Un regalo inesperado

Título: Boy (Relatos de infancia)

Autor e ilustrador: Roald Dahl

Editorial: Alfaguara

Los regalos inesperados siempre son los mejores. Y este libro lo fue. Estábamos en Carmín, para hablar sobre el proyecto UBACYT que tenemos en curso con la gente de la cátedra Reale en la Facultad de Ciencias Sociales. Fue una reunión atípica porque estábamos solas. Analía (la Profesora Titular, la directora del proyecto y la amiga) y yo. En medio de una maraña de cables y una notebook que se negaba a aceptar la contraseña para gozar del wifi, me lo dio. Lo hizo disculpándose (Analía es la única persona que conozco que siente la necesidad de pedir disculpas cuando regala algo) porque el libro estaba usado. A continuación, me mostró sus dotes artesanas: estaba roto en la contratapa y a mí me lo entregaba, en cambio, prolijamente encuadernado. Que había sido de Diego. Que Martín tenía el propio. Que como tenía dos en la biblioteca y sabía que a mí me gustaba Roald Dahl… No sé si entonces pude verbalizar un poco de lo mucho que me generó su gesto. En mi vida, como lectora y como escritora de LIJ, hubo un antes y un después de Roald Dahl. Lo habíamos hablado con Analía un par de veces, y recuerdo que me pareció liberador. Tengo una suerte de doble personalidad bien manifiesta y para nada inconsciente: trabajo en un ambiente académico pero soy la antítesis del intelectual. Me aburren los congresos y los trabajos de investigación, casi todos. No me interesa la política. Me da vergüenza hablar en público. Y cuando hablo, por esas malditas leyes de Murphy, la cantidad de fursios que cometo es directamente proporcional a la cantidad de colegas que me estén escuchando. No entiendo la mayoría de los chistes inteligentes ni las películas de culto. Soy terriblemente insegura y siempre me parece que sé poco sobre todo. Que leí poco. Que, por lo menos, no leí lo debido. Que me falta vocabulario académico y concentración. Con todo esto, ser docente de la UBA (¡precisamente de la UBA!) me parece un don o un error  (todavía no me decido). Así que poder hablar con Analía de Roald Dahl, de mi interés por la literatura infantil, de la pasión que me despierta todo este mundo que está tan pero tan lejos del medio universitario donde nos movemos, fue una especie de terapia curativa para mi síndrome bipolar. Supongo que a partir de entonces se empezaron a desordenar las etiquetas y aquella tarde, antes que con la Profesora Titular y la directora del proyecto,  almorcé con la amiga. Es curioso cómo un libro sobre  intimidad (no se me ocurre una definición mejor para “autobiografía”) nos ayudó a intimar.  Es una tranquilidad para mí saber que ella me conoce tanto, que a pesar de eso sigue generando espacios para mí y jamás me niega la oportunidad de aprender, crecer y mejorar un poco.  Me gusta que compartamos la admiración por Roald Dahl. No (solo) por Eco, Foucault, Bordieu, Barthes o Lévi-Strauss. Por Roald Dahl, que fue un protegido de  la (vulgar) industria hollywoodense. Que pudo haber escrito para todos pero eligió escribir para los niños. O por lo menos, sobre todo para los niños. Como este libro. Porque lo más admirable de Boy, relatos de infancia es ese lector implícito que late en todas sus páginas. Una autobiografía para niños. Sí, para niños. Este libro es especialmente delicioso para ellos: divertido, dinámico, interesante y absurdo. Como Dahl. Para colmo de aciertos, sus propios dibujos, sus cartas, sus fotografías e informes escolares. Una autobiografía documentada que nos hace reír y ponernos serios, emocionarnos y enojarnos a veces sin tener que movernos de la misma página. Y hubo una sorpresa más: hasta que leí este libro, estuve convencida de que Roald Dahl era increíblemente creativo, que no había nada en él mejor que su imaginación. Pues no, hay muchas otras cosas y Boy, relatos de infancia es la prueba de ello: cómo lograr que la cruda realidad sea entretenida, incluso para niños de 10 años, es un misterio que este maestro de la literatura infantil se llevó a la tumba. Sí, los mejores regalos son los inesperados. ¿Sabrá Analía que aquella tarde me regaló tanto?

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