It´s easy if you try…

Título: La silla de imaginar

Autora: Canela

Ilustrador: Daniel Roldán

Colección: “Cola de ratón”

Editorial: Comunicarte

A veces me da vergüenza atrasarme tanto con las reseñas. Ya ni siquiera puedo calcular cuándo fue que recibí este libro de la Editorial Comunicarte. Como siempre, lo leí inmediatamente, hice mil anotaciones en mi cuadernito (ese que tengo  sobre el escritorio) y le di un lugar en mi biblioteca para que descansara allí, lindo como es, hasta que yo encontrara por fin el tiempo para sentarme y escrbir una reseña de esas que siento “concienzudas”, como salidas del fondo mismo de mis entrañas. Esas reseñas que llevan su tiempo de maduración y que me atrasan más, todavía más, de lo habitual.

Pues este es el caso. La silla de imaginar es uno de esos libros que se te meten adentro y que por tanto te exigen un tiempo extra para encontrar las palabras justas, esas que estén a la altura de todo lo que el libro expresa . Empezando por la tapa, enigmática y bella: una silla –simple, rústica, humilde–y un globo de pensamiento lleno de colores dispuestos en simetría pero diversos. La guarda inicial  del libro superará aquello. Un campo. Una ruta de asfalto. Un puente. Dos. Un camino de ripio rodeado de árboles. Un auto entrando al pueblo que rodea la estación del tren. Y hasta allí todo hermoso. Pero se interpone la primera línea del texto y, como dándonos una bofetada, nos despierta: “Junto a las vías había un pueblo por el que ya no pasaba el tren”. De pronto aquel boulevar tranquilo se vuelve solitario,  la paz del cuadro se difumina en un sentimiento de compasión: vemos un pueblo que, como tantos, se ha condenado al olvido.

Después de esto, recién después de esto, la página legal y la portada. Como para darnos tiempo a reponernos de haber empezado así, tan tristes, la lectura. Y entonces conocemos a Julián Lencina, el hombre que es capaz de imaginar –desde su silla—los animales más exóticos, esos que jamás ha visto en su vida pero que logra tallar con la perfección, la omnipotencia que solo nos concede el acto creativo.

Y enseguida un suceso que viene a cambiarlo todo: Julián ha olvidado su silla a la intemperie y una lluvia agresiva, pintada en dramáticos azules por Roldán, sellará el destino de todo un pueblo. Porque la silla, al otro día, ya echó raíces y nada podrá hacer Julián para arrancarla de ese abrazo perenne y profundo que ha estrechado con la Madre Tierra.

El prodigio no es visto solo por Julián. Las habitantes del pueblo comienzan a desfilar frente al árbol prodigioso que se alza sobre la silla. Y el árbol florece, y pronto dará sus frutos. Y cada habitante de aquel pueblo ignoto se llevará a casa una silla maravillosa: por ella serán capaces de cambiar el mundo. Y así uno imagina que podrá volar. Y otro, que va a conocer el mar. Los de aquí, que tendrán por fin sus casita para vivir juntos. La de allá, que conseguirá muchas, muchísimas estampillas para enviar todas las cartas que quiera.

Pero hay –como en cualquier historia, como en la vida– un mal tipo. De esos que, antes de imaginar, calculan. De esos que no sueñan: proyectan. Y lo que es peor: proyectan a costa de los sueños ajenos. Acaso eso mismo pasó con los pueblos que fueron condenados al olvido, arrollados por la farsa de un  progreso que solo llegó para algunos.

Y aunque en la vida real no siempre tenemos finales felices, el mal tipo de esta historia se redime. Y el pueblo se levanta (o ignora a este mal tipo, que es lo mismo) gracias a la mano solidaria, a los sueños compartidos, al recuerdo de lo que fue tener, alguna vez, una estación de tren. Porque aunque no siempre se concreta lo que imaginamos, todos deberíamos sentarnos de vez en cuando en sillas como estas para escuchar el tu..tuuuuuu…TUUU del tren que ya no está. Y así, casi cerrando el libro,  nos quedamos con la sensación de que tal vez, algún día, las cosas vuelvan a encauzarse: si queremos cambiar el mundo, el primer paso es imaginarlo.

Y cuando creímos que ya terminó la historia (y muy bien); cuando acabamos de leer las biografías de Canela y Daniel Roldán, de enterarnos de que este cuento se terminó a dos voces; de que viajó a un lejano país  llamado Bratislava para llenar de asombro y curiosidad a los mejores ilustradores del mundo… recién entonces llegamos a la guarda. Y otra vez el mismo paisaje con sus puentes y su camino de ripio, un auto solitario y el pueblo en torno a la estación. Y a la vez, sin poder saber qué vemos antes: si el tren circulando por las vías, o la línea final (“Y así fue como el tren llegó de nuevo al pueblo”) acabamos el cuento sonriendo.

Pero tampoco acaba. Porque la contratapa se llena de colores — simétricos, diversos– y uno piensa que es así, que imaginar es así. Que así pintaríamos la canción de Lennon si tuviera que traducirse en colores.

Con todo esto, ¿puede extrañarnos que este libro haya sido seleccionado para el prestigioso catálogo The White Ravens 2012? Un cuervo blanco es un ave extraordinaria, de una belleza tan rara, tan inaudita  que vale la pena atesorar. Si pensamos en el leit motiv del álbum (¿habrá algo más raro que una silla de imaginar’) y en la poesía que se desprende de los colores, de las guardas, de las palabras, breves y bien pensadas que se enhebran para que el lector eche a volar también su imaginación, este reconocimiento no puede sorprendernos. Para nada.

Como ocurre –en mi opinión– con la mayoría de los (buenos) libros álbum, este un libro para adultos apto también para pequeños. A partir de 6 años, digo yo.

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