Un tema duro

Título: Manuela en el umbral

Autora: Mercedes Pérez Sabbi

Ilustradora: Muriel Frega

Editorial: Edelvives

Colección: Ala Delta

Escribo esta reseña escuchando de fondo “El aromo” de Atahualpa. Manuela Luna, la protagonista, la canta varias veces en la novela. En esos pasajes, mi cabeza, como la de ella al final (aunque con otra canción), “la iba cantando solita sin que yo la acompañara con la voz”. No tiene ni un yuyo cerca. Es que Manuela, como le dice la detestable Pierina chica, vive “de prestado” con su tía y su prima Julia. Tuito el monte lo envidea. Y pienso otra vez en Aceituna Chica, en sus ojos brillantes por los celos,  cuando la escucha cantar en el club. Porque “tres, dos, una, como Manuela Luna no canta ninguna”. A pesar de eso, todos en Los Aromos conocen su historia (“¡pobrecita!”). Entienden porqué su carita hermosa (en palabras de Charo) es un poco triste también. Como no tiene reparo, todos los vientos le pegan. Es que en la vida de la protagonista hay un sueño negro. Una noche. Una noche que despertó sin sus padres.

El lector tiene todas las señas para reconstruir su historia. Es 1984 en Argentina. Es genial como Pérez Sabbi va mostrándonos el escenario: los personajes, apenas comienza la novela, chupando la bombilla del mate; era un bikini de lunares amarillos sonando en los parlantes; cámaras fotográficas con rollo; la aparición de las Barbies; los peinados con jopo; tiempos sin teléfonos en todas las casas (la tía de Manuela pidió la línea hace quince años y todavía…) y de ropa comprada por encargo (el provocativo palazzo de Julia fue traído de Brasil y pagado en 12 cuotas). Son los 80, claro, y no solo porque se nos de la referencia temporal exacta, sino también porque la época se pinta con precisión en un montón de referencias simpáticas y atinadas. A las pocas páginas de haber empezado el lector ya está metido de lleno en tiempo y en espacio. La democracia ha llegado hace poco. Todavía hay miedo. Todavía hay que tener cuidado con lo que se dice. Todavía se desconfía de los que están o estuvieron metidos en “algo raro”. Hay vecinas (representadas, curiosamente, en las figuras de Pierina grande, muy de alta sociedad, y Pilar, la portera bizcacha, ferviente defensora de la iglesia católica) que todavía murmuran por lo bajo (diría Sarita, como víboras venenosas) mientras algunos sectores de la sociedad comienzan a manifestarse: aparecen pintadas en los galpones, se comienzan a hacer películas que hablan de las injusticias, de los opresores, de eso de lo que no había podido hablarse durante tantos años. Efectivamente, cuando comienza la novela estamos en el umbral de la democracia. En esos tiempos confusos en los que algunas voces comienzan a elevarse a pesar del miedo. En el umbral, también, de la infancia de Manuela, cuando la inocencia va cediendo a favor de la búsqueda, el cuestionamiento, la constatación de su identidad. 

Y si bien la novela podría leerse sin saberes previos (al final se explica, por ejemplo, quiénes son las mujeres de pañuelos/pañales blancos en la cabeza que tuvieron el valor de expresarse en tiempos de dictadura), hay tantos pequeños, interesantísimos detalles desperdigados por aquí y allá, que sería una pena ─realmente sería una pena─ que se perdieran en la lectura. Y en parte por esto me animo a cuestionar la pertinencia de esta novela a la colección Ala Delta. O por lo menos, la recomendación de la contratapa, en donde se estima que el libro va muy bien para niños mayores de 10.  Yo no creo que vaya bien para mayores de 10. Tal vez de 12. O más, no puedo terminar de verlo claro. Hay muchas cuestiones demasiado complejas para un lector inexperto o desinformado. Y no subestimo a los niños, quienes me conocen bien saben que no. Simplemente creo que hay que darle tiempo al tiempo, porque si no corremos el riesgo de que nuestros hijos (o nuestros alumnos o nuestros sobrinos o nuestros nietos)   dejen pasar una buena lectura solo porque la abordaron antes de tener la madurez para hacerlo.

Y el libro de Pérez Sabbi es una buena lectura. Una lectura que requiere de ciertos saberes, ciertas estrategias y competencias que no estoy segura de que pueda tenerlas un niño a los diez años. Habrá algunos, claro, pero no generalmente, y cuando uno recomienda un libro hay que pensar generalmente y no en particular. Por eso esta salvedad. Por eso yo diría que Manuela en el umbral es para niños más grandes, más allá de lo que diga su contratapa.

 No diría que es un libro triste, pero sí –cuanto menos–melancólico.  No es raro: toca un tema profundo. Un tema que nos define como argentinos. Que nos sigue doliendo. Que nos increpa y nos condiciona. Un tema real. Tan real como seguramente fue la historia de Anahí Pereira Giuggiolini, la joven (oh, sí, sin duda será una joven de treinta y tantos) a quien la autora dedica el libro. A ella y a las otras “tantas infancias arrebatadas” que habitaron nuestra Argentina de los 70. El pequeño lector que aborde esta novela debería conocer ese contexto. Debería conocerlo para poder “vivirla” más a fondo. Para entender mejor (si es posible entender mejor aquellos tiempos oscuros de nuestra historia) cuál es ese umbral invisible que debe cruzar Manuela.

Pero la dificultad no se plantea solamente por el tema, sino también y más que nada por una  serie de recursos que se despliegan en la novela, que requieren de un lector experimentado. Saltos temporales (y no solo las más usuales retrospecciones, sino también varias prospecciones) que aunque tienen referentes clarísimos pueden no resultar transparentes para los pequeños lectores; ingeniosos símiles que “pescamos” por conocer un contexto histórico y sociocultural que la mayoría de los niños a los 10, ignora:  (“dos ford falcon de color verde aceituna, feos como los ojos de las Pierinas”); imágenes que reflejan, como en espejo, otras historias (la bataraza, loquita como la Filu porque de prepo la separan de sus pollitos; las langostas acuáticas que quedan indefensas cuando cambian sus caparazones);  algunos pasajes demasiado surrealistas (el sueño oscuro, la tan bella como críptica charla que Manuela entabla con su madre bajo el agua); intertextos  maravillosos y complejos ( ¿Tzu había soñado que era una mariposa o era una mariposa que soñaba que era Tzu?,  el entrañable viaje de Alicia al país de las maravillas, la misma canción de Atahualpa) que a su vez se multiplican como espejos infinitos en nuevas y significativas imágenes (¿era el silbato del afilador que parecía un pájaro o un pájaro que parecía el silbato del afilador?; Luna rodando por el túnel, haciéndole preguntas imposibles a una oruga que no tiene respuestas para darle; o cantando, con esa maravillosa voz que a través de una piedra asfixiante se eleva sin quejas, que en vez de morirse triste hace flores de sus penas).    

Y precisamente por estas mismas razones que me llevan a pensar en un público lector más “preparado”, la novela es súper recomendable. Por eso y sus muchos y riquísimos recursos; la belleza de algunos de sus párrafos (“Caminábamos con pasos cortos, haciéndoles cosquillas a las hojas secas”); las escenas simplísimas, cotidianas, atravesadas por la mirada inocente y genuina de Manuela, que nos dejan justito en el umbral (ah, sí, otra vez el umbral) de la congoja: “y a mí me saltó un dolor aquí en el pecho, por ni siquiera tener el cielo para jugar con mi mamá”.

Fueron muy pocos los detalles que no me cerraron, y tan subjetivos, que probablemente no debería siquiera mencionarlos. El personaje de Manuel  me resultó algo inverosímil en un punto: un chico de trece años al que se le ocurre por motu proprio cartearse con una chica, que además hace dibujitos en esas cartas y escribe canciones profundísimas. De Manuela, no me convenció su increíble capacidad para psicoanalizar sus propios dibujos: demasiadas precisiones para una niña que todavía no está segura de lo que está sintiendo. Y ahora yo misma pongo un matiz: acaso Manuel sea un León Gieco en potencia. Acaso Manuela tenga cierta intuición para entender aquello que guarda nuestra subconsciente.  Tal vez. Pero en principio fueron dos cosas que me hicieron algo de  “ruido”.

 Por otro lado, me gustó la proliferación de deícticos que nos dan la idea de que Manuela está hablando con nosotros: así la miré, aquí, etc., y la transcripción de algunas palabras que responden a nuestra pronunciación local: cuadriyé, pishar, daun. Me parece que estos detalles acercan al lector a la protagonista y generan un clima de cierta intimidad entre los dos. Y el final. Sobre todo me gustó el final, por no ser fatalista.  Hermoso ese amargo dulzor que nos deja el desenlace de la novela. Parecido al que sentí cuando terminé de ver aquella película legendaria en la que Scarlett O´Hara, sola y abandonada, levantaba la vista para decir: After all, tomorrow is another day. Para un tema tan denso, tan doloroso como la dictadura de los 70 en Argentina, cualquier otro final nos heriría de muerte.

Las ilustraciones de Frega son dulcísimas y expresivas. La tapa nos dice todo. Y la anteúltima, con la cabeza de Manuela llena de aromos, el nido en la rama y en una mano aquello que le “dará letra” sobre cómo seguir en esta vida dolorosa que se le presenta, me resultó especialmente bella.

Anuncios

3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Mercedes Pérez Sabbi
    Dic 14, 2011 @ 22:33:46

    Gracias Sol por tus comentarios. Se nota que realizaste una lectura profunda y sincera. La recomendación para una franja etarea mayor es un tema de largas conversaciones; sobre todo con las editoriales. Igualmente, yo pienso que es preferible que sea más abarcativa que restringida. Me conmovió saber que leías en compañia de la cancíón del aromo. A mí también me acompañó mientras la escribía y me ayudó a desatar varios nudos que se me hacían en el pecho.
    Va mi afecto. Mercedes Pérez Sabbi

    Responder

    • solsilvestre
      Dic 14, 2011 @ 23:14:57

      Querida Mercedes, cultivo este espacio cuando el tiempo me lo permite. Así nació, sin presiones, y solo movido por las ganas de charlar conmigo misma sobre mis últimas lecturas. Cuando comencé a recibir material de las editoriales, la cosa dejó de ser tan relajada. Tiene un lado bueno, claro, ya que por mi cuenta no podría comprar tantos libros por año, pero por el otro me siento todo el tiempo en falta, “atrasada” con mis lecturas. En esos momentos, te aseguro, he pensado en tirar la toalla. Pero de golpe me llegan comentarios como el tuyo y son como una inyección de vitaminas. Gracias por pasar por aquí y dejar tu huella. ¿Qué mejor honor para un lector que poder cruzar unas palabras con un autor que ha leído? Gracias, en serio.

      Responder

  2. Mercedes Pérez Sabbi
    Dic 15, 2011 @ 00:02:35

    No tires la toalla, Sol, que los autores/as necesitamos de la mirada que nos distancie y vuelva acercar al texto, desde ese Otro lugar que nos retorna lectores.
    Gracias a vos.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: