Cuidado con el embrujo

Título: Genealogía de una bruja

Autores: Benjamin Lacombe y Sébastien Perez

Editorial: Edelvives

Cuando vi este libro (estos libros) en la Feria del Libro Infantil, me enamoré. Las ilustraciones son MARAVILLOSAS, la calidad de la edición inmejorable: bello papel, colores intensos, páginas amplias y una cuidada encuadernación. Hasta las guardas son lindísimas, con las huellas del pequeño Sócrates, que ayuda mucho a generar la atmósfera de terror necesaria para un relato de brujas: un gato negro es algo que no suele faltar en este tipo de escenarios ¿no?

El libro que acompaña  La pequeña bruja  puede erizarte la piel aun antes de empezar a leer. Una tapa con siniestros  ribetes dorados, símbolos esotéricos (¿diabólicos?) y la aterradora leyenda “Grimorio” justo debajo de la imagen de una joven mujer con ojos inexpresivos y semblante triste. El texto de contratapa es fulminante: “Si este libro ha llegado a tu poder por error, ciérralo inmediatamente y huye. Si, no obstante, decides leerlo, piénsalo bien; ¡es un libro maldito!”.

Lástima que en la Feria del Libro mi vistazo se quedó solo en lo estético (¡había tanto para ver!). Lo retuve grabado en la retina y lo recordé recién  cuando pensaba en el regalo que podía hacerle a mi hermosa Serena, una sobrina que entonces cumplía 8 años y que adoraba las historias de brujas. De más está decir que lo compré, y juro que en ese momento pensé que era el regalo perfecto para ella.

Pero cuando llegué a la contratapa que mencioné más arriba empecé a dudar. La aseveración me pareció un poco extrema para una criatura que todavía cree en muchas cosas y no desconfía de casi ninguna. Decirle a una pequeña de 8 años que el libro que tiene en sus manos está maldito, y peor, subir la mirada y ver una tétrica calavera sobre esa leyenda, me pareció demasiado. Así que ya no tuve dudas sino pura certeza: el libro no era apropiado para 8. Ni siquiera para 10. Acaso pueda estar bien para niñas de 12, y eso si son valientes.

Entiendo que mi punto de vista pueda parecer medio “pacato”. En pleno siglo XXI con películas, videojuegos y dibujos animados increíblemente violentos este libro no tendría que espantar seriamente a nadie, pero me parece justo y necesario advertir que –como algunas películas, algunos videojuegos y algunos programas de la televisión–Genealogía de una bruja no es apto para niños sensibles.  Quiero decir, si ustedes tienen un pequeño lector de 8 o 9 años que no le teme a nada, que se divierte con las películas de terror y tiene la madurez suficiente como para darse cuenta de que no todo lo que está escrito es la “pura verdad”, pues adelante con este libro que, por lo menos desde el punto de vista estético, encantará tanto a grandes como a chicos.

Por mi parte, me reservo mi opinión de que el libro tiene poco de infantil. La historia de Lisbeth es bastante triste (más allá de que termina bien): sus padres son dueños de grandes almacenes y no tienen  tiempo para estar con ella, ni siquiera en navidad; viaja a casa de su abuela Olga, a un lugar frío y lejano, donde también la espera Edward, un pequeño niño tartamudo que está enamorado de ella (“bebe sus vientos” se nos dirá en un modismo español que dejará afuera a los lectores de nuestros pagos; hay también otras palabras medio complicadas para los chicos como “apoteosis” que me chocaron, creo que jamás la hubiera escuchado de no haber estudiado Letras en la Universidad).

La abuela parece ser una señora dulce pero la vemos llena de furia cuando los niños toman sin permiso el grimorio de su biblioteca. Es cierto que las abuelas pueden enfadarse a veces, pero la abuela Olga es el único adulto sobre la tierra que efectivamente tiene Lisbeth y si se configura como “malvada” aunque más no sea por diez segundos, el panorama de la pequeña bruja es bastante desolador. A mí me estremeció tanto enojo, y eso que tengo treinta y tantos… Y después, para colmo, llega el drama, un llamado de teléfono que lo cambia todo: Edward no ha vuelto a casa. A esta altura, las ilustraciones no dejaron de parecerme bellas, pero sí noté  que estaban embebidas de tristeza: los colores sombríos, las miradas taciturnas, los gestos cabizbajos y desconsolados. La carga emotiva del relato –portenciada por las ilustraciones tan bellas como angustiantes– de verdad me abrumó un poco. Los personajes no sonríen, ni siquiera en el final feliz. Y esto es algo muy personal, pero a mí me gustan más las historias que me levantan el ánimo. Para el desconsuelo, ya está la vida real.

El relato termina bien, a pesar de todo. Me gustó la imagen del beso con sabor a chocolate: un instante de dulzura y un merecido descanso para el lector, después de tanta tensión.

Y ahora vamos al Grimorio. Si el relato de La pequeña bruja es algo triste, de este diría que tiene un poco de todo. Por momentos resulta siniestro o aterrador, pero también hay pasajes interesantes y hasta diría, educativos.

La advertencia inicial retoma el texto de contratapa y se agregan algunas sentencias tremebundas: “Tu vida quedará marcada para siempre”, “Si osas alterar (los elementos de este libro) podrían cobrar vida” o “te costará mucho soportar la crudeza de esta realidad”. Un poco hiperbólico, me pareció. Pero por lo mismo, si está en las manos correctas, puede resultar divertido.

La primera historia que se nos cuenta es la de Lilith. Desde el diseño, es genial. Vemos un pergamino, con una huella digital embebida en sangre y manchas de tinta aquí y allá. Es el contrato que Lilith (primera antepasada de Lisbeth)  firmó, quién sabe hace cuánto tiempo, con Belcebú, señor de las tinieblas y los demonios. Me río pensando en el revuelo que se armó en su momento con Harry Potter, cuando un sector de la Iglesia acusó a Rowling de motivar el oscurantismo entre los niños. ¡Y Harry Potter movía su varita para salvar a sus amigos! Muy distinto al caso de Lilith que quiere vengarse y destruir a Adán porque no quiso desobedecer el mandato divino. Me pregunto qué dirá la Iglesia sobre esto, pero hablo por simple curiosidad.

La segunda historia es la de Isis, la mortal que consiguió derrocar al dios Atum a favor de Ra y convertirse en soberana junto a su hermano y amante Osiris. Y más: porque Isis terminó engañando al dios Ra, apropiándose de su poder. Su descendencia gobernó Egipto durante siglos. La historia está bien contada y las imágenes son ilustrativas y didácticas.

La tercera historia es la de Medusa, la que en lugar de estar representada como un monstruo mitológico (¿la recuerdan?: convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente) aquí la vemos como una pobre víctima de Atenea, que no puede soportar su belleza y reemplaza su cabello por asquerosas serpientes. Medusa, según la versión de este grimorio, no quiere lastimar a nadie y se esconde para evitar cualquier mal. Así que Perseo, antes que aparecer como el héroe de los relatos mitológicos que conocemos, aquí se presenta como el hombre malvado que viene a asesinar a una pobre inocente.

La historia De Yama Uba es la de una cruel asesina, una especie de viuda negra japonesa que por culpa de un hecho trágico en su infancia quiere vengarse de todos los hombres del planeta: los seduce, los atrapa, los devora (y eso después de poner a secar sus cabezas para que estén más crujientes). Yama Uba cambia gracias a su hijo Kintaro, por quien deja de asesinar a sangre fría, para siempre.

Gretchen es la bruja de Hansel y Gretel.  Aquí nos enteramos de que, sumida en la pobreza, se internó en el bosque con su pequeño hijo. Pero éste un día murió y ella, desesperada por el hambre, se lo comió. Le resultó tan delicioso que a partir de entonces empezó a cazar niños, el manjar de los manjares. Otra bruja de los cuentos de hadas es Malvina, la madrastra de Blancanieves: según se nos dice, fue capaz de matar  a su propia madre por ser hermosa. Y a otras bellas históricas: Cecilia Gallerani, Ana Bolena, Lucrezia Panciatichi y Francoise de Foix.

La historia que se cuenta de Juana de Arco es bastante similar a la oficial: una mártir que fue injustamente enjuiciada. Y otras brujas “históricas” aparecen muy bien delineadas: la Monalisa, de quien se nos cuenta la interesante versión de que quedó atrapada en el lienzo de Leonardo; y Leonora, dama de compañía de María de Médici, mujer increíblemente influyente que terminó en la hoguera.

Otra historia bastante siniestra es la de Mary Anne, dos siamesas unidas por un hombro, que estuvieron confinadas a ser una atracción de feria hasta que lograron vengarse sembrando el pánico entre el público y destruyendo a su torturador, a quien le hicieron crujir hasta los huesos.

Un poco más mitigada la maldad de Mambo, la mulata haitiana experta en vudú, que tenía también un costado amable: rescató miles de vidas de las garras de una epidemia. Fue por esto tomada como una santa, y según cuentan, por su tumba siguen merodeando algunos fieles.

Y, por último, leemos las historias de Olga y de Lisbeth. Abuela y nieta de La pequeña bruja. Y debo decir a mi favor  que no me había engañado con esta “dulce” abuela, que sí tiene (o al menos tuvo)  algo de siniestro. Según vemos en el grimorio a causa de un desengaño amoroso y con iracundo despecho generó en 1912 una de las catástrofes más grandes de la historia: el hundimiento del Titanic. Claro que pudo resarcirse, también gracias a ella (provocó una tormenta de nieve) los alemanes que habían logrado entrar a Moscú tuvieron que retirarse, vencidos.

Lisbeth, en cambio, es una bruja moderna que hoy trabaja para la policía científica y desenmascara a los criminales más peligrosos. Por el grimorio sabemos también que aquel beso con sabor a chocolate fue el inicio de algo mucho mayor: finalmente se casó con Edward, con quien tuvo dos preciosas gemelas a las que –según nos cuentan– les espera un destino lleno de promesas.

 La propuesta, en fin,  es estéticamente impecable. Mi recomendación sencillamente es que tengan muy en claro en manos de quién pondrán el libro, porque no es para cualquiera.

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