador, más trágico, que el de Laura porque (ya sabemos) terminará muy mal.

Y ahora viene mi impresión de todo esto. Porque el libro lo leí  casi de un tirón, como una “bonellista” más: no pude dejarlo. Pero no salí corriendo a comprar la segunda parte, más allá del terrible golpe bajo de que la historia no termine al final. Es así como les digo: si quieren saber qué fue del destino de Laura y Nahueltruz salgan corriendo a comprarse Indias blancas II, el regreso del ranquel.

Pero no es este recurso de dejar la historia inconclusa (aunque no me guste) la razón por la que no salí corriendo a comprarlo. Y no voy a decir todas esas barbaridades que proclaman algunos de mis colegas que, estoy segura, ni siquiera terminaron de leer la novela (me inclino a pensar, incluso, que muchos ni la empezaron). A mí no me molestan ni los personajes estereotipados ni la trama previsible. Ni siquiera las descripciones demasiado cursis. Ni las escenas subidas de tono. Lo que no terminó de convencerme es el modo en que Bonelli construyó el mundo posible. Y así como veo perfectamente retratados a los personajes, la voz narradora no llegó a cautivarme. Quiero decir: la trama es perfecta. Es perfecta de verdad, por eso uno no puede dejar la novela. El modo de contarla es lo que falla. Lo que falla para mí, claro está, y no para las miles de lectoras que la siguen a muerte.  Por suerte Bonelli no me necesita a mí para seguir vendiendo. Y yo la aplaudo de pie, por eso.

Cuando una lectura me gusta, personalmente, me atrapa en dos sentidos: por un lado, a nivel de la historia: la trama me tiene que parecer interesante. Y por otro, a nivel del relato: tiene que estar bien contada. Y no es que Bonelli la cuente mal, para nada. No se trata de que tenga errores gramaticales o incorrecciones de ningún tipo. Es que, salvo algunos pasajes y alguna que otra imagen preciosa (“el aire de la Pampa parecía el bostezo de un horno”)  la prosa no me “suena” linda. Quiero decir, las palabras se combinan sin ningún tipo de musicalidad. Y para mí la musicalidad es fundamental en cualquier relato. Es lo que me gusta leer. Es llegar a un pasaje y tener ganas de declamarlo en voz alta, de escuchar mi voz degustando las palabras como si no hubiera otro modo de ordenarlas, como si fuera imposible cualquier traducción. Y con Bonelli, por momentos me ocurrió lo contrario: las rimas internas, los paralelismos en vez de marcar un ritmo en la prosa terminan construyendo algunos pasajes  cacofónicos, hasta difíciles de pronunciar, lo que a mí me distrae de la historia principal y me hace perder el hilo. No es que no me guste lo que está contando, aclaro: es que si hubiera ordenado las palabras de otra forma, me habría gustado más.

La construcción del mundo posible, tan alabada en sus obras, tampoco me convenció mucho. Y me parece que esto está directamente relacionado con la voz narradora. El momento de enunciación no se explicita pero la voz parece hablarnos desde el futuro: sabe cómo se llamarán las calles más adelante, cuáles serán las cicatrices que quedarán en nuestra historia. Mientras se nos cuenta el destino de Laura y Nahueltruz no hay mayores problemas con esta voz: bien podría tratarse de un narrador de nuestros tiempos que nos cuenta una historia del pasado. El problema es que Bonelli construye el mismo tipo de punto de vista (omnisciente, conocedor del tiempo venidero) en el diario de Blanca Montes. Y Blanca Montes no es una narradora de nuestros tiempos, Blanca Montes no puede saber que en un futuro la comunidad científica rechazará el uso del fórceps en los partos; ni puede saber que esa enfermedad que está acechando en las tolderías es lo que los blancos llaman pulmonía, por ejemplo. Falta el extrañamiento, por otra parte, que necesariamente (me parece) debería haber desde su mirada huinca frente al modo de vivir de los ranqueles. Para mi gusto, Blanca está desde el principio demasiado familiarizada con ese mundo tan diferente al suyo.

Tampoco el diario parece un diario, porque hay aclaraciones para el lector (que en cierto sentido se agradecen, claro) y uno se pregunta ¿pero a quién le habla esta mujer? ¿por qué necesita aclarar, en su propio diario, quién es quién en la historia que está contando; o por qué se detiene a cada rato para decirnos qué significa esto o aquello en el idioma ranquel? Porque, aunque hay algunos pasajes, muy bien resueltos en este sentido (“¿huinca? ¿qué significa huinca?” pregunta un personaje y los lectores quedamos agradecidos); en muchos otros la inclusión de estas palabras (y sus definiciones) se sienten algo “forzadas”.

Y me pasó igual con los datos históricos. Me pareció que por momentos los personajes recitaban una lección de historia, contándonos qué había sucedido en esta o aquella batalla (de apenas un tiempo atrás), como si estuvieran lo suficientemente lejos del momento y pudieran analizar los hechos con objetividad. En palabras de Hegel: “el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo”. El conocimiento, el análisis, la comprensión de los hechos vendrá más adelante: no podemos saber lo que verdaderamente está pasando mientras lo estamos viviendo. Y los personajes de Bonelli, en este sentido, me resultaron en algún caso “futuristas”, y por tanto medio inverosímiles, capaces de analizar su presente como si fuera un tiempo pretérito.

