Trapitos al sol

Título: Solgo

Autora: María Teresa Andruetto

Ilustradora: Cynthia Orenstajn

Editorial: Edelvives

¡Qué emoción sentí el día que recibí Solgo entre los libros de Edelvives!  Los (buenos) libros-álbum siempre son un regalo maravilloso. La cuidada edición, las bellas ilustraciones, la poesía de Andruetto, todo en un mismo texto que desafía al lector.

Me acuerdo de haber llamado a Luciana, apenas le di una primera lectura:

–Lu, ¿viste el nuevo libro de Andruetto?

–¿Solgo? Todavía no lo leí.

–No sé si podremos presentar La fuga de la emperatriz en Edelvives, se parece demasiado. Siempre me pasa lo mismo, con La manzana de Blancanieves  me pasó igual: para cuando me dieron bola en una editorial, se habían publicado mil  libros con una idea parecida.

–Pero La manzana…  te  la publicaron igual. La originalidad no lo es todo, también hay otras cosas.

–¿Vos decís?

Pero esta impresión la tuve solo en la primera lectura.  Primera y desesperante lectura: a la vez que me iba fascinando con el libro (y aquí viene mi primer trapito al sol), mi pobre humanidad me convertía en una autora envidiosa (¡otra vez me habían ganado de mano!) lo que me dejaba –por un motivo personalísimo– con un sabor amargo en la boca.  Tuve que dejarlo descansar un tiempo en la biblioteca.

Cuando volví a abrir el libro, unas semanas después, me pasó lo que pasa con los (buenos) libros álbum: sentí que estaba leyendo otra historia. Creo que lo verdaderamente poético de este género es precisamente eso: lo más importante se “cocina” en la cabeza del lector, más que en las páginas del libro. Lo que Solgo y La fuga de la emperatriz tenían en común era la excusa: porque ni el libro de Andruetto y Orensztajn ni nuestro proyecto con Luciana (el que, tal vez, no se publique nunca) se centraban en eso que precisamente compartían: un personaje artista que logra trascender la realidad, igual que aquel Wang Fo de Youcenar que me partió la cabeza en su momento y me dio el germen para escribir mi propio cuento.

El libro de Andruetto y Orensztajn empieza con una definición que nos ubica en el mundo del personaje: “Solgo: pintor de la antigua Corea de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con los verdaderos”. El primer gran acierto, me parece, es presentar un personaje aparentemente real. Y es un acierto porque el libro se ubica precisamente en el umbral que separa la realidad de la materia creativa.  Las imágenes que nos regala la ilustradora son de verdad bellísimas y exigen una mirada atenta del lector: los pájaros que conforman la copa de los árboles, por ejemplo, como un conjunto de hojas simétricamente dispuestas; o la aldea que se levanta por encima de las ramas en un amanecer azul. Texto e imagen confluyen todo el tiempo entre esos dos mundos que se enfrentan y se combinan, confundiéndose en una única realidad más verdadera, más trascendental que esta que conocemos.

Pero más allá de esta confluencia que está maravillosamente lograda por las autoras del texto y de la imagen, Solgo nos cuenta otra historia. La del artista que no necesita ni el éxito ni la fama ni el dinero para realizarse. Porque todo lo que quiere y precisa está allí, en su obra, en el mismo proceso creativo.

Hace poco escuché una conferencia de Elizabeth Gilbert, en ese evento maravilloso que son los TED, que hablaba precisamente de esto: del aura que se levanta alrededor del artista (bueno, ella hablaba en particular de los escritores, pero creo que puede aplicarse a cualquier artista) y de la enorme responsabilidad que pesa sobre los hombros de quien trabaja en el mundo creativo. Y parece ser que todo se mide en función del éxito o el fracaso, de quién te publique, de cuánto te paguen, de qué dirán tus pares de eso que hiciste con tanta pasión. Como si la felicidad del artista dependiera de eso.

Si fuera así, yo habría renunciado hace rato. Y voy a enumerar algunas situaciones por las que tuve que pasar “gracias” a mi gran pasión, que es la escritura (y siguen mis trapitos al sol):

1.- En el 2010  me prepotearon por una ponencia en un Congreso de Literatura Infantil, en la que osaba contar que había disfrutado escribiendo un libro didáctico para niños. Me prepotearon injustamente, lo sé;  pero me fui llorando.

