¡Towanda!

Título: Encuentro con Flo

Autora: Laura Escudero

Editorial: SM

“De pronto, el mundo se puso patas para arriba y Julieta no supo cómo pasó”. Desde el comienzo, el libro es una promesa. Un libro en el que pasan cosas, muchas cosas, tantas que es difícil ordenarlas.

Como muchos libros de ahora, Encuentro con Flo arranca con el conflicto. Un tremendo conflicto que se enreda en otro más trivial: una adolescente que, como tal, está midiendo su lugar en el mundo y se convence de que todo, absolutamente todo lo que ocurre a su alrededor, es una confabulación del entorno contra ella. Lo que pasa a su alrededor es lo verdaderamente importante: una abuela con alzheimer que debe mudarse por unos días a su casa, ¡a su misma habitación!, lo que, lógicamente, viene  a revolucionarle la vida.

En Encuentro con Flo hay dos historias de amor. Por un lado, el amor adolescente, intenso y temeroso que se despierta entre Julieta y José, ese chico “reo” del interior que parece tan distinto a ella. Por otro, el amor más puro y más genuino de todos. El amor de una nieta que se cree incapaz de querer a su abuela enferma, esa “vieja” que ─a veces le parece─ se hace la estúpida. Con el correr de las páginas, sin embargo,  nace el amor entre ellas.

Y nace increíblemente, porque uno puede entender la gravedad del asunto, puede sentir lástima por esa anciana que la mayor parte del tiempo no tiene ni la menor idea de dónde está; puede indignarse por la frialdad de Julieta en ocasiones, por su continua agresión y su bronca y por no darse cuenta de que hay algo más serio aquí que su propio ombligo.

El lector puede darse cuenta de todo esto, claro, pero también sabe que es imposible amar por obligación, por lástima o necesidad. Sabe que el amor es un sentimiento que no se fuerza, que no entiende de disciplinas ni de mandatos. Y si la abuela no pone algo de su parte (¡y la abuela no puede poner algo de su parte!) el desafío de amarla parece una misión imposible, cuanto menos.

Pero Escudero consigue el milagro. Y no resulta forzado ni inverosímil ni insólito ni trillado el amor que Julieta va prodigando, lenta pero intensamente, sobre esa anciana frágil como un merengue, con su “piel finita como milhojas y los ojitos brillosos como cerezas al marrasquino” (Pág. 105).

Y lo consigue gracias a que el pasado de Flora vuelve, como una ráfaga de esperanza, hasta el presente de Julieta para enseñarle que el mundo es mucho más que la adolescencia.  En efecto, Julieta es una de esas tantas chicas que tiene la desgracia (o la bendición) de tener que afrontar como una adulta las vicisitudes que la vida puso frente a ella.

Escudero logra construir un personaje que es, desde cualquier ángulo, perfecto. Como toda adolescente necesita plantarse ante el mundo con total desenfado. Odiar a los adultos, que no la entienden. Le tocó una mamá medio hippie y aunque eso en primera instancia podría parecer alentador para cualquier adolescente (¿qué mejor que una mamá medio hippie para un hijo que quiere proclamar su independencia a los cuatro vientos?), a Julieta la exaspera. A ella, que es responsable y ordenada, le vendría mejor una mamá distinta. Una mamá como la de Analía, por ejemplo, que es la antítesis de la suya. Una de esas mamás que te están todo el tiempo encima, que te esperan con la comida caliente y la casa brillando de limpieza, que se enojan (y mejor: ¡se dan cuenta!) cuando llegás media hora tarde. Así lo siente Julieta al principio, antes de crecer.

Creo que eso es precisamente lo mejor que tiene el personaje: lo “vemos” crecer. Hay una Julieta al principio de la historia y una muy distinta al final. Hay una Julieta prejuiciosa, inmadura,  casi cruel que se transforma de a poco, al tiempo que va enamorándose de su abuela y de su nuevo amigo José, en una Julieta que es capaz de meterse en una casa ajena para desentrañar una memoria ausente, para volver a tejer las palabras que se deshacen en el cerebro de Flo. Una Julieta que es capaz de asistir a su abuela como una adulta, de retarla con delicadeza y profundo amor. Escudero nos da, así, una respuesta al interrogante que se plantea al principio de la obra: “¿por qué sería tan fácil tenerle paciencia a Nicolás y tan difícil aguantar a Flora?”.  La respuesta, implícita y conmovedora, se queda en el corazón del lector: una vez despierto el amor, (aunque existen) no importan las dificultades.

El recurso de las cartas es sumamente efectivo. El racconto, que nos traslada directo a los años 30, me hizo acordar muchísimo a una entrañable película que marcó mi adolescencia, Tomates verdes fritos. De pronto esa anciana frágil, lenta como un dinosaurio y de mirada perdida se va convirtiendo a través de las cartas en una mujer invencible, fuerte y poderosa. Flora, de este modo, se convierte en Flo. Y Flo, como la Towanda de la película, es gigantesca: libre, arrojada, inteligente. Una joven que puede llevarse el mundo por delante y cumplir sus sueños aunque vayan a contracorriente del mundo entero. Lo que no puede, eso sí, es recuperarse del todo ante la pérdida irremediable de su hermana (lo mismo le había pasado a ese otro espíritu libre que era Towanda). El lector de Escudero, el espectador de Tomates verdes fritos, sin embargo, no se queda con el sinsabor de una derrota. Tampoco Julieta, que sospecha que a lo mejor los sueños pueden cumplirse de muy diversa forma. Sueños que se postergan, se actualizan, se renuevan: sin renunciamientos ni resignaciones. Igual que a Julieta, la idea me parece hermosa.

Gracias a Flo, Julieta aprende a valorar su entorno. Sobre el final, la charla con su madre, profunda sin llegar a ser invasiva, la conecta nuevamente con el amor de su familia. Desmembrada,  bulliciosa, medio caótica y complicada, pero familia al fin.

Gracias a Flo, también, aprende a amar a su amigo de Cuesta Carral (tanto como su abuela había querido a Shimu). La historia entre Julieta y José transcurre plácidamente, sin contratiempos hasta el final, cuando él desaparece. Es la historia del primer amor adolescente, más tierno que pasional, y tal vez por eso mismo, fugaz pero perenne.

Como además de todo esto, Escudero nos regala un montón de símiles bellísimos (“el tiempo de la espera es espeso como el dulce de leche”, “los días de septiembre venían con alas”, “la ve [a su abuela] planear entre las palomas por los balcones y escaparse a sus lugares mágicos”, entre muchos otros), el placer de leer puede volverse, en términos de Barthes, un verdadero goce.

Encuentro con Flo es uno de esos libros que me encantó leer. Y más: me hubiera gustado escribirlo.

Para mayores de 12, y solo por  algunos pasajes descriptivos (como el ritual del membrillo) que, aunque hermosos, pueden “espantar” a los más chicos.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Tris
    Jul 03, 2014 @ 21:23:44

    Me encanto!

    Responder

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