¿El libro o la película?

Título: La pregunta de sus ojos

Autor: Eduardo Sacheri

Editorial: Alfaguara

Otra vez hago un paréntesis para comentar un libro que no es para chicos. Tal vez sea para adolescentes, pero específicamente, en realidad, hay que decir que  es para adultos. Lo leí durante esa semana entre fiestas, en medio del brindis y las charlas sociales. Arranqué en Mar del Plata y terminé en Buenos Aires. Con mi hijo más chico incubando, y después padeciendo, una neumonía que nos asustó. En todo este proceso, nunca bajé la guardia. La lectura fue más lenta, claro, muy interrumpida física y psicológicamente, pero no quedó relegada hasta el infinito. Mis ganas de leer no claudicaron.

En Mar del Plata,  Gusti me hablaba de la película. Todo el mundo me había hablado de la película, de hecho la tenía grabada dos veces en casa (¡gracias, Vicky, por las dos!) pero hasta el momento de agarrar el libro no la había visto. Por qué no la vi, no lo sé. Porque ganas tenía. Simplemente no se dio, no encontramos ese tiempo para estar tranquilos, para sentarnos a ver un film sobre el que todo el mundo nos había hablado. Y argentino, para más orgullo.

Estas incógnitas son maravillosas: uno no encuentra una razón en ese momento pero con el tiempo las cosas se van explicando solas. Apenas empecé a leer el libro, entendí que no había visto la película porque, justamente,  primero tenía que leer el libro. Y así me metí de lleno en la vida de Benjamín Chaparro (sí, Chaparro, y no Espósito como en la película). Me encantó que arrancara en presente. Que el narrador me ubicara en el mismo proceso de la escritura de esa novela que será la excusa para desenmascarar un sistema judicial perverso que, lamentablemente, se parece demasiado al que encontramos en la vida real. Ni siquiera sólo en la vida real de los 70, sino también en la vida real de nuestros días.

Que el arte no puede solucionar estas cosas, vale. Que el hecho de que Sacheri haya publicado esta novela (o que Campanella la llevara al cine) no significa que el mundo (nuestra doliente Argentina) vaya a cambiar, es indiscutible. Pero me quedé con tanta bronca al terminar de leer que pienso que para algo tuvo que servir. Para despertarme, aunque sea. No para contarme nada nuevo (¿qué argentino no sabe que nuestra justicia está jodidamente enviciada?) pero por lo menos para extrañarme frente a eso que –de tan cotidiano– dejé de mirar. Me encanta cuando el arte logra tanto. Me encanta, de verdad.

¿Cómo agradecerle a Gusti que  me fuera preguntando, en la mesa de fin de año, por qué parte iba? Disfruto de estar con la gente querida, quiero ser especialmente cordial con mi familia política (los míos son capaces de perdonarme todo, pero no puedo ser tan exigente con el resto del mundo) y es difícil lograrlo cuando tu cabeza está en cualquier parte menos ahí donde están todos. Sinceramente no tenía demasiadas ganas de hablar de nada que no fuera la novela de Sacheri. Estaba tan metida en ese mundo, que era difícil para mí asomarme a la vida real para tener una conversación decente con quien fuera. Y Gusti estaba ahí, parado justo en el umbral que separaba mi lectura del mundo, preguntándome, tirándome alguna punta de la película, poniéndole caras a los personajes que yo le iba mencionando: “ese tiene que ser Franccella”. Y entonces el mundo de él y el mío se fundieron y empezamos a hablar de los personajes así; Chaparro pasó a ser Darín también para mí (¡y no había visto la peli!). No me incomodó borrarles los nombres a los personajes, era el precio necesario para poder charlar en medio de un día festivo sobre la novela. Y lo pagué con gusto.

El personaje de Pablo Sandoval me encantó. Me encantó su relación con Chaparro. Me encantó que fuera creciendo tan despacio; que aparezca de soslayo al principio, casi como figurita decorativa y se vaya volviendo cada vez más fundamental. “Es así”, me dijo Gusti, “Al principio de la película yo pensaba, qué raro Francella en un papel así, no tan importante. Y después resulta que el tipo es clave”. Cuando terminé de ver la peli tuve ganas de llamar a Gusti (pero eran como las 2 de la mañana, me hubiera matado) para decirle que no, que el personaje de Sandoval en el libro era distinto, tan distinto a Franccella. Y me encantó Franccella representándolo, ojo,  pero en el libro se ven tantos matices de este personaje. Tantos. Sandoval en el libro crece  sin ser fundamental en el avance de la trama, esa es la primera diferencia. No acompaña a Chaparro/Espósito a meterse en la casa de ningún extraño, no “descubre” dónde estará Isidoro, ni siquiera muere acribillado por la patota maldita. Y aun así, aun así sin ser “clave” para que avance la trama, es un personaje fundamental y absolutamente adorable.

