Viaje al pasado

Título: Tuerto, maldito y enamorado

Autora: Rosa Huertas

Editorial: Edelvives

Colección: “Alandar”

Esta obra me hizo desempolvar un montón de recuerdos. Por un lado, mis pasos por Puán. Sus enormes corredores, los puestos de libros al pie de la escalera, Boquitas Pintadas en el subsuelo. Mucho humo (todavía, cuando yo estudiaba, no se había promulgado la ley antitabaco). Los pasos arrastrados de la mayoría. El tumulto frente a la cartelera. Las largas colas para inscribirnos (ah, no, entonces ni soñábamos con internet). Panki en el Cefyl. Las fotocopias. Las portadas: políticas, inquisitivas, reaccionarias. Sus preciosísimos epígafres: recuerdo especialmente el de la Utopía de Galeano. Allí lo leí por primera vez: en un apunte y no en libro. Las mochilas batik. Mis polleras hippies. Mis aros hippies. Mis sandalias hippies. Las clases de Española II (ah, sí…¡ya llego al clímax de mi memoria, al hilo invisible que se ata entre el libro de Huertas y mis pasos por Puán!). Cómo disfruté esa cursada. No sé si las clases fueron magistrales (recuerdo algunas de Vila, con sus chascarrillos y su apasionada disertación sobre Garcilaso). Pero ni siquiera sé quién nos habló de Lope. Aun así,  sus libros me fascinaron. Había leído algo en el secundario pero no es lo mismo. Verlo en contexto, con absoluto detalle, a la luz de algunas lecturas teóricas interesantes es otra cosa. Es viajar hasta el 1600. Es caminar por las calles madrileñas (esas mismas que va nombrando Huertas: Cantarranas, del León). Es Meterse a los Corrales de Comedias y disfrutar allí, entre el público, chitando el bullicio y adiestrando la oreja. Sintiendo (para bien o para mal) esos olores que  sin duda se meterían en el medio de la escena aunque esta trasncurriera en Ciudad Real o en un palacio suntuoso.

Y esto mismo es lo que logra hacer Elisavé. Transportarse en el tiempo. Moverse ella misma –como un  fantasma, qué cosa– hacia una época distante que se vuelve sorpresivamente  cercana. Y entonces sobrevino en mí  el otro recuerdo: las visitas de Elisavé  a  la Casa-Museo de Lope me llevaron en vuelo directo hasta Madrid. A un recuerdo mucho más vivo que el que recupero en las fotos: la callecita angosta, el oratorio, el pintoresco mobiliario que vuelvo a ver en el papel (ah, no, tampoco tenía cámara digital entonces) me hacen sentir algo de nostalgia, y me sorprendo a mí misma musitandor un “¿te acordás?” como si alguien además de mí misma estuviera mirando ese álbum. Pero el libro de Huertas fue más allá. Elisavé logró transportarme con más fuerza, mucha más, que mis propias fotos. Que mi propio viaje. Que mi realidad. Cuando la joven se sienta en el huerto-jardín y cierra los ojos, Elisavé soy yo. Así de profundo me caló esa escena. Para mí también desapareció “el rugido de los coches y pude escuchar el viento abanicando las hojas de los árboles, el canto monótono de una cigarra y los cacareos desacompasados de unas gallinas. Sabía que aquellas impresiones no podían ser reales: no pertenecían a mi tiempo” (ni a mi tierra, tendría que apuntar yo).  Qué lindo cuando un libro te genera eso.

Pero más allá de mí (entiendo que la novela pudo haberme tocado de cerca por una cuestión bien personal, ¡adoro a Lope!) tengo muchos otros motivos para recomendar el libro. Me gusta cómo Huertas deconstruye los estereotipos: una madre que se ha ido de la casa pero que de ningún modo es abandónica, un padre racista que genera empatía –y a veces, hasta pena– en el lector, una hermana superflua pero amorosa, una loca que termina salvando a Elisavé de la locura.  

También las reminiscencias a un mundo bien real y comprobable: el colegio San Isidro adonde otrora estudiaron alumnos ilustres como el mismo Lope , Calderón de la Barca y Quevedo; las calles del Madrid de hoy: Cervantes, Huertas, Lope de Vega y, sobre todo, Toledo; la escalofriante historia del obispo Narciso Martínez Izquierdo, y la más conmovedora historia de Lorenzo. Todo esto embellecido por un manto de ficción que Huertas construye sustentablemente:  La verja del San Isidro, su claustro, las piedras y las águilas coronando los arcos y creando la atmósfera para presentarnos al fantasma; la casa museo con espectros habitando los espejos; las ánimas en pena poblando las calles solitarias. 

La novela no escatima tampoco en intertextos que enriquecen la historia: la cabaña de Robinson, la contienda entre Quevedo y Montalbán, y esto solo por mencionar algunos. Los juegos de palabras, por otro lado,  son geniales: el Rico o el Cardo Ricardo, Belisa o Elisavé. La circularidad y los destinos que a través de los años se repiten: La historia de Antonia Clara es también la de Lina y la de Elisavé.    

Si por un momento el personaje de Elisavé me pareció anacrónico (qué espiritu anciano para ser tan joven), no deja por ello de ser verosímil. Yo misma puedo servir como parámetro: también me divertía en la adolescencia haciendo los trabajos de Literatura de otros, y quedándome leyendo mientras el resto paseaba. También me habría enamorado, irremediablemente de Lorenzo. Tanto, que no habría podido manejarme con la sensatez de Elisavé. La historia de amor que finalmente acepta es más segura, más racional, más justa pero deja al lector con un sabor amargo: ¿no es ese amor simple gratitud? Como sea, no es una pega porque así es la vida. Es que otra vez se entremete mi subjetividad: porque así como no dudo de la existencia de los fantasmas (ah, sí, Elisavé, soy digna de tu historia) también soy creyente de un amor tan hiperbólico como imposible: ese que puede perdurar a través de los siglos y traspasar los umbrales que separan la vida de la muerte, la realidad de la ficción.

Para mayores de 12, una novela dinámica, deliciosamente compleja y entretenida.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Rosa Huertas
    Oct 21, 2011 @ 11:20:18

    Mil gracias por este maravilloso cometario. Me has emocionado:
    ROSA HUERTAS

    Responder

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