Robin Hood

Título: Robin Hood

Autor: Anónimo

Ilustraciones: Ernesto García

Editorial: Clarín, Colección Robin Hood.

Nunca había leído Robin Hood. Supongo que habré visto la película (esa con Kevin Costner, algunas imágenes se me aparecen sin mucha conexión entre sí pero evidentemente algo habrán dejado en mi memoria) pero no creo que por ella haya retenido un aluvión de nombres propios como Sherwood, Pequeño Juan, Fraile Tuck, Evil Hold, Guy de Guisborne que volvieron a mí apenas me aventuré en la lectura. Puede que haya escuchado la leyenda en boca de papá, cuando niña, porque ahora me vengo a enterar de que fue su primer gran libro leído o que simplemente la haya absorbido del acervo cultural como la mayoría; o de los dichos populares: ¿quién no ha escuchado “es como Robin Hood” en algún momento de su vida? Como sea, nunca había leído Robin Hood pero conocía su historia. No me sorprendió su alma benévola ni su arrojo, su infalible puntería ni su astucia. Ni la muerte de Mariana, ni la injusta vara con que Juan sin Tierra midió la vida de su gente. Ni los crímenes de la clase alta. Ni la crueldad de un sistema que protegía a los poderosos y desamparaba a los débiles.

Lamento no saber de quién es la versión. La palabra “anónimo” en las primeras páginas me molesta, porque alguien debió escribir el texto que leí. Alguien tuvo que haber puesto algún orden. Titular los capítulos. Ofrecernos a cuentagotas la historia que nos mantiene inmersos en el bosque de Sherwood, allá por el  medioevo, atentos a la flecha de un héroe que está dispuesto a poner en orden el universo, aunque se ofrezcan 40 monedas de oro por su cabeza. Y este autor anónimo debió ser moderno, posterior a Cervantes porque hay reminiscencias del Quijote en la novela. Se rememora en ella la noche en que el caballero de la triste figura custodia sus armas y en más de una ocasión se dice que Robin es “desfacedor de entuertos” como nuestro héroe hispánico. La puesta en funcionamiento de todo un aparato histriónico que hace salir a los hombres del rey despavoridos, aterrados por los encantamientos del bosque, nos hacen rememorar el esfuerzo de los duques por sostener una improbable Barataria para Sancho y un escenario acorde a las expectativas de nuestro querido manchego.

Robin, como Don Quijote, se entrega a la muerte cuando la realidad por fin lo abofetea: no es posible ganarle a un rey. Ni siquiera a un rey ridículo como Juan sin Tierra. Y es que las acciones despiadadas del monarca y sus nobles poderosos no pueden evitarse para siempre. Robin las demora, sí, pero antes o después la injustia vendrá a desbaratarlo todo. Robin salva a Silbald, el esclavo, para que un capítulo después sea atravesado por su propia daga. Libera a su compañero Will Scarlett, quien es asesinado en el bosque poco después. Y a la misma Mariana, a quien dos veces  rescata de las manos enemigas para que poco antes del final muera finalmente en sus brazos, entregada a ese destino del que no podría escapar.

El rey del bosque, al final, tendrá que aplicar la ley de Juan. Tres muertes cargará sobre su espalda para vengar a Scarlett y a Mariana, entonces es cuando su imperio comienza a decaer. La única forma de mantener el control es jugar el juego sucio del rey, y nuestro héroe es demasiado noble para soportarlo.

Adoro las historias legendarias. Las que consiguen mantenernos en vilo aun cuando conocemos a la perfección la trama; las historias que, aun llenas de clisés y lugares comunes, logran contagiarnos del espíritu épico que más allá de la hipérbole y la utopía nos sirven como vía de escape en esta realidad contemporánea y antiquísima al mismo tiempo: cuántos Juan sin Tierra, cuántos Isambart de Bellame, cuántos hermanos Rainault, cuántos Guy de Gisborne nos acompañan los pasos ¡y ningún Robin Hood que nos defienda!

Para niños mayores de 10, y adultos románticos como yo.

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