En el libro, la amistad entre Chaparro y Sandoval está en primerísimo plano. Me animaría a decir, incluso, que supera la historia de amor que motiva el título y el fin de la novela: “porque Chaparro necesita responderle a esa mujer, de una vez y para siempre, la pregunta de sus ojos”.  En la película en cambio, todo gira alrededor del amor que une a Benjamín con Irene. Y es un amor correspondido, silencioso pero correspondido. Así lo indica la sonrisa de Soledad Villamil antes de cerrar la puerta en la última escena y los miles de gestos y palabras que le dedica a lo largo de la historia . En el libro, en cambio, probablemente porque solo tenemos el punto de vista de Chaparro, Irene se mantiene distante. De verdad no sabemos, puede que sí pero en realidad no sabemos, si Irene corresponde tanto amor.  Sigue siendo fundamental para la trama, pero no es el amor entre ellos lo que se nos cuenta sino simplemente el amor que siente él. Nos falta la otra mitad, y tal vez por eso la relación entre ellos en el libro es menos conmovedora que en el film.

Aun cuando la película no logra plasmar, por lo menos al mismo nivel, la riqueza espiritual de alguno de los personajes (no así los actores, de verdad creo que Franccella estuvo genial; es a nivel de “libreto” donde está la diferencia), creo que supera a la novela en otros aspectos. Por ejemplo, el final es mejor en la película. Mucho mejor. Desde la trama y desde el enunciado. Me parece más rico que Chaparro/Espósito descubra la verdad por sí solo (en el libro se la cuenta Morales en una carta de suicidio) y también que se oculten todas las pistas para que la audiencia lo acompañe en ese hallazgo. En el libro, en cambio, cuando todavía faltan muchas páginas para el final, lo vemos a Morales golpeando a Isidoro y metiéndolo en un  auto.  Sonrío al pensar en el SMS que le mandé a Gusti, con un dejo de soberbia que después, al ver la película, me avergonzó: “no me sorprendió el final”. ¡Claro que no me sorprendió el final, como no le sorprendería a ningún lector! No se borraron las huellas como en la peli, en el libro se nos mostró llanamente qué  pasaría. O por lo menos se nos insinuó. Creo que la sorpresa es un efecto genial para el lector/espectador, así que aplaudo a la película en este aspecto.

Aunque entiendo que en la película hubo que redefinir el papel de Irene como co-protagonista de la historia (como ya dije, en el libro Irene es un personaje menor, importante solo por el amor que le profesa Chaparro pero no porque esté configurado en primer plano, al contrario) no todos los esfuerzos en este sentido llegan a buen puerto. En el libro, Irene se mantiene completamente al margen del caso Colotto. Es Sandoval, en cambio, el que va acompañando todo ese proceso (y por eso su personaje crece tanto, tal vez). La escena en la que Sandoval consigue que Isidoro confiese el crimen es de verdad sublime. En la película, en cambio, me desilusionó totalmente la misma escena. Primero porque es Irene la que lleva adelante el interrogatorio. La jueza, la bella dama que deja su elegancia de lado para presionar al acusado. La escena me resultó ridícula. Era tan obvio que estaba instándolo a confesar, que lo único que me salió pensar fue “Este Isidoro es un imbécil, ¿no se dio cuenta de que lo estaba manipulando?”.  En el libro el criminal es algo más despierto. Y, por tanto, necesita de otro tipo de puesta en escena mucho menos obvia. Necesita de un borracho dirigiéndose siempre a Chaparro (no atacando al acusado, sino “olvidando” su presencia allí). Un borracho que no lo insulta ni insinúa su impotencia sexual, sino que se centra en desenmascarar la obsesión del asesino con la víctima, de traer en primer plano el rechazo que lo llevó a aquel crimen premeditado y brutal. Cuando terminé de leer esta escena,me di cuenta de que estaba absolutamente enamorada de Pablo Sandoval. Sacheri no tuvo que recurrir, como en la peli, a su injusto y doloroso asesinato para que el personaje nos conmueva. No tuvo que convertirlo en mártir para que lo adoremos. En el libro, Sandoval muere de cáncer.Y yo lloré de todos modos.

Por último, debo confesar que el escenario logró eclipsarme por motivos personales. Sacheri es de mis pagos, por lo que no es ilógico que gran parte de la novela transcurra en calles y lugares que yo conozco. Y fue un “plus” para mí. Familiarizarme con el entorno, apenas empieza a esbozarse, es como un gol a los cinco minutos del 1er tiempo; no había llegado al segundo capítulo que ya estaba adentro del libro.

Si siguiera ejerciendo como docente del secundario,  La pregunta de tus ojos estaría entre mis primeras opciones de lectura para los cursos mayores. La recomiendo para adultos también, lógicamente.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Alvaro
    Feb 02, 2012 @ 00:41:43

    SI te gusto el secreto de tus ojos, te recomiendo Papeles en el Viento. Es de lo mejor que leí con relación al fútbol, y eso que soy de ROSARIO, cuna del Negro.
    Me encanto tu relato

    Responder

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