Corazón

Título: Corazón

Autor: Edmundo de Amicis

Ilustrador: Pablo Pereyra

Editorial: Clarín, Colección Robin Hood

Por supuesto había leído algo de este libro. En manuales, en antologías, en recompilaciones de lecturas escolares. De los Apeninos a los Andes, por ejemplo, lo leí más de una vez. Pero es distinto ¡muy distinto! leer Corazón de un tirón. Terminé con una especie de coma diabético, si se me permite la antipática comparación. Por momentos, debo confesar, tanta moralina edulcorando el texto me empalagó un poco. Tuve que abandonar la lectura para retomarla después de varios días, como cuando uno se empacha y deja de comer chocolate por un tiempo hasta sentirse mejor.

Pero es un clásico, que alcanzó 41 ediciones a los dos meses y medio de publicación, que se tradujo a un montón de idiomas y se ha leído en casi todos los países del mundo, que generó producciones cinematográficas y televisivas y que las editoriales educativas publican y republican una y otra vez. Y entonces vuelvo a Calvino y sus muchas  respuestas a la pregunta “¿Por qué leer los clásicos?”. Y  entiendo un poco que Corazón hay que leerlo “porque persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone (…), porque trae impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí  también la huella que ha dejado en la cultura que la concibió”.

No recuerdo muchas cosas de mi tío abuelo Enrique (yo tenía 8 años cuando él murió) pero tengo en la memoria una imagen: su comentario orgulloso del libro de Amicis, la alegría que le producía que el protagonista fuera su tocayo, sus elogios a este libro que “lo marcó”. Acaso en otras épocas sí se precisaba de la moralina, después de todo. Mi mirada desde este presente latinoamericano es muy diferente a la que se tenía entonces. A mí no me gusta ese patriotismo exacerbado que se pone en primer plano en el libro. No me gusta que el pequeño patriota paduano devuelva las monedas que tanto necesita para sobrevivir solo porque los dadivosos le hablan mal de Italia. Me enoja soberanamente la muerte, innecesaria, del pequeño vigía lombardo.  También la invalidez del tamborcillo sardo y más todavía los dichos de aquel que lo manda a morir (¡a los 14 años!) en nombre de su patria: “Desángrate, muere, desgraciado, pero llega”.  No me gustan estas cosas porque vivo en un país donde la patria se cobró muchas vidas, demasiadas; donde murieron muchos jóvenes en medio de una guerra innecesaria, bestial y ridícula. Es mi mirada sudamericana, contemporánea y anacrónica la que se interpone. Desde este siglo XXI es también inconcebible la diferencia de status entre maestras y profesores, casi tanto como la organización patriarcal de la familia o la exposición lastimosa de los desvalidos a los que el autor termina discriminando sin querer: hay que tener pena de los ciegos, ¡Pobres! Y en medio de un sistema educativo en decadencia, nos resulta grotesco, hiperbólico, inverosímil  que las maestras se mueran de tisis a causa de las exigencias de la escuela; que los alumnos salgan avergonzados, con los ojos llorosos, de la oficina del director que no castiga pero les enseña a reflexionar; que estudiar se plantee como un desafío que solo alcanzarán unos pocos. Ese determinismo social también molesta, que se dé por sentado que  solamente los hijos de padres instruidos continuarán sus estudios más allá de la enseñanza primaria y se levante el dedo para decir que no hay que menospreciar al que realiza un oficio porque ser pobre  no es indigno ¿ser pobre no es indigno? Indigno para la raza humana, haya estudiado o no. 

Me gustan, en cambio, otros valores que también se rescatan. Como la generosidad del pequeño escribiente florentino,  la perseverancia del niño que busca a su madre sin cansancio desde los Apeninos a los Andes  y la caridad del enfermero de Chacho. Me gustan los capítulos cortos y titulados. Me gusta el maestro serio pero cariñoso. Me gustan los pasajes conmovedores, y la humedad de mis ojos cuando lo “siento” sufriendo a Garrón.  Y aunque la excesiva corrección de Enrique a veces me fastidia, no la encuentro del todo inverosímil si pienso en el panóptico de Foucault: si yo supiera que mi padre va leer lo que escribo, mediría mis palabras; diría precisamente aquello que aquel querrá leer.        

El libro así enterito es genial para nosotros, los adultos. Conocer la representación social que se  tenía sobre el mundo en otra época es por lo menos valioso.  Pensar en el pasado pero, más, en cómo se pensaba en el pasado nos permite revisar el presente y redefinir nuestra identidad actual. Con los logros y los fracasos. Los errores repetidos y las tragedias imperdonables. Por eso hay que leer los clásicos, como decía Calvino: “porque te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizá en contraste con él”. Con los niños compartiría algún cuento mensual, los menos dolorosos. Pero hasta ahí: a las nuevas generaciones, me parece, les costará tragar tanta moralina. Anacrónica, además.

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