Tom Sawyer, Huckleberry Finn… ¡Amarilis!

Título: La lagartija Amarilis

Autora: Graciela Pérez Aguilar

Ilustraciones: Pez

Editorial: Norma

Me gusta, de la lagartija Amarilis, la larga lista de cualidades que podemos inferir de sus acciones: es inteligente, curiosa, cauta (no se deja llevar por las habladurías), cultísima, intuitiva pero no prejuiciosa. Y hay muchas cosas más que nos ayudan a conocerla: le gusta mucho disfrazarse; tiene unos amigos incondicionales (el cuis Fernando y la rana Eduviges son los más cercanos) que la acompañan en sus aventuras; y es capaz de enfrentarse a terribles enemigos sin tener ningún miedo: un yacaré que termina ayudándola; un monstruo de la oscuridad que es tan horripilante como ingenuo; el dueño incendiario de una constructora qué es, además, un pésimo maestro; una “hermana” maldita que se evapora en el aire en cuanto ella se convence de que no existe en realidad;  y unos empresarios desalmados que, antes de lanzar al mundo una peligrosa línea de cosméticos,  se atreven a experimentar con animales.

Cuando los humanos se meten en la selva y entonces sobreviene un verdadero peligro, Amarilis no da vueltas: recurre a la especie homínida. Pepe, el experto ambientalista que conoce un poco el idioma de las lagartijas de tanto haber estudiado sus costumbres, es quien logra desmantelar las verdaderas intenciones de los cosmetólogos preocupados por la “belleza animal”.   Gracias a la señorita Anahí, por otra parte, Amarilis aprende “las letras, los números, los decimales, partes de la historia, la importancia del ecosistema y muchas otras cosas más”.  Seguramente por ella sabe lo que es un eclipse y, cuando la transfieren de escuela, Amarilis se lamenta porque no entiende la mitad de las palabras que aparecen en El Quijote de la Mancha. Es que en La lagartija Amarilis se reivindica la labor del docente, del buen docente, tan necesario en nuestras escuelas. No del docente que se ocupa únicamente de la normativa y es exigente (o incluso injusto) con las calificaciones, sino de aquel otro que es capaz de tomar una lagartija escondida en la biblioteca (sin gritar, sin asustarse, sin sentirse amenazado) para dar una clase de biología pero, sobre todo, de humanidad: “Y ahora voy a dejarla libre para que vuelva a su hábitat natural”.

Y en el libro de Pérez Aguilar también se reivindican otras cosas: que el tiempo es nuestro y la vida se cifra en el presente; que es fundamental que te respeten pero no está bueno que te tengan miedo; que los buenos tipos (como seguramente serán los reyes magos) a veces también se equivocan y hay que saber perdonarlos; que no hay que dejarse llevar por la opinión de otro (unos niños cometieron una vez ese error, y al pobre sapo Eulogio le costó la vida) pero sí atender a los intuición (qué genial que Amarilis se animara a investigar a Juan Carlos; y qué doblemente genial que investigara antes de acusarlo).

Me gusta también la “rigurosidad científica” del libro que no llega a tanto (porque, vamos, no hay necesidad de encorsetar la literatura): “se sabe que los yacarés no transpiran pero este transpiraba a mares”. O mejor, la lagartija insectívora –como debe ser– que no caza bichitos vivos, salvo que sea estrictamente necesario.

Y me gusta la forma en que “dialogan” las distintas aventuras: los seis cuentos pueden leerse por separado y en cualquier orden, pero también hay referencias de unos en otros, lo que permite hilvanar una historia global. Quiero decir: son cuentos, sí, pero en conjunto también podrían funcionar como novela. Acaso una que podría llamarse (a lo Mark Twain) “Las aventuras de Amarilis”.

Y un último comentario, la editorial recomienda el libro para niños mayores de 7 (acaso por el hecho de que a esa edad ya empiezan a leer solos). Yo no dejaría afuera, sin embargo, a los de 6 (¿tal vez alguna madre, alguna seño con ganas de leerles?) porque hay muchos detalles de Pérez Aguilar que no desatienden a los más chicos. Por ejemplo, algunas cuestiones que podrían funcionar como elipsis si el público fuera mayor, se explicitan enseguida como para que el pequeño (o pequeñísimo) lector no se quede afuera: lo que Amarilis toma de la biblioteca es un reloj de arena y esos tres señores que vinieron en camello son los reyes magos.

Una hermosa antología de un personaje adorable. Pienso que en un futuro, habrá adultos (que ahora son niños pequeños) recordando a Amarilis como uno de esos personajes entrañables de los libros de infancia.

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