Perder para encontrar

Título: El día de las cosas perdidas

Autora: Lilia Lardone

Ilustradora: Gabriela Burín

Editorial: Edelvives

Una de las cosas que más me gustan de los libros de Edelvives es la comunión que generalmente consiguen entre texto e imagen. Va más allá de una estética o un estilo:  las ilustraciones de sus libros siempre cobran significado y en este sentido “cuentan” tanto como el texto mismo. Y El día de las cosas perdidas  no es la excepción.

En el libro, el tiempo se ordena en tres momentos: “por la mañana”, “por la tarde” y “por la noche” que se anuncian  como una pieza de puzzle, a modo de cartucho de historieta, en el margen superior de las páginas 7, 23 y 37.  

Cuando narramos lo que sucede en un día, un día como cualquier otro día, el relato peligra. ¿Qué contar? ¿Cómo hacer avanzar la historia? ¿Cómo mantener la atención del lector? Como quien arma un rompecabezas, Lardone nos va mostrando retazos de una narración que alcanzaremos a ver, completa, recién en las últimas páginas. Cada uno de esos retazos  parece una historia diferente: las cosas se pierden, la abuela cuenta un cuento, el Hada y la princesa Rosaluz cumplen deseos. Cuando esas historias –aparentemente diferentes– confluyen en una sola historia, un día como cualquier otro se vuelve interesante para ser contado. Camila, la protagonista, hace que el mundo posible que le cuenta su abuela en el relato del Hada y la princesa Rosaluz se le cuele en su mundo efectivo (¡Tipitaun!) y las cosas perdidas aparecen como por arte de magia, cumpliendo todos los deseos de la niña.

El trabajo de Burín no es menor. Por ella sabemos que la madre de Camila es ceramista; que su padre lleva el cabello largo, atado con coleta; que la familia toda es un poco desordenada (el detalle del papel higiénico debajo del sofá es genial). Enseguida se pone en funcionamiento el estereotipo; el buen estereotipo, ese que nos ayuda a representarnos mejor el mundo posible que se nos está contando: artistas, bohemios, un poco hippies, pacifistas (“Eran mejores los dibujitos de antes”, dice la abuela preocupada por las armas superpoderosas que usan los personajes de la tele), los integrantes de esta familia ayudan a que la “magia” se produzca. Y en esto se conjugan texto e imagen a la perfección: las llaves del auto aparecen cuando ya es tarde para ir al parque, pero por suerte a la mamá de Camila (la artista, la ceramista) no le preocupan tanto los horarios: “Por mí, vamos”. Y entonces, sí, como en un puzzle, todos los elementos encajan: el texto, las ilustraciones, el título, el cuento dentro del cuento que es un solo cuento. 

Para niños mayores de 6, y padres artistas, bohemios, pacifistas, un poco hippies, de esos que perdemos cosas a menudo solo por la magia de volver a encontrarlas.

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