Guerreros invisibles (una aventura microscópica)

Título: Guerreros invisibles (una aventura microscópica)

Autora: Sol Silvestre

Ilustraciones: Herni

Editorial: Noveduc

Como no puedo reseñarme a mí misma, solo diré que las ilustraciones de Herni son geniales y que le edición fue muy mimada por todos. En la página de la editorial, hay una Guía para padres, docentes y otros adultos curiosos disponible para bajar en pdf. Va, como anticipo, en lugar de un comentario sobre el libro un pequeño fragmento que corresponde al comienzo de la novela:

 La primera vez que lo vi, yo misma no lo podía creer. Era inadmisible, bochornosamente inaceptable, imposible e improbable que un chiquito común y corriente como Lucas Manuel se volviera de pronto, porque sí, en menos de un santiamén como diría mi abuela, en un ser diminuto, en una miniatura de hormiga.
A ver si me entienden: Lucas Manuel era la miniatura y las hormigas ─que conste que estoy hablando de las más pequeñas hormigas que jamás hayan visto─ se convirtieron entonces en una especie de gigante con antenas que (cosa rara) no eran tan coloradas como la gente decía. Porque la verdad, la verdad, Lucas creía que las hormigas coloradas eran coloradas porque todos decían que eran coloradas ¿pero cómo podía saberlo con certeza si cada vez que quería acercar la nariz para mirar, algún tío lo levantaba advirtiendo: «cuidado que pican»
y a él no le quedaba más remedio que creer que era verdad, que
esas hormigas minúsculas son coloradas y no verdes, ni azules,
ni moradas…?
Para Lucas Manuel esas hormigas son más bien marrones y él sabe de lo que está hablando porque tuvo la oportunidad (aunque parezca en principio inadmisible, bochornosamente inaceptable, imposible e improbable) de acercar no solo la nariz sino también los ojos, la boca, los brazos y las piernas, de volverse él mismo un puntito todavía más imperceptible que la hormiga minúscula de la que hablamos al principio y la que se volvió de pronto para él, porque sí, en un santiamén como diría mi abuela, en un gigantesco monstruo con antenas marrones. Pero déjenme presentarme antes de continuar. Mi nombre es Benebactitus y soy una bacteria, un ser diminuto que los humanos solo pueden ver a través del microscopio, el maravilloso aparato gracias al cual pudimos conocernos con Lucas Manuel un día y vivir una aventura como pocas.
Y eso que al principio, cuando el abuelo Tito llegó con él, Lucas se entristeció. Porque, vamos, a primera vista un microscopio parece un robot mal hecho, no hace ruidos estrambóticos ni prende luces multicolores por ningún lado. Y aunque a mí entonces me costaba escuchar a los humanos porque hay que ver qué lejos que están esos gigantes de mi mundo, el llanto de Lucas de verdad me perturbó aquel día. Y eso que no vi toda la escena: mientras el abuelo Tito hacía morisquetas para hacerlo reír, su mamá le decía ─con el ceño fruncido y el dedo índice amenazante─ que se disculpara inmediatamente con el abuelo. Al mismo tiempo la Negra ladraba, Julián balbuceaba a los gritos en su idioma incomprensible de bebé y la abuela Ana trataba de explicarle que el microscopio era una cosa muy buena… ¡Pensar que todo aquel barullo se podría haber evitado si hubieran sabido que este microscopio era un microscopio mágico! ¿Cómo? ¿No me creen? ¡Pues abran bien los oídos porque lo que van a escuchar ahora va a parecerles en principio inadmisible, bochornosamente inaceptable, imposible e improbable, pero no es más que la pura verdad!

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