Los espejos venecianos

Título: Los espejos venecianos

Autor: Joan Manuel Gisbert

Editorial: Edelvives

Adoro viajar a través del tiempo. Probablemente por eso me fascinó este libro desde la primera página, donde se nos cuenta que el joven napolitano Giovanni Conti llega a la ciudad de Padua todavía sin sospechar que pronto olvidaría la causa de su viaje. Corre el año 1792 y Conti va a parar por culpa (o por gracia) del destino al lado del abandonado Palazzo Balzani. Desde entonces, el lector se sumerge con él en la trabajosa tarea de descifrar el misterio que se esconde en el añejo edificio, donde deambula desde hace un siglo –dicen–  la bella Beatriz, esa que “nunca murió”.

Gisbert no me permitió abandonar la lectura y le ganó al sueño: quien se pueda dar el gusto de hacerlo sin duda también leerá el libro de un tirón, como yo. Me encantó el ambiente lúgubre y fantasmagórico del Palazzo, de la calle, de la Ciudad. La trama me atrapó, como dije,  desde el inicio y cuando Giovanni encontró los espejos –esos malditos espejos–ya no quise dejarlo solo. Lástima el final. Casi hubiera querido que el libro quedara inconcluso, que terminara en el anteúltimo capítulo, “El inframundo”. La decepeción que sentí después fue proporcional a la fascinación que había vivido hasta ese punto de la historia: No me gustan los finales “razonables” en este tipo de relatos. Pero por suerte no todos somos iguales, y habrá lectores –cómo no– que disfrutarán esto mismo que tanto aborrecí yo.

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