Cuentos para nosotros

Título: Cuentos de por acá

Autora: Iris Rivera

Ilustradora: Ana Sanfelippo

Editorial: Edelvives

Colección: “Ala Delta”

Los diez relatos de este libro se han difundido de boca en boca. Los hemos leído, por separado, en diferentes antologías, manuales y compilaciones. En revistas o libros. En páginas web. Algunos, incluso, los vimos representados como obras de teatro.

Es que estos cuentos son y no son de Iris Rivera. Estos cuentos son patrimonio de todos. De todos los que vivimos por acá. Por esta tierra grande y generosa, llena de campos y dificultades, como el hambre y la sequía.

En estos cuentos a veces aparecen hombres (siempre bien gauchitos,  con sus bombachas y sus alpargatas, haciendo labores rurales o transitando en carretas). O tigres. O una perdiz, un cuervo, un sapo, un surí, una garrapata. Y hasta mil diablos que terminan internándose en el quinto infierno.

Mi pareja preferida es, sin embargo, la que forman el zorro y el quirquincho. Me gusta porque rompe con el estereotipo: en los cuentos de por acá  no siempre gana el pícaro. El zorro es, sí, muy astuto. Pero también petulante, competitivo, orgulloso. Por eso el quirquincho le gana tan fácil. El quirquincho, que es trabajador y generoso. Que conoce sus limitaciones y sus fortalezas. Que no se agranda pero tampoco se deja engañar tan fácil.

En los cuentos de por acá el quirquincho es más ingenioso que el zorro. Más pícaro que el pícaro. Y por eso el personaje nos resulta más cercano, más simpático y querible. Mucho más que el zorro.

La destreza de Iris Rivera para hacernos sentir que “escuchamos” estos cuentos es de verdad admirable. Así, por ejemplo, el quirquincho pisha y los huesos del zorro hacen crash, crash, crash. Y ni hablar de las locuciones propias del relato oral: Cuentan que ahora…Dicen que dijo… Dicen que una vez…

La puntada sutil con la que teje el escenario tan nuestro, tan familiar y campestre se deja entrever en el uso de un montón de palabras vistosas y localistas: lechiguanas, pilchas y lapachos aparecen entreveradas, así, con el vos y el ´Ta bien y el Pa´no aburrirse y el lazo delgau.

Más allá de este escenario y esta atmósfera tan bien construida (reforzada por las simpáticas ilustraciones de Sanfelippo), la autora no olvida ni por un minuto al destinatario de estos cuentos, que no es el hombre de campo sino el niño de nuestros días. Y así nos dice, por ejemplo, que el pobre zorro sale disparado “como cañita voladora”. Me parece sencillamente genial.

El libro despertará risas y preguntas (¿es verdad que el sapo tiene la piel manchada por eso?) y hasta reflexiones (¿por qué el hombre traicionó al zorro después de que lo ayudó?). Es un libro, en fin, que nos permitirá muchos recorridos y que seguramente le gustará no solo a los niños mayores de 8 sino también a todos los paisanos de estos pagos. A nosotros.

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