Que Bonelli hizo un minucioso trabajo de investigación, no me caben dudas. Hay un sinfin de detalles, algunos incluidos magistralmente, otros –como los datos históricos, como el vocabulario– medio tirados de los pelos. Pero que investigó, investigó. Eso se nota. Y mucho: manzanas verdes pinchadas con clavos de olor, piedras calientes envueltas en trapos para entibiar los pies del enfermo, horchatas, etc. Y entonces entiendo (aunque a mí no me guste)  por qué le alaban tanto el modo en que construye el marco histórico. Es que con tanta proliferación de datos, estén bien puestos o no, el lector necesariamente se hace una idea bien cabal del escenario.  En este sentido, no nos queda ninguna inquietud: entendemos perfectamente cuáles son los sucesos históricos de fondo y podemos dedicarnos a disfrutar de la historia principal sin hacernos ningún cuestionamiento. Uno no siente la necesidad de investigar más, de acudir a un libro de historia: Bonelli lo puso todo allí, clarito y largo,  para que hasta al lector más desinformado no le quede ninguna duda.

De las historias de amor, me quedo con algunas escenas y algunos diálogos conmovedores. Estremece, por ejemplo, el reencuentro de Blanca con Mariano. En realidad, a mí personalmente me gustó más esta historia de amor que la de Laura y Nahueltruz. Tal vez porque es una historia de amor que nace de a poco, que no se dio de un flechazo. Los personajes realmente se van enamorando y uno va enamorándose con ellos.

El caso de Laura con Nahueltruz es diferente, porque casi obedece a un instinto animal.  Apenas se miran, la pasión se vuelve irrefrenable. Sienten la necesidad de poseerse, de entregarse físicamente uno al otro. A mí sinceramente, sobre todo al principio cuando ni se conocen, me da la impresión de que los mueve la “calentura” más que el amor. Porque es cierto que la prosa de Bonelli es bien picante. Y en algún caso ni siquiera diría que es erótica sino más: hay escenas que son erógenas, directamente. El hecho de que estén contextualizadas en aquel tiempo remoto, sin embargo, le pone un freno al arrebato: mueve a risa que Laura, al ver a Nahueltruz, se baje los calzones de encaje. También que las mujeres, con sus pañoletas y sus miriñaques,  se muevan como personajes de Sex and the city en un contexto porteño decimonónico.

¿Y por qué reseño este libro acá, en un espacio de Literatura Infantil y Juvenil? Porque lo he visto recomendado para adolescentes. Y hasta me encontré con el título en varios programas curriculares de Literatura. Y entiendo a las profesoras (estoy segurísima de que no fue un profesor el que cometió el exabrupto), porque no es fácil encontrar un libro que genere estas ganas de leer. Aun así, si me preguntan, ni loca lo recomiendo para adolescentes. Los varones te lo tirarían por la cabeza. Y las chicas (bueno, o sus hormonas) podrían cometer un error. No es pacatería, es que hay que ser adultos para saber que la vida no es una novela rosa.

Y cierro con una declaración de Bonelli, como para que quede claro que no la estoy amonestando:  “Soy una lectora que escribe. Y escribo lo que me gustaría leer”. Está clarísimo que su gusto coincide con el de muchas otras lectoras, y en este sentido viene a ocupar un espacio necesario en la literatura contemporánea. Yo le doy la bienvenida, y aunque su prosa no me guste demasiado, ¡la aplaudo de pie!

 

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Maria Cristina Rey
    Sep 17, 2012 @ 20:57:20

    Hola Sole, Indias blancas me lo regalaste vos para un cumpleaño, a partir de ahì no parè El regreso del ranquel ,Caballo de fuego (los tres libros) y ahora estoy leyendo Artemio Furia, como veras me he convertido en una bonelista total . Me encanto tu reseña Besos

    Responder

    • solsilvestre
      Sep 17, 2012 @ 22:17:49

      Sí, Cris, me acuerdo de que te lo regalé, jaja. No conseguí el que quería en realidad regalarte y la vendedora me lo recomendó con total entusiasmo. Me emociona que hayas leído la reseña. ¡Gracias! Beso enorme,

      Responder

  2. María Laura
    Sep 26, 2012 @ 23:46:47

    Excelente reseña. Una amiga “bonellista” siempre me recuerda que le presté “Indias blancas”. Lo leí con gusto, con ansias, con decepción al encontrar ese final abierto que me pareció un recurso demasiado comercial. Compré así el del regreso del ranquel, pero ahí terminó la cosa. Es que yo venía de leer novlea histórica narrada por Cristina Bajo, quien verdaderamente me cautivó, con su estilo, con sus conocimientos volcados en sus relatos, con los argumentos y tramas de sus novelas. Y lo de Bonelli, si bien me atrapó, con su originalidad (historia argentina y erotismo no es algo muy común de encontrar) y su ritmo, no me llegó hasta ese punto donde un libro querido se instala y nos habita sin vacilar.
    Coincido en felicitar a la autora por lograr sus objetvos, y sí cautivar a otros miles de corazones femeninos, aunque no al mío.
    ¡Cariños!

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    • solsilvestre
      Sep 26, 2012 @ 23:52:30

      ¡Qué gusto me da leer tu comentario, María Laura! Y qué telepatía, porque a mí también me gustó mucho, muchísimo, Cristina Bajo. De hecho, tengo pensado algún día reseñarla. ¡Ojalá entonces también podamos compartir nuestras respectivas impresiones! Besos, y gracias por visitarme.

      Responder

  3. María Laura
    Sep 26, 2012 @ 23:53:26

    ¡Me olvidé de agradecerte por el dato de Uranito! Ya había visto en tu blog la entrada que habías incluído al respecto, y preparé entonces algunas cositas que ya envié a la editorial. ¡Te contaré en octubre con que suerte corrí!
    ¡Beso!

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