2. Otra vez, un colega (ay, la gente de la UBA) me dijo socarronamente que mi marido era sin duda un “potentoso”, porque si no no se explicaba cómo yo, siendo Ayudante de Primera en la facultad podía publicar tantos “libritos”. De paso me felicitaba, por supuesto.

3. Mis primeras regalías por una novela que me llevó dos años escribir  fueron de $700 y la siguiente liquidación de $425. Al poco tiempo me pidieron que de ese dinero transfiriera $197 al ilustrador porque se habían equivocado al facturar y esa parte le correspondía a él.

4. Y más: tenían que depositarme 38 euros (¡38 euros!) desde España pero me escribieron de la editorial para contarme que el 50% de esa cantidad se lo quedaría el banco de allá, eso sin mencionar (¡mejor ni lo imaginemos!) lo que haría nuestro sistema financiero una vez que esa plata llegara a la Argentina.

Podría seguir (uf, tengo un millón de trapitos como estos) pero me parece que ya sobran los ejemplos. En algún punto todo esto me dio bronca, claro, y cualquiera podría preguntarse (hasta yo misma) para qué sigo escribiendo. Pero el hecho es que, como a Solgo, en el fondo no me importan ni la plata ni el reconocimiento ni la aceptación de mis pares. Es la alegría de escribir lo que me mantiene, el placer que siento cuando un lector (no han sido tantos pero los he tenido, y eso ya es un logro) me dice que disfrutó una historia que yo escribí. Es como si la obra, entonces, trascendiera el mundo real –ese en el que importan la plata y el reconocimiento– y quedara inmortalizada en el instante mismo en el que fue creada, cuando yo misma era feliz escribiéndola.

Solgo, como los (buenos) libros álbum me conmovió. Y en el sentido más personalísimo de todos, como si hubiera sido escrito para mí. Por sus bellas ilustraciones, la infinidad de detalles que invitan al lector a resignificar una y otra vez la lectura, el texto maravilloso de Andruetto que por algo llegó a ser quién es, los versos que se deshacen en una melodía como si en lugar de palabras fueran acordes los que se suceden página a página. Por todo esto me gustó Solgo, y por recordarme que el arte no tienen nada de inofensivo. A través del arte podemos combatir el hambre, el frío, la tristeza.  Y retomo las hermosas palabras de John Berger en su ensayo Mineros para explicar esto: ” Sé que a menudo el arte ha juzgado a los jueces, vengado a los inocentes y enseñado al futuro los sufrimientos del pasado para que nunca se olviden. Sé también que en ese caso, los poderosos le temen al arte, cualquiera sea su forma, y que esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran, un sentido que nos une, porque es finalmente inseparable de la justicia. El arte, cuando obra de ese modo, se vuelve un espacio de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo imperecedero, el valor y el honor.”

Tan profundo es Solgo. Tan, tan bello.

Como los (buenos) libros álbum,  para adultos y niños. Diría que a partir de 8, y hasta el infinito y más allá.

Anuncios

4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Luciana
    Mar 17, 2012 @ 18:31:49

    Jajaja! A primera vista me dio la impresion de que habias publicado sin querer una conversacion via mail!!!
    Muy bueno!
    La fuga de la emperatriz esta madurando. Ya nacera.

    Responder

  2. solsilvestre
    Abr 15, 2012 @ 15:36:43

    😉

    Responder

  3. María Laura
    Oct 31, 2012 @ 21:43:25

    Sol, si bien tengo pendiente leer alguno de tus libros, te cuento que disfruto mucho leyendo tu blog. Esto me recuerda algo que dijo M.T.Andruetto :”Hay que permitirse leer libros sueltos de un autor, no sus obras completas”, ¡y eso es lo que hago!… leer parte de lo que brindás, impreso en papel o no…
    Te cuento que las palabras que cito de Andruetto, las escuché de su misma boca el sábado pasado en el Seminario de LIJ al que te conté que asisto en La Nube. Gracias a la amistad que ella tiene con la profesora Lidia Blanco, tuvimos el lujo de su presencia allí. ¡Chocha!!!! (Yo, claro…)
    Solgo… sí, algo así como un manifiesto de los artistas, ¿no?
    ¡Un beso!

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: