Pensando en el público lector

Título: Tía Roberta y la música

Autora: Javiera Gutierrez

Ilustraciones: Adriana Keselman

Editorial: Lúdico

Este es un lindo libro para mayores de 4. Y empiezo por atrás (generalmente las recomendaciones por edad las hago al terminar la reseña) porque en el gran universo LIJ,  esta franja etaria (los 4, los 5, hasta los 6) es especialmente complicada. ¿Qué quiero decir? No es nuevo para nadie que en las librerías para niños hay tanto pero tanto (pero tanto, tanto, tanto) que es difícil elegir. Sobre todo porque hay ediciones lindísimas que pueden engañarnos a primera vista: libros estéticamente impecables que guardan historias que no son historias (y en el mejor de estos casos,  insulsas descripciones de esas bellas imágenes que, por supuesto, no necesitan palabras para lucirse), errores (y horrores) ortográficos, tramas que –como si hubieran sido supervisadas por el Ministerio de la Verdad de Orwell–afianzan valores tan arcaicos como obsoletos en nuestros días (mamás que solo saben cumplir el rol de amas de casa, familias “tradicionales”  como ejemplo de moralidad frente a la indecencia de las ensambladas, mandatos sociales que dividen las profesiones en aquellas que prometen éxito y las que conducen irremediablemente a la mediocridad).

Paralelamente a esta superoferta de libros olvidables, existe un género que –aunque hermoso– viene a complicar todavía más el panorama: el libro álbum. Y eso que a mí me encantan los (buenos ) libros álbum. Pero cada vez estoy más convencida de que no solamente son un regalo precioso para los adultos sino que además en ocasiones –por no decir casi siempre– están exclusivamente destinados a este grupo: a los pares escritores, a los críticos más exigentes, a los especialistas en Literatura Infantil. Los libros álbum nos conmueven, nos encantan; movilizan nuestros sentidos, nos hacen reflexionar: a nosotros, no a los chicos. Y no pretendo generar un debate con esta afirmación pero me doy cuenta de que esos libros que me fascinan a mí (muchos de los cuales reseñé con entusiasmo en este espacio) no resultan atractivos para los pequeños lectores. No es una suposición: lo he puesto a prueba. He compartido estas lecturas con mis hijos, con mis sobrinos, con sus amigos, con mis alumnos del taller infantil: chicos de edades muy diversas, algunos muy lectores y otros no tanto, algunos súper imaginativos y otros súper racionales. Cuando monitoreo la lectura y le busco la vuelta para “traducir” el mensaje que yo sí leo entre líneas, los chicos disfrutan. Cuando los dejo solos con esa lectura, se aburren. Y encima juega en contra la pubertad. Porque en esa edad que sí podrían disfrutarlos y comprenderlos mejor, los chicos rechazan el libro álbum por el solo hecho de verlo “lleno de dibujitos”: creen que ya están grandes para esos libros que, a su entender, son para bebés.

Y no sé si estoy equivocada o no, pero en los últimos años ha habido un esfuerzo tan marcado por superar los modelos de lectura que antaño se tenían como válidos para los chicos que, como siempre, nos fuimos para el otro lado. Es cierto que no hay que subestimar a los pequeños lectores. Me molestan los textos que se configuran para un público, no ya no inocente, sino bobalicón. Pero de ahí a pretender que lean como adultos, que tengan el bagaje cultural, la experiencia, las lecturas y la “calle” que solo nos dan los años, hay un mundo.  Yo adoré El Quijote. Probablemente fue el mejor libro que leí en mi vida pero cuando mi profesor de literatura me hizo leer algunos capítulos en 4to año me resultó un plomo.  Fue después de los 20, cuando ya había cursado la mitad de la carrera de Letras, cuando de verdad lo disfruté. Porque entonces, recién entonces, entendí de qué estaba hablándome Don Cervantes. Entonces estuve lista para comprender los guiños, las intertextualidades, las referencias históricas, las metáforas, las ironías.

Y todo esto que parece una gran digresión (tal vez lo sea) viene a cuento porque lo que más me gusta de Tía y Roberta y la música es que está en ese justo medio necesario para  la franja etaria que, me parece, está más a la deriva. Uno puede regalar este libro teniendo la plena confianza de que el chico disfrutará la lectura sin necesidad de ningún guía. Tiene bellas ilustraciones, una historia agradable (incluso, divertida), un texto musical y  casi perfecto rítmicamente hablando (me sobra alguna sílaba al final y un verso libre interrumpe un poco la armonía de los versos que venían tan rimados; pero esto ni siquiera es una “pega” porque tiene que ver con mis propias preferencias poéticas y no con lo que “debe” hacerse o dejarse de hacer en poesía: Dios me libre de meterme en un terreno así).

La tía Roberta es, por otra parte, un personaje adorable. No he leído los títulos anteriores (Una mascota para tía Roberta y Tía Roberta necesita anteojos) pero lo haría con gusto, sin lugar a dudas. A mí  el personaje me hace acordar a una prima de mi abuela (mi querida, queridísima Necha) que se la pasaba discutiendo con las telenovelas de la tarde. Que el pequeño protagonista la rescate de la depresión del noticiero a través de la música, me parece por lo menos heroico. Quiero decir, el libro tiene un bellísimo mensaje sin necesidad de incluir complejísimas metáforas que podrán encantarnos a los críticos pero pasarían inadvertidas para los niños.

Como soy una romántica perdida, me encanta que se incluya el tocadiscos, el que –además– Keselman ilustra lo suficientemente bien como para que el niño no tenga que andar preguntándonos qué es eso.  La doble página del pequeño bailando al estilo Travolta es sublime. Tal vez un guiño para los adultos, pero también un mundo que se descubre para los chicos. La relación con la música a través de los años va cambiando pero en el fondo es la misma: nos rescata de la monotonía, de la tristeza, de la soledad. Escuchar música es divertirnos, es compartir, es bailar y expresar a través del cuerpo lo que sentimos, es “sacar afuera” lo que nos atormenta y olvidarnos por un momento de aquello que nos preocupa. La música (¡el arte!) nos “protege” de la realidad: ¿no es este un mensaje hermoso? Y Gutierrez sabe contarlo con un lenguaje claro, sin elipsis ni metáforas que acaso un chico de cuatro años no este listo todavía para decodificar.

Aplaudo que, además de los libros álbum, existan también estos cuentos  que no “ambicionan” conquistar a los grandes sino a los chicos, el público lector que –en definitiva– sostiene y justifica nuestro tan querido universo LIJ.

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. María Laura
    Ago 31, 2012 @ 21:06:51

    Que buena critica…no sé si nos gustará el libro a mis peques y a mí, pero me emocionó la descripción que hacés de la música, del arte… Y si éste libro genera en sus lectores esos sentimientos, debe ser que vale la pena leerlo.
    Soy “escritora” amateur de cuentos infantiles, y te conocí yendo de un lado a otro en Internet. Es un gusto pasar por aquí. Me suscribo al blog. ¡Cariños!

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    • solsilvestre
      Ago 31, 2012 @ 22:04:21

      Hola, Laura ¡bienvenida! Y te agradezco tantísimo tu comentario… Ya estuve recorriendo tu opinódromo: ¡muy interesante también! Nos seguimos leyendo aquí y allá ¿te parece?

      Responder

  2. María Laura
    Sep 01, 2012 @ 23:52:29

    ¡Me encantaría! Aunque en El Opinódromo no escribo sobre lieratura infantil, y lo tengo un poco abandonado, es una actividad que me gusta muchísimo y que no abandonaré. La literatura infantil es lo que hago “puertas adentro”, y en el tema que pretendo desarrollarme…(hoy empecé un seminario en La Nube, como para arrancar un poco puertas afuera también…) Me impresionó (muy bien) todo lo que contás en tu perfil, y me encanta ver tantas ganas y empeño en desarollarte en lo que, se nota, te apasiona.
    ¡Un gusto conocerte!

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  3. María Laura
    Sep 02, 2012 @ 00:07:52

    ¡Ay, ay, ay! Por ir y venir de la cocina a la compu se me quemó la cebolla para las empanadas… ¡pobre flia.! Después te cuento si se dan cuenta, jajaja!!!!

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