Un buen policial

Título: Octubre, un crimen

Autora: Norma Huidobro

Editorial: SM

 

Desde el comienzo, esta novela me llenó de preguntas. ¿Por qué el título se construye como un predicado nominal antes que adverbial? ¿Por qué no es En octubre, un crimen? Y no digo que sea un error, sino más bien una provocación para el lector un poco más versado en la gramática del español. Contruido como un predicado adverbial el título sería indudablemente explícito y literal. Quiero decir, todo estaría puesto sobre el tapete: “en el mes de octubre ocurre (u ocurrirá) un crimen”. Toda la información allí. Sin secretos.

Pero no. Es un predicado nominal. El mes de octubre no está funcionando como un mero localizador temporal. Es más, mucho más que eso. Porque si la novela se hubiera llamado “en ocubre, un crimen” el título nos hablaría de octubre de 1958, del crimen de Elena, y de nada más. Pero la novela nos habla también (y probablemente más que nada)  del octubre de Inés. De Inés que descubre una carta reveladora en el ruedo de un vestido antiguo. De Inés que es capaz de volver intemporal aquel octubre. De volverlo más nominal que circunstancial. Porque octubre es la carta de Elena. Octubre es la búsqueda incesante de Inés. Es Amparito y su militancia.  Es el perfume de las flores del paraíso. Es el Parque Lezama de ayer y el Beccar de hoy. Eso, eso sobre todo: octubre es el puente que une pasado y  presente. Un puente que permite arrancar del olvido un crimen irresuelto. Octubre ese ese crimen y también su recuerdo. Octubre no es la marca temporal: es el hecho, el nombre, el sustantivo.  Y por eso el título.

Me gustan los personajes. Mucho. Me gusta cómo se rompen los estereotipos. Los chicos que ayudan en la casa equitativamente: Juanjo, Javier e Inés. Todos ellos sin distinción de sexo o edad lavan los platos, hacen los quehaceres del hogar, van de compras, cocinan. Uno por vez. Y si el equilibrio se rompe, allí estará mamá poniendo las cosas en orden y repartiendo las tareas nuevamente. Me gusta también la amistad que Inés encuentra en Amparo. Una chica de clase media y una señora que fue empleada doméstica en el pasado y cuida abuelos en el presente. Me gusta que la diferencia social nunca se note. Que el afecto y la confianza cedan naturalmente, porque no importan los años de distancia ni el nivel económico.

El estereotipo está, en cambio, en la familia de Ayelén. Y está muy bien que  esté ahí porque este procedimiento permite ridiculizarlos.  Los Luises y su hija son patéticos y, en este sentido, muy cómicos. Verlos llegar desde Punta del Este a San Clemente en avión, por ejemplo, nos permite distendernos por un rato. En medio del hallazgo criminalístico, de la preocupación y la intriga, sonreímos. Y esto le da dinamismo a la historia, le quita tensión por un momento, es como una bocanada de aire para el lector. Un acierto, sin ninguna duda.     

La novela tiene, además, todos los condimentos del relato policial: la intriga, la pesquisa, los datos distractores y los orientadores. El giro inesperado sobre el final. Y en este giro — eso sí– le pongo la única pega al libro ¿Y cómo explicarlo sin echarle  a perder la novela a nadie? Quiero decir, ¿cómo lo digo sin contar el final? Voy a intentarlo así: Inés y Amparo descubren a las dos personas involucradas en el asesinato de Elena. La identidad de una de ellas cae como un bofetazo para el lector. Sorprende, es cierto; y esto suele pasar en los buenos policiales. El lector tiene sobre sus narices todas las pistas pero no logra descifrarlas  a tiempo ¡Cuánta adrenalina genera eso! Uno tiene ganas de abrazar el libro y también de arrojarlo contra la pared: “¡Claro! Pero…¿Cómo no me di cuenta?”, el buen policial genera eso. Y por supuesto, mi pega no está ahí sino en la trama. El móvil. ¿Cuál es el móvil?, porque no lo veo. Los asesinos (ninguno) son herederos de Emilio. ¿Por qué matarlo entonces? Está bien, digamos que María de Bilbao no es un testigo de los más fiable. Digamos que pudo haberles mentido por segunda vez. Digamos que Inés no terminó de descifrar el misterio, aun cuando llegamos a las páginas finales del libro. Digamos que el libro termina, entonces, “picando”. Que bien podría escribirse una segunda parte en la que se nos relate, por ejemplo,  cómo fue que las vidas del doctor de Bilbao y de la señorita Osorio se cruzaron. Cómo terminaron involucrados en un crimen (o dos) que no los beneficiaría en absoluto. Tal vez, el reto sea para el lector. Tal vez esté en él improvisar una respuesta. Después de todo, los buenos policiales también generan eso: nos vuelven detectives, perspicaces, nos hacen extrañar la mirada y desconfiar de todo. Hasta de ellos.

Un novela para mayores de 12, que mantendrá al lector en vilo e interesado desde el inicio al fin.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. María Gabriela Belziti
    Feb 28, 2013 @ 02:18:09

    Me encantó esta novela. Llegué a ella leyendo algunos capítulos en la revista imaginaria y cuando llego hasta el final de ese adelanto, me vuelvo loca por saber cómo sigue. Y salgo corriendo (es literal) a una librería. Lo consigo, lo traigo a casa y lo leo. Hasta que no termina no lo abandono. Me encanta.
    Saludos

    Pd: ¿cómo se hace para acercarte algún libro?

    Responder

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