Cuentos de navidad

Título: Cuentos de navidad

Autor: Charles Dickens

Ilustrador: ?

Editorial/Colección: Robin Hood, Clarín

En este mismo blog, hace un tiempo conté que la Colección Robin Hood había vuelto al ruedo en una versión rústica y económica. Ya era una buena noticia, pues los títulos de esta colección siempre han sido caros para mí. Mis primeros recuerdos de niña lectora me traen una imagen borrosa pero indudable: una biblioteca de madera oscura llena de lomos amarillos, sobre la pared de uno de los dormitorios más concurridos de Doña Victoria: la pieza de los chicos, allá donde nos juntábamos todos. Lo recuerdo a mi primo Hernán con Azabache y Colmillo Blanco bajo el brazo. A mí me gustaban especialmente los de Louisa May Alcott.  Y el día que a mi mamá se le ocurrió contarme que Mujercitas era la historia de su autora, decidí que cuando fuera grande quería convertirme en Josephine March. ¡Si me habrá marcado el camino esta colección, entonces!

¿Cómo no iba a emocionarme la reimpresión de estos clásicos, con sus tapas duras, sus ilustraciones (recuerdo siempre las de sus guardas, una madre leyendo y un montón de niños alrededor. De fondo, una biblioteca que se parece a la mía, esa con la que soñaba de niña y que se volvió realidad en mi adultez) y esos títulos que “hay que leer” porque por algo han sido incluidos en la colección de libros que valen la pena.

Con todo esto, me propuse dos cosas: comprar todos los títulos (los tuviera o no) y leer (o releer) uno por uno, sin excepción. Y bueno, terminé con el primero, Cuentos de navidad. Increíblemente nunca había leído  A Christmas Carol, cuyas distintas versiones cinematográficas, por supuesto, he visto más de una vez. Recuerdo incluso una de Disney, en la que Scrooge era interpretado por  Tío Rico (ahora creo que le llaman Mc Pato) y Donald era , por supuesto, su sobrino alegre y despreocupado.  

A Dickens no lo leía desde la Universidad, pero no fue problema perdonar a ese narrador prepotente que a cada rato nos hace notar su omnipotencia: es tan maravillosa su prosa que tiene sobradas razones para la soberbia que casi me resulta simpática a pesar de haberme formado como lectora “moderna”, esa que aceptó mansamente la sentencia de muerte que Barthes y muchos otros levantaron contra los autores. Es que a los autores de antes les gustaba sobremanera confundirse con los narradores. En este sentido, Dickens habría sido guillotinado en nuestra época  y si los lectores modernos le han perdonado la vida es porque, precisamente, es Dickens: con su ternura, su sencillez narrativa, su justicia póética y su moralina, que tampoco me enojan porque es tan cruda la realidad que me cuenta que no soportaría un final construido en este mundo efectivo y despiadado en que vivimos. Me gustan mucho más los finales de Dickens, que serán poéticos e inverosímiles pero nos dejan en paz con la historia narrada.

Del otro cuento incluido en este libro, Las campanas , voy a hablar un poco más. No nos es tan familiar como el de Scrooge, que yo sepa ni siquiera ha tenido una versión cinematográfica. Trotty Veck es un mandadero (lógicamente, pobre) que vive con su hija Meg y tiene que soportar los abusos de la clase pudiente (encarnada en el regidor Cute), de un sistema político que intenta convencerlo de que no se merece más de lo que tiene. O peor: que se merece exactamente lo que tiene. La ironía del narrador, como en Oliver Twist, es constante. Parece hiperbólico lo que nos cuenta, pero no lo es: podemos constatar en cualquier libro de historia  que así, ridículo e insotenible, fue el sistema político de Gran Bretaña durante mucho tiempo. Y aunque las campanas de Dickens nos digan que el tiempo le fue dado al hombre para su perfeccionamiento, aunque por supuesto –tan propio de él– el autor no contó un final feliz, si echamos una mirada a este mundo efectivo que tenemos, que heredamos, que seguimos construyendo, nos sentiremos desolados. En nuestros pagos, Hernández denunció algo parecido hace más de cien años. Y seguimos haciendo la misma denuncia los que sostenemos que ningún pibe nace chorro. Para esto también sirve la literatura, para abrirnos un poco la cabeza, para ver la realidad desde la distancia de la ficción y comprobar que estamos donde estamos porque queremos, porque lo permitimos, porque nos convencieron –como a Trotty– de que tenemos exactamente lo que nos merecemos. Ojalá los muchos regidores Cute que siguen viviendo en nuestra Tierra intentaran escuchar de vez en cuando lo que dicen las campanas de Dickens.

Anuncios

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Karu Muller
    Ene 04, 2012 @ 02:57:51

    el libro de charles dickens lo q lei me gusto y la historia te atrapa pero claro diran q la pelicula es lo mismo en deves de leer obvio paralo q no les gusta leer pero en la pelicula cambia las cosas en algunas parte y en el libro esta como lo escribio el mismisimo charles dickens.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: