¿Por qué cantáis la rosa?

Título: Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores

Autor: Ignacio Sanz

Ilustradora: Patricia Metola

Editorial: Edelvives

Como en un mapa del tesoro, este libro nos ofrece varias pistas y uno siente la necesidad de buscar.  Buscar en la memoria, acaso: mi último recuerdo de Huidobro se quedó en el aula magna de Puan, en esas clases multitudinarias de Teoría y Análisis Literario, donde con respeto y pavor escuchaba a Panesi, un poco esforzándome por entenderlo y otro poco rindiéndome a la evidencia de que no lo entendía en absoluto. Hiodobro fue un nombre que sonó entonces, junto con Apollinaire, Tristan Tzara y Breton. Lo leí con curiosidad y extrañeza, tan simple y tan complejo al mismo tiempo. No es raro que aparezca en un libro para niños. No me he dedicado a la poesía, y debo reconocer que toco un poco de oído en todo esto, pero de todos los movimientos poéticos que recuerdo ninguno me pareció más infantil (en el mejor sentido de la palabra: en lo genuino, lo profundo, lo más puro)  que el creacionismo. ¿Por qué cantáis la rosa, oh, poetas?/ Hacedla florecer en el poema, nos cantaba Huidobro en su arte poética como haciéndonos notar un error evidente y ridículo; como si el valor referencial de un poema fuera lo más nimio, lo más insignificante y banal de sí. Y Sanz aprovecha esa sabiduría infantil que Huidobro conservó de adulto. Lo hace personaje de su historia y se lo presenta a los niños. Con sus extravagancias y rarezas. Con sus fiebres creativas y ausencias en presencia. El Huidobro de las utopías y de los intentos. Y lo mejor de todo: lo construye desde la mirada de sus propios hijos, Vicentito y Nela, que tienen que aceptar jugar a ser adultos para mantener con vida los trescientos ruiseñores que su padre quiso cargar en el barco desde España a Chile; en el mismo barco donde viajan ellos y Jacinta, su vieja vaca lechera. A través de una bitácora que por turnos completan los dos niños, espiamos un poco la labor del poeta: sortear las dificultades (los ruiseñores comen insectos), buscar soluciones creativas (dejar pudrirse la comida para que las moscas no escaseen en el alta mar), aceptar las pérdidas (primero uno, después siete, más tarde cien ruiseñores en un día) y no dejarse vencer aun vencidos (“Ahora vamos a olvidarnos de la poesía y de los ruiseñores. (…).  Quiero pasear abrazado a mi familia contemplando el mar”, pág. 160 ).  Y así, Sanz consigue ser digno del poeta: no ha cantado el sueño de Huidobro, lo ha hecho florecer.

Este libro obtuvo el XXI Premio Ala Delta. En la contratapa se sugiere para niños mayores de 11, y yo exiendo esa sugerencia:  para  adultos que tengan ganas de redescubrir al poeta